• Caracas (Venezuela)

Rafael Simón Jiménez Meleán

Al instante

El chavismo en su laberinto

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La amplia y contundente derrota del gobierno y el PSUV en las elecciones parlamentarias del pasado 6-D coloca sobre el tapete el tema del futuro de la fuerza política construida en torno al liderazgo del fallecido Hugo Chávez, y el dilema de si su dirección actual tendrá capacidad de reinventarse y recuperar la sintonía y la inserción social que le permitió acceder con apoyo mayoritario al poder en 1998 y ejercer predominio político y electoral a lo largo de más de tres lustros.

Adentrarse en este complejo análisis requiere previamente desentrañar el contexto y las condiciones que le permitieron a Hugo Chávez convertirse en referencia catalizadora de todo el descontento, el malestar y la desafección que frente a viejos partidos y liderazgos se acumuló en la década de los noventa del pasado siglo y que marcó la decadencia y el colapso de lo que hoy por simple comodidad conceptual se conoce como la IV República. Cuando Hugo Chávez irrumpe por vías violentas en el escenario nacional en febrero de 1992, ya eran notorias las grietas en el sistema de relaciones políticas, económicas y sociales parteadas por los acuerdos suscritos, luego de la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, que permitieron la etapa de mayor civilidad, estabilidad y progreso que conozca el trastocado devenir venezolano.

El incremento inmoral de la pobreza, la creciente corrupción, la deslegitimación de las organizaciones políticas otrora depositarias de la confianza ciudadana, y una clase dirigente colocada de espaldas a esa realidad y encerrada en la defensa de sus intereses y privilegios, refractaria a toda idea de reformas y cambios, generó un creciente estado de opinión proclive a soluciones rupturistas y radicales, creando el contexto donde el liderazgo carismático y el lenguaje patibulario del teniente coronel golpista se transformó en factor de aglutinamiento y cohesión de una indetenible voluntad de cambio que se expresó con toda nitidez al facilitarle la victoria electoral en diciembre de 1998.

A partir de allí, con su verbo flamígero, sus condiciones histriónicas y una extraordinaria versatilidad, Hugo Chávez procedió a sentar las bases de su propósito de poder a largo plazo. La demolición y el control de las carcomidas instituciones, la fatiga y el debilitamiento de los partidos tradicionales, la colonización progresiva de la Fuerza Armada Nacional, la construcción de un nuevo orden político que facilitara sus aspiraciones de mando indefinido, la destrucción del aparato productivo nacional, y los numerosos y sucesivos errores de sus adversarios políticos desconcertados con la nueva dinámica electoral impuesta desde el poder permitieron la consolidación de su proyecto político.

Pero fueron los altos precios petroleros, en el ciclo alcista más prolongado de nuestra historia, los que le suministraron los recursos para financiar su modelo social asistencialista y de control político a través del sistemas de misiones, que se tradujo en una vinculación y adhesión de los sectores más necesitados, que sin duda alguna vieron mejorar su condición a través de dádivas y transferencias directas y que conformaron el núcleo duro del apoyo al chavismo, y también internacionalmente la “botija petrolera”, traducida en regalos, transferencias y donaciones, le permitió blindarse ganando apoyos o complicidades en un escenario regional y mundial proclive a privilegiar sus propios intereses y deseosos de obtener ventajas y  trato preferencial de Venezuela.

En marzo de 2013, al fallecer Hugo Chávez, comenzaba a deteriorarse progresivamente la situación del gobierno venezolano. La baja en los precios y consecuencialmente en los ingresos petroleros, las crecientes importaciones, el masivo endeudamiento y los grandes desequilibrios macroeconómicos asomaban los signos de una crisis que requería medidas y remedios urgentes. Con la muerte del líder de la “revolución bolivariana” se hicieron patéticas las nefastas consecuencias que el caudillismo, el personalismo y el providencialismo han causado en Venezuela y Latinoamérica, dado que la omnipotencia de su liderazgo no permite la conformación de equipos colectivos competentes, pues quienes medran en sus entornos tienen que reunir el imprescindible requisito de la adulancia y la obsecuencia para gozar de su favor.

Nicolás Maduro fue  escogido in extremis como el sucesor cuando Hugo Chávez se colocó frente a la terrible eventualidad de la muerte. Esa decisión inconsulta e impuesta fue acatada por un chavismo que al perder a su líder e inspirador quedó al descampado, tratando de subsistir a base de capitalizar los réditos políticos y electorales que incuestionablemente tuvo Chávez, lo que les permitió en disputados y cuestionados comicios prorrogar su permanencia en el  gobierno validando el mandato de su  sucesor, que sin embargo lucía con falta de merecimientos, capacidades e incluso de reconocimiento y auctoritas dentro de la cúpula del oficialismo, acostumbrados a la condición de pares inter pares, solo reconociendo como primus a su desaparecido comandante.

El improvisado mandatario no entendió, no quiso, o no pudo ver la nueva realidad que le tocaba enfrentar y sobre todo la necesidad de una reformulación a fondo del modelo económico y social que, carente de los portentosos recursos petroleros de los que había dispuesto su antecesor, necesitaba sustentarse sobre una economía productiva, diversificada y competitiva, que generara el crecimiento y los excedentes económicos que hicieran posible la redistribución y la continuidad del esquema de dispensas y ayudas sociales que habían dado legitimidad popular al chavismo. Era el momento de relanzar la economía, de pactar un esquema de fortalecimiento  productivo con el sector privado, de echar atrás expropiaciones, confiscaciones y tomas de empresas o predios productivos, de liberar las fuerzas productivas, siguiendo si era de su gusto las experiencias de China, Vietnam, o el más cercano y amigable de Brasil.

Por ignorancia o por vetustos dogmas ideológicos, o por una mezcla de ambos, Nicolás Maduro dejó pasar la oportunidad de remozar frente a una nueva y dramática realidad económica el proyecto chavista, pasando por alto las advertencias provenientes de sus propias filas y los consejos de sus efímeros ministros de Finanzas Ramírez y Merentes, reafirmando con tozudez unas políticas destinadas de antemano al fracaso, y que en el corto plazo generarían la peor crisis que haya conocido Venezuela en toda su historia. La devoradora inflación, el creciente desabastecimiento, la pérdida acelerada del poder adquisitivo, la devaluación pavorosa del bolívar, la imparable emisión de dinero inorgánico, las brechas y modalidades cambiarias, todo ello aunado a la caída indetenible de los precios petroleros, y a una multiplicada e impune corrupción, terminaron por generar sus lógicos subproductos: desabastecimiento, especulación, acaparamiento, mercado negro, interminables colas y bachaqueo, castigando inclementemente el bolsillo y la calidad de vida del conjunto de la población, pero con mayor énfasis los de los sectores más pobres y desprotegidos, precisamente donde el chavismo había acumulado sus mayores lealtades políticas y electorales.

La prolongación y profundización de una situación de carencias y penalidades, frente a la cual el gobierno no tiene respuestas distintas a fabricar imaginarios enemigos y responsables: pelucones, oligarcas, imperialistas y especuladores, terminó por quebrar la adhesión de su base tradicional de apoyo, generando en sus seguidores una sensación de hastío y repudio a las políticas gubernamentales, y una decisión de apostar por el castigo y el cambio frente a una situación sencillamente inaguantable. Ni siquiera la machacona invocación a la figura de Hugo Chávez, ni las prácticas de intimidación, chantaje y halagos lograron detener  la desbandada de votos a favor de la MUD, que aparecía como el único vehículo para expresar su rechazo y desafección frente a quienes se encargaron de hacer naufragar en el imaginario popular la imagen del chavismo como fuerza de reivindicación e inclusión social.

La derrota amplia e incuestionable sufrida por el chavismo el 6-D no es un simple traspié, ni un revés circunstancial, sino un verdadero rompe aguas, un antes y un después, que marca una decadencia irreversible de un proyecto que naufraga en la incompetencia, el burocratismo y la corrupción de sus herederos, que han generado un trasvase, una desbandada, una diáspora, que a la luz del grave resultado electoral tendrá que pasar por el terrible tamiz del establecimiento de culpas y responsabilidades en su cúpula dirigente.

En política resulta aventurado y a veces equívoco hacer predicciones definitivas sobre las consecuencias de un evento electoral. Pero con el líder muerto, la bonanza petrolera transformada en precariedades, la economía haciendo aguas, la corrupción galopante y el modelo social agotado y  convertido en una nueva fábrica de pobres, y con un equipo de gobierno reputadamente peculador e inepto, no se necesita tener demasiada capacidad predictiva para afirmar que el proyecto chavista ha sido herido de muerte por quienes se dicen hijos y herederos de Chávez.