• Caracas (Venezuela)

Rafael Rodríguez Mudarra

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Sobrevivir con valor

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El sentimiento de temor y confusión está generalizado entre  toda la gente  de los distintos grupos sociales que integran nuestra sociedad.  Tanto en los sectores populares como de clase media y alta se percibe este denominador común. Todos tienen preguntas bastante cercanas sobre el futuro del país, de su familia, de su propia vida. No son preguntas teóricas o de grandes vuelos intelectuales. Sino más bien preguntas directas que apuntan sobre situaciones muy concretas de nuestra vida: hasta cuándo la inseguridad violenta que cada día toma nuevas dimensiones siempre peores que los anteriores. Hasta cuándo las colas que siguen creciendo como consecuencia del desabastecimiento. Hasta cuándo la falta de medicamentos fundamentales e instrumentos quirúrgicos esenciales. Hasta cuándo el racionamiento de agua y electricidad que empeora igualmente nuestra calidad de vida. Hasta cuándo la inflación que afecta a todos pero especialmente a los  sectores populares. Y todo eso y mucho más en un contexto de pérdida de valores en la convivencia diaria y comunitaria que nos es tan caro en nuestras vidas. Comenzamos a sentirnos extraños en nuestro propio país.

Nadie escapa del impacto de estas situaciones en su propia vida. La desconfianza mutua crece y cada uno anda no solamente con precaución sino en actitud de permanente  cuidado y tensión que muchas veces nos induce a reacciones más bien temerosas y rabiosas. Cuando oigo las conversaciones y pleititos en las colas donde crecen los insultos y mutuas acusaciones con rabia y mala cara, cuando observo la actitud y los empujones en el Metro llegando a una incivilidad marcada, cuando observa la conducta intolerante en el tráfico tanto de carros y motos, me doy cuenta juntos a mucha otra gente, que hasta nuestra conducta personal y de la familia  reflejan estas actitudes. En resumen: muchos de nosotros hemos bajado nuestros propios sentimientos de convivencia y vivimos en una permanente tensión donde nuestro comportamiento y de los grupos a los cuales pertenecemos pierden valor y humanidad. Y no pocas veces transferimos estas pérdidas a la familia donde en muchas oportunidades disminuye el nivel de conversación y de respeto mutuo. Las tensiones acumuladas en  la vida pública, la trasladamos en parte importante a nuestras familias y a la vecindad. Y con frecuencia, maestros y profesores constaten en  sus colegios, la presencia de la violencia  además de la intolerancia.

En el trabajo diario con grupos comunitarios e iniciativas sociales tratamos de definir cuáles deben ser nuestras dinámicas y actitudes para enfrentar y  superar con valor estas situaciones y lograr de mantener  una convivencia abierta a un futuro mejor.

Un primer punto es la decisión personal y grupal de dejar de lado los insultos  mutuos, ten degenerantes, muy común entre nosotros. Cambiar nuestro lenguaje y expresiones faciales por decisión propia y entrar positivamente en contactos con valores como la tolerancia, el diálogo. De no participar en el juego diabólico de la división, menos de la violencia, y obligarnos en construir equilibrios que no significan  entrega de principios vitales, sino permanente coherencia con la realidad que nos rodean. Después de Dios no hay muchas verdades absolutas, lo que nos permite cambiar puntos de vista sin ser considerados traidores. Esta decisión de cambiar mi lexicón no lo hago de manera individual, pero incluye hasta donde sea posible mi familia y el contexto social, el grupo comunitario en lo cual me mueve, hasta lo  convertimos en una condición de los grupos y organizaciones a cual pertenezco.

Un segundo punto son las ya varias veces nombradas “burbujas de libertad” en toda parte donde sea posible, incorporando especialmente el trabajo de las Iglesias y de las organizaciones sociales. Estas reuniones de encuentro que pueden ser tan variadas como la propia vida, deben reflejar el ambiente y los valores que deseamos vivir en democracia y respeto mutuo. Donde la gente puede expresarse con libertad y sin ser insultada su opinión y su disidencia. Frente el ambiente donde se cohíbe la expresión libre y la gente se siente obligada de opinar según el líder de ocasión, creamos un ambiente agradable de compañerismo que deja surgir valores sentidos y no los impuestos. Se trata de crear la dinámica y la vivencia de lo que soñamos en una sociedad normal.

Como tercer punto se propone una dinámica de no in-visibilizarnos y no desaparecer debajo la avalancha de la propaganda oficial que invada todo. El esfuerzo y las iniciativas de los grupos sociales, las comunidades, las iglesias, los gremios y toda la riqueza de la sociedad civil deben  mostrarse con fuerza. La opinión pública debe captar que el país no es unidimensional sino que hay una variedad de actores que con su trabajo permiten de apuntar s la sociedad del  futuro: la sociedad de todos.

Sobrevivir con valor es una exigencia ética que nace de la convicción que la verdadera convivencia debe ser el resultado de los esfuerzos de hoy proyectado hace un futuro cercano.