• Caracas (Venezuela)

Rafael Rodríguez Mudarra

Al instante

La revolución frustrada

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La debilidad política de frustración que permea y deja sin efecto lo apetecido por el fallecido ex presidente Hugo Chávez en su ideal castrense, pone de relieve todos los vicios lógicos, ideológicos y morales de vieja tradición comunista que conforman el gobierno militar, autoritario venezolano, hoy concentrado en el ejercicio fascista de lo que ha dado en llamarse “estalinismo”.

La persistencia en aereotransportar sistemas totalitarios que hicieron de la represión sus centros de poder, ha traído como engendro de tan pésima practica, la instauración en Venezuela de una “casta” con predominio militar, subjetivamente pensante, con rechazo narcisista a todo aquel que no se encuentre identificado con el llamado pensamiento chavista, lo que nos lleva a considerarlo como un estímulo de inconsciencia incapaz de hacerle mella al arraigado sentimiento democrático de los venezolanos, que rechazan toda consideración que pueda llevar a gobernante alguno a sentirse héroe epónimo de tan fracasado  proyecto.

Sucedida la desaparición física del hoy llamado “comandante eterno” y guía de los que se dicen sus representantes terrenales, dos personajes surgen como ductores emblemáticos de tan pernicioso y obsoleto  proceso: uno civil, Nicolás Maduro; y otro, militar activo, Diosdado Cabello, este último de larga permanencia burocrática, partícipe en el fallido golpe militar que se intentare en el año 92, bajo la dirección del coronel Hugo Chávez contra el para entonces presidente constitucional de la República de Venezuela Carlos Andrés Pérez; asonada que por estar carente de respaldo civil no llegó a fraguarse, siendo objeto de repudio mundial, incluido el del comandante Fidel Castro.

Para los que hacen de la politología su oficio: “La escogencia de Maduro, hecha por Chávez para reemplazarlo en su cargo de presidente” ha de interpretarse como una argucia, llevada a cabo con el más firme propósito de la consolidación del sector militar en el poder, expandiendo la creencia de un hondo y fervoroso sentimiento civilista.

No pretendo entrar en consideraciones sobre las razones que direccionaron al “comandante eterno” para imponerle a la Fuerza Armada Nacional la candidatura del que actualmente ocupa el solio presidencial. Tal indagación  constituye harina de otro costal.

Cierto es, sin  reserva de duda, que el presidente  de la República, Nicolás Maduro, y el actual presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, son a la vez presidente y vicepresidente del partido de gobierno; ambos conforman la “diarquía” de mando que en forma simultánea, integra dos de los poderes públicos: el Ejecutivo y el Legislativo, los  cuales constitucionalmente deberán estar separados y ejercidos soberanamente por funcionarios elegidos por el pueblo para desempeñarse en  forma autónoma, siendo evidente que la inconstitucional solidaridad monárquica constituye un grave obstáculo, rechazado por el pueblo, por cuanto tan “excelsos  ciudadanos” se han convertido en instigadores del odio, poniendo en practica inconcebibles batallas de insultos y vituperios.

En la integración autoritaria de la “diarquía” gobernante, el capitán Cabello se alza abusivamente sobre los parlamentarios, encontrándose investido de  poderes reservados al Ejecutivo. Con Cabello la Constitución se hace inexistente. Interviene en la integración de los poderes públicos, ejerce su control sin disensión, llegando al extremo de señalar las penas que le deben ser aplicadas al sector opositor. Difunde la falsa creencia a la manera fascista de que los que integran el mayoritario conglomerado opositor son  foco de actividades subversivas, haciendo ver que una no identificada derecha pretende destruir la “revolución”, a lo que suma la intención magnicida del adversario.

Entre las batallas libradas por el capitán Cabello, presidente de la Asamblea Nacional, burócrata militar de muchos lustros, que le amerita condecoración bélica, se encuentra la que lo identifica como victimario de la prensa libre, así como la de haber ordenado la persecución judicial y prohibición de salida del país de 22 directivos de El Nacional, Tal Cual y el portal La Patilla.

El diario El Nacional, empresa bandera de la libertad de expresión, tribuna abierta al pensamiento político venezolano, es víctima de una maniobra vulgar que le impide comprar papel y otros insumos, imponiéndosele “desde la Presidencia de la República un boicot publicitario”. Su director,  Miguel Henrique Otero, ha sido objeto de acoso persecutorio, y contra su persona se ha intentado una disparatada e infundada demanda de resarcimiento civil, por haber reproducido una noticia publicada en el ABC de España, cuyo demandante no es otro que el autoritario y cuestionado presidente de la Asamblea Nacional, el capitán Diosdado Cabello.

En su papel de héroes, método usado por el fracasado comando de la “revolución chavista”, para impresionar a su militancia, a quien pretenden llevarla a comer “piedras fritas”, no se percata de que los venezolanos son demasiado realistas, para dejarse embaucar por frases totalmente vacías; que poseen una flexibilidad intelectual incomparable, que son trabajadores y valientes; que su fuerza de razonamiento le ha conformado el aserto común de que el estado de pobreza, de inseguridad, de inflación, de violación de los derechos humanos más elementales, impuesta por una estructura  de patología ultracentralizada, no es más que el resultado vergonzoso del fracaso de un gobierno ineficaz, irregular, corrupto e inadecuado en cualquier otro aspecto.

En realidad de verdad, el país se le fue de las manos a la autárquica “diarquía”. No goza de respaldo popular; y en contra de sus actuaciones, no   queda otra instancia para lograr el cambio de rumbo que exige la nación, que la de derrotar tan torcida y fracasada dirección política, económica y social mediante la manifestación unitaria, sincero de la indignación, a través del ejercicio del voto en las elecciones parlamentarias a efectuarse el 6 de diciembre. El voto como expresión del derecho de participación política es la concienciación de la indignación. Como les dijo  Stéfhane Hessel, quien formó parte del equipo redactor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos a los jóvenes del mundo: ¡Indignaos, porque de la indignación nace la voluntad de compromiso con la historia!

 

*Abogado, político. Presidente del partido Unión Republicana Democrática (URD)

1rodriguezmudarra@gmail.com

rodriguezmudarra@cantv.net