• Caracas (Venezuela)

Rafael Rodríguez Mudarra

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Rafael Rodríguez Mudarra

Del mandato en su laberinto

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Para los venezolanos en los años transcurridos de gobierno conocido, este  nuestro régimen, como: revolucionario, socialista, de patria o muerte, se ha evidenciado un inveterado incumplimiento de la carta magna, cuya  permanente y perversa conducta no ha hecho posible el logro prominente de principios constitucionales que mantienen como valores supremos concentrados e inviolables, el desarrollo de la persona, el respeto a su dignidad; el ejercicio democrático de la voluntad popular; la construcción de una sociedad justa y amante de la paz; el establecimiento de un gobierno siempre democrático, participativo, electivo, descentralizado, alternativo, responsable, pluralista, de mandato revocable; el de la aplicación del debido proceso a todas las actuaciones judiciales y administrativas, la libertad de expresión, consagrado este último, salvo la República Comunista de Cuba, en todas la constituciones del mundo.

El que ha tenido la suerte, no se discute mérito, de presidir el Ejecutivo nacional como albacea del expresidente Chávez, encargado del legado de este; así como los que públicamente se dicen hijos del “Comandante Supremo”, “Gigante de la Revolución”, han resultados incapaces para mantener la tranquilidad; de hacer esfuerzos para conservar el orden para el establecimiento de un clima que permita el derecho de los ciudadanos de  disentir, e incentivar un estado de paz nacional palanqueado en el logro imperativo del desarrollo de las fuerzas progresistas, productivas del país; de respetar sin ambages ni discriminación todos los derechos e intereses que permitan la soberanía productiva en el camino de hacer posible una  república irrevocablemente libre e independiente.

Los favorecidos legatarios del pensamiento “Chávez”, hoy en ejercicio de poder, han fracasado en el terco empeño de desempolvar e imponer doctrinas ya periclitadas en países desarrollados y soberanos, surgidas estas entre las dos guerras mundiales, ambas inclusive, destructoras de la humanidad, aventadas por el desarrollo de los pueblos que se han levantado  y triunfado contra la opresión y el subdesarrollo, como fueron: el comunismo soviético estalinista, el fascismo italiano, alemán, español y el franquismo, pretensión que ha de carecer de asidero permanente en un país como el nuestro que ha aprendido a vivir apegado a los principios democráticos desarrollados en nuestra Constitución.

Tratar, como ha pretendido esta minoría del dominio opulento y sensual, de permitirles acceso al poder a tendencias decimonónicas estatuidas en la perversidad del pasado, no tiene otra respuesta que el más unitario y  categórico rechazo, lo que ha venido sucediendo, dado que la legitimidad de las instituciones, en especial las democráticas y participativas, depende, es entendido, de la inteligencia del sistema para engendrar la convicción de concebir que la estabilidad de cualquier régimen está sujeta, además del desarrollo económico, a la legitimidad obtenida con apego a la Constitución, lo cual no es de aceptación del actual régimen, en razón de su  inquebrantable intransigencia en incumplirlo.

Este frustrado empeño del régimen cívico-militar y de las organizaciones  que le son adherentes constituye la expresión cabal de un subterfugio  seudofascista, asistido de la  participación de militares activos en los altos puestos de gobierno, con actuaciones altamente deliberantes y de consulta inmediata, sustitutos de la sociedad civil, hoy  subyacente, que da paso a un  régimen retrógrado, que en ejercicio abusivo del poder ha tratado de impedir la integración y avance de los sectores constitutivos de la  vanguardia de la patria.

La situación del gobierno es de pronóstico reservado. Se encuentra ausente  de apoyo corporativo; de la solidaridad obrera, estos, impedidos del derecho a la huelga; del abrigo juvenil, a lo que se suma la comisión de miles de actos de corrupción en cuya comisión se encuentran incursos militares y civiles, impunes por falta de actividad del Ministerio Público; nos lleva a pensar que el descrédito que le es propio a esta forma de conducción, como la falta de calado en los sectores populares, lo coloca en situación de virtual derrota en los próximos comicios para la integración de la Asamblea Nacional. Carece de norte que lo conduzca a puerto. El gobierno está literalmente “entrampado en su laberinto”, producto del sesgo autoritario irreversible, ¿podrá la conducción actual del régimen que detenta las riendas del poder con sesgo autoritario impertinente conducirse de conformidad con lo pautado en la Constitución? ¿Cómo se explica que los que se dicen ductores de la oposición no logran ponerse de acuerdo en torno a un diseño político unitario, con exclusión de vanidad?