• Caracas (Venezuela)

Rafael Rodríguez Mudarra

Al instante

Del comportamiento del presidente de la república

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Pablo Ruggeri Parra, quien se desempeñó como profesor en la asignatura correspondiente al Derecho Constitucional, en una de sus magistrales e inolvidables disertaciones sobre el poder público, concretamente en lo referido al Poder Ejecutivo nacional, nos decía a los que para entonces fuimos sus discípulos en el primer año correspondiente al estudio del Derecho, palabras más palabras, palabras menos, y con el honor merecido al claustro universitario, lo siguiente: “Bachilleres la Constitución de la nación  venezolana, no sometida a la voluntad de un dictador, pauta que para ser elegido presidente de la república se requiere ser venezolano por nacimiento, no poseer otra nacionalidad, mayor de  treinta años, de estado seglar, no estar sometido a condena  mediante sentencia definitivamente firme y cumplir con  los demás requisitos establecidos en la Constitución”, para luego, en la forma ponderada de maestro que le era excepcional, agregar: “Pero eso no quiere  significar que todo el que pueda reunir esas condiciones habrá de desempeñarse con la sensatez requerida para tal ejercicio”, expresiones estas emitidas en plena dictadura del  general Marcos Pérez Jiménez. La audiencia, por supuesto, sabía interpretar la sorna empleada por el expositor, guardando la compostura  voluntaria debida.

Derrotada la dictadura de Marcos Pérez Jiménez como producto de la acción unitaria del pueblo venezolano, a partir de la fecha de abdicación de este y su fuga vergonzosa, Venezuela, que a decir del Padre de la Patria, no era más que la expresión de una cuartel, después de centenares de golpes militares; a partir de 1958 alcanza prestigio en la región y el mundo, la estabilidad democrática, así como la independencia de los poderes públicos, el respeto a la autonomía universitaria, de las instituciones que forman el poder público y el enjuiciamiento del dilapidador corrupto, tuvo asidero por un espacio de significativo recuerdo.

El Congreso, dada la condición bicameral del entonces Poder Legislativo nacional, integrado en forma plural, hubo en momentos varios de ser contrario a las fuerza integrantes del oficialismo. En muchas oportunidades el Poder Ejecutivo nacional estuvo ausente de mayoría parlamentaria; pero privaba la condición moral de los sectores integrantes de ambas cámaras, los que actuando como cuerpo colegislador anteponían sus vanidades subalternas en beneficio de los intereses de la nación, eran principales en la defensa de los principios y en el castigo de los incursos en latrocinio, despilfarro administrativo y cualquier conducta de corrupción, del respeto al  Estado  democrático, social, de Derecho y de justicia.

El Poder Ejecutivo, dada nuestra condición presidencialista, es ejercido por el presidente de la república, no pudiendo ser elegido presidente quien esté en ejercicio de la Presidencia para el momento de la elección, lo haya estado durante más de cien días en el año inmediatamente anterior, ni sus parientes dentro del tercer grado de consanguinidad o segundo de afinidad, disponiendo  también la Constitución vigente, para ese entonces, la del año 1961, lo que se transcribe: “Quien haya ejercido la Presidencia de la República por un periodo constitucional o por más de la mitad del mismo, no puede ser nuevamente presidente de la república ni desempeñar dicho cargo dentro de los diez años siguientes a la terminación de su mandato”. Tal precepto constitucional fue entendido sabiamente por los senadores y diputados, que integraban lo que se conoció como Congreso Nacional de la República de Venezuela, la mayoría de sus componentes fueron pioneros de las libertades públicas, tercamente creyentes en que la democracia es fundamentalmente la elección de sus autoridades gubernamentales por el pueblo, lo que supone que tal reivindicación democrática nos permite evitar la práctica de la sujeción individual de los congresantes para con el Poder Ejecutivo, teniendo los representantes del pueblo la facultad de legislar sobre la necesaria independencia de los  poderes públicos.

Quien le tocaba ejercer la Presidencia de la República, de ello no existe duda, lo hacía con rectado, con gran respeto a las instituciones del Estado, los funcionarios a integrar el hoy Tribunal Supremo de Justicia, la Fiscalía General de la República, la Contraloría General de la República eran seleccionados en forma exhaustiva, con  transparencia. Se respetaba la inmunidad parlamentaria. El  Poder Legislativo ejercía las funciones de control sobre el gobierno y la administración pública. Se procesaron juicios de  responsabilidad contra el presidente de la república. Hoy en día, toda esa viabilidad democrática ha cambiado, por lo que es permisible la postulación  continua  de cualquier cargo electoral. El presidente de la república actúa con autoritarismo sin frenos, no entiende que su función es gobernar para el país, solo piensa en su reelección, no guarda la compostura debida a sus gobernados, dirige el Poder Judicial, la Fiscalía del Ministerio Público. Es el presidente de un partido hegemónico; no permite la disidencia, irrespeta los tratados internacionales, imputa delitos de manera irresponsable, no interpreta  que la democracia es actividad eminentemente civil, no se le denota esfuerzo por llevar a prisión a los altos funcionarios corruptos, todo lo cual nos hace  pensar que el actual presidente de los venezolanos se encuentra definido en lo dicho por el profesor emérito Ruggeri Parra: llena las condiciones para ser presidente; pero no actúa con la compostura propia de su majestad, lo que nos intima a discernir, que “no basta con ser la  mujer del César, no solo  debe serlo, sino parecerlo”.

Los venezolanos nos encontramos urgidos de exigirle a tan alto representante de la función pública el más riguroso y escrupuloso respeto constitucional. El presidente Nicolás Maduro, sin temor a equivocarnos, no tiene liderazgo para  tomar las urgentes medidas que exige la nación, que son imperativas. La  imposición heredada de su benefactor militar lo hace débil, sin respaldo alguno que le justifique sus impertinencias de mando.

 

*Presidente del partido Unión Republicana Democrática, URD.