• Caracas (Venezuela)

Rafael Rattia

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El “tucupitazo” por hambre

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Es vox populi que la actual gobernadora del estado Delta Amacuro ha dicho, sin la más mínima vergüenza: “¿Que el pueblo no tiene qué comer?: coman mangos”. Unos días antes del reciente estallido social que hizo posible un “caracazo en Tucupita”, la gobernadora de todos los deltanos dijo: “Es tiempo de jobos, coman jobos y pomalacas”. Y no hace mucho el militar retirado gobernador del estado Bolívar, Francisco Rangel Gómez, exhortó al pueblo a comer “piedras fritas” si fuere necesario antes que dar el brazo a torcer en la fantasmagórica “guerra económica” que el gobierno ve en cada esquina de nuestro país; el mismo país asediado por el hambre, la escasez, la carestía, la hiperinflación, la especulación y la terrible recesión económica que asuela a Venezuela en este tiempo de revolución socialista bolivariana.

Cansados de tanta burla gubernamental, irritados en su orgullo delta-amacurense, humillados en lo más neurálgico de su gentilicio regional, los deltanos dijeron ¡basta! A tanta burla por parte de la odiosa clase política que llama en cadena regional de radio a los más preteridos y desposeídos de la sociedad deltaica a apretarse el cinturón y a hacer sacrificios en su dieta alimentaria diaria pero ellos se hartan de comidas y finas bebidas en sus lujosas mansiones construidas con dineros provenientes del erario público y del presupuesto del situado constitucional. Es obvio que los esmirriados y escuálidos salarios de funcionarios públicos al servicio de la gobernación y alcaldías jamás podrían permitirle a dicho funcionariado gubernamental llevar un escandaloso tren de gastos personales como el que ostentan a ojos vista sin pundonor de ninguna índole por doquiera que pasan como potros de Atila.

Reza un antiguo verso de un poeta monaguense de nombre César Suppini que: “Hasta el cielo se cansa”. El heroico pueblo de insignes hombres como Alirio Palacios, José Balza, Gladys Meneses, Francisco Aniceto Lugo, resolvió echar el miedo a la espalda y lanzarse a la lucha callejera por hacer respetar su dignidad mancillada por “tirios y troyanos”, la pobresía deltaica que cada día crece y se reproduce exponencialmente bajo el encapotado cielo del socialismo chavista-madurista, por una vez en la vida, venció el miedo que durante largas décadas los plutócratas de las 10 o 12 familias nuevorricas de la oligarquía regional le han inoculado por medio de la fuerza del hábito y la costumbre de la explotación y la dominación política para garantizar su eterno usufructo de los dineros de la hacienda pública.

¿Que no hay hambre en el Delta? Pero por supuesto que hay hambre y miseria en todo el territorio nacional venezolano. Jamás y nunca como hoy, desde los fundacionales años de nuestra república en 1810, el pueblo ha padecido tanta miseria y necesidad material. Estrechez económica en el presupuesto diario destinado a la adquisición de la dieta básica. Legiones de venezolanos famélicos se vuelcan a las calles hambrientos con sus ojos vidriosos y desorbitados aguijoneados por el hambre y la desnutrición de ellos y sus críos que lloran por la falta de un mendrugo de pan para llevarse a la boca.

Ante los mefistofélicos y vandálicos actos de saqueos protagonizados por turbas enardecidas de tucupitenses hambrientos, guiados por la furia social y el odio acumulado, rompiendo con “patas de cabras” puertas y santamarías de abastos y comercios deltanos en busca de alimentos, la élite gubernativa deltana poseída por el sentimiento de terror a las masas con sed de justicia apela al manido expediente de la brutal y feroz represión policial militar de plomo al pueblo con armas de guerra, agresiones salvajes indiscriminadas a transeúntes inocentes y detenciones a diestra y siniestra sin distingo de edad ni sexo. El gobierno regional mostró su verdadero talante antidemocrático y su auténtica vocación fascista militarista. Con los saqueos populares del “tucupitazo” por hambre y escasez de alimentos se cayeron las máscaras seudosocialistas  de los burócratas del PSUV. Ya la gente abrió los ojos: el resto está echado. Los pobres dejaron lo pendejo a un lado y de ahora en adelante más nunca las cosas volverán a ser lo que fueron.