• Caracas (Venezuela)

Rafael Rattia

Al instante

La subversión del discurso instituido

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Quienes me conocen, personalmente, de vista, trato y comunicación, como se dice coloquialmente en la jerga de dominio público, me “reclaman”, no todos ciertamente, que, por qué viviendo en medio de la calamitosa situación social y económica en que vivimos me aferro a seguir abordando en esta ventana semanal temas que, aparentemente, tienen que ver más con ámbitos relativos a la subjetividad del individuo que a la vida empírica, a la andadura pragmática del desolador tiempo histórico que se abate sobre nuestra desvencijada nación. Mi respuesta, palabras más palabras menos, siempre, e invariablemente, apunta al develamiento y, en la medida de las posibilidades que brinda el contexto socio-político de la coyuntura histórica, de la razón autoritaria que pugna por entronizarse en las mentes y espíritus de los venezolanos. Es obvio de toda obviedad, nadie discute que “no solo de pan vive el hombre”, ni de harina PAN, ni de casabe; el modo de producción conuquero con su delirante e inviable lógica autárquica y obsidional, por su propia e intrínseca naturaleza económica-social no posee capacidad suficiente para satisfacer la creciente y exponencial demanda de alimentos para el consumo humano de las familias urbanas que atiborran los espantosos cinturones de miseria atroz que ornamenta las ciudadelas más densamente pobladas y con mayores índices sociodemográficos con indetenible tendencia a su expansión irracional no planificada. El discurso estatalista, de raigambre bolivaresca (de bolívares) no bolivariana, se empecina por todos los medios a su alcance en justificar algo evidentemente fracasado, el inútil intento de construir una formación económica social diametralmente opuesta y hasta antagónica al modo de producción propio del capitalismo periférico basado en el modelo rentista petrolero de una Venezuela que hasta hace poco dependió de una economía de puertos y de un macrocefálico aparato estatal vocacionalmente volcado a inocular en sus ciudadanos una subcultura de la dádiva, de la canonjía y de la ayuda circunstancial como mecanismo de coacción psicológica y política. El natural resultado de esa subcultura clientelar ha sido un “ejército industrial de reserva” que la sociología política no ha estudiado con suficiente hondura y rigor científico ni teórico.

El socialismo dadivoso basado en el errático distribucionismo inequitativo de la renta petrolera venezolana condujo al lamentable surgimiento de una deleznable franja poblacional de “veladores de migajas”, de “pedigüeños ocasionales”, de ciudadanos sin ciudadanía cuyos derechos legales constitucionales siempre se invocaron en un nivel que se corresponde más con un cierto fetichismo jurídico. A comienzos del pasado siglo XX es decía que en Venezuela la ley “se acata pero no se cumple”. Cien largos años después la situación no ha cambiado mucho; la ley sigue siendo un simple “saludo a la bandera”, el andamiaje jurídico-legal, el entramado juridiscente se invoca vanamente, se cita y recita “el orden del discurso” (Foucault) de índole legal pero solo excepcionalmente la ley adquiere objetivación social y política, esto es, concreción real y empírica. El discurso de la revolución autoadjetivada bolivariana, es un discurso gaseoso, atomizado, aéreo sin sustento pragmático en lo real dado social que permanentemente se constituye y reconstituye. El rasgo distintivo del poder social es su carácter intituyente; pues lo social es una institución que a su vez instituye órdenes, pactos, acuerdos, consensos que requieren ser constantemente renovados para garantizar su autorregeneración so pena de caer por el precipicio del caos e ingobernabilidad. En este punto justo nadie osa discutir que Venezuela está en los pródromos de una aún evitable situación de ingobernanza.

La racionalidad y semiología política del discurso instituido en la Venezuela del presente exige no solo su pertinente recusación si no también su impugnación y superación dialógica. Hace un poco más de tres lustros la revolución bolivariana era una réplica mental, una utopía capaz de prender en los inquietos espíritus de la juventud venezolana, hoy en plena efervescencia de su fase agónica, en pleno ritual de su debacle moral muestra su absoluta impertinencia de viabilidad e insostenibilidad. La utopía devino distopía; el camino al “infierno” estaba lleno de grandes buenas intenciones pero los deseos solos no conducen a ninguna parte y, henos aquí que estamos justamente en esa zona incierta que Pascal caracterizó como el punto en el cual el centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna.