• Caracas (Venezuela)

Rafael Rattia

Al instante

El Estado contra la sociedad

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Es una verdad de Perogrullo; así como cada día trae su afán, así también cada época histórica trae consigo sus signos característicos, sus huellas y marcas de tiempo histórico. Las culturas y civilizaciones también son poseedoras de sus rasgos distintivos que las hacen únicas e inconfundibles. La nuestra es una cultura inscrita en la corriente universal del tiempo planetario; somos partícipes y copartícipes de un tiempo global mal que nos pese. Somos parte constitutiva del río del tiempo que signa a la especie humana y difícilmente, por no decir imposible, podamos salir del tiempo y quedar indemnes, pues todo lo que haga el Homo sapiens trae consecuencias de diversa índole y es menester cargar con el fardo que ellas comportan; para bien o para mal.

Con el lamentable ingreso de Venezuela al vértigo de las distopía “socialista”, al carrusel de las naciones autoproclamadas “revolucionarias”, con economías estatistas y “planificadas” a la vieja usanza del anacronismo bolchevique de raigambre estalinista, el país se salió –tal vez sería más exacto decir, lo sacaron– del devenir histórico de la humanidad; Venezuela fue extraída compulsivamente de la lógica del mundo y subsumida en un paradigma singularmente atrasado. El Moloch estatocrático bolivariano tomó posesión de todos los intersticios de la vida jurídica-política e institucional de la sociedad y, desde los enunciados matriciales constitucionales hasta el último decálogo colocado en la puerta de una posada turística de la Venezuela profunda se advierte la omnipresencia hostil del big brother estatista y estatizador que todo lo vigila, controla, aprueba y desaprueba en su, de todos modos, inútil afán de perpetuar la inmoral tiranía del Estado contra la sociedad. ¿Dónde queda la línea divisoria que delimita y separa las funciones e intereses de la sociedad y dónde los del Estado? Porque es obvio de toda obviedad que, históricamente, desde la estructura larvaria del Estado surgido hace 10.000 años en Mesopotamia, ambas entidades, Estado y sociedad quiero decir,  poseen su propia naturaleza, su propia lógica interna de funcionamiento, sus propios alcances políticos y administrativos y sus propios y singulares mecanismos de autorregulación. El experimento revolucionario venezolano ha terminado por quebrantar los necesarios consensos, pactos y concertaciones que necesariamente surgen como consecuencia de las intervenciones corporativas, gremiales, institucionales de los sujetos colectivos que protagonizan la vida social de la nación. La “revolución proletaria”, con su “presidente obrero” instauró la hybris caótica del desorden asocial rompiendo todo vestigio de respeto a la dyké y el orden socialmente aceptado y recíprocamente instituido por las grandes mayorías del tejido social. Si el gran venezolano universal Sebastián Francisco de Miranda “despertara” de su eterno sueño y por desgracia presenciara el actual pandemonio nacional de cierto que no tendría reparos en repetir sus celebérrimas palabras escritas en letras de oro en los anales de nuestra historia: “Bochinche, bochinche, aquí lo que impera es bochinche” e ipso facto volvería a morir en La Carraca o en Ramo Verde, igual daría, porque cárcel es cárcel, como dijo Cervantes, “donde toda incomodidad tiene su asiento”, y toda adversidad su morada digo yo. En la Venezuela socialista de esta hora aciaga y menguada de nuestro devenir republicano el ciudadano quebranta la ley porque no encuentra razones para acatarla. Hay un dicho popular que reza: el camino al infierno está repleto de buenas intenciones y parafraseando tan lapidaria verdad podríamos decir que la Constitución bolivariana es la mejor Constitución de toda la bolita del mundo pero ello de nada sirve porque, de qué sirve una idílica y paradisíaca carta magna donde la palabra “Estado” es la más socorrida de todo el texto constitucional en detrimento y desmedro de la “sociedad”. El socialismo develó en toda su catastrófica mediocridad la deplorable contradictio in abyecto que subyace en el fondo de la dupla “Estado-sociedad”. En un país más o menos normal con un mínimum de decencia y civilidad el Estado, a todo evento, debería estar a la orden  de la sociedad y prestarle sus mejores servicios, no a la inversa como sucede en esta incongruencia histórica ad absurdum que mina las bases éticas y morales de lo que aluna vez tuvimos por república.