• Caracas (Venezuela)

Rafael Rattia

Al instante

El intelectual pusilánime

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De un tiempo a esta parte, el intelectual venezolano se ha mimetizado de tal forma que su antigua postura pública, crítica, frente a los grandes y candentes temas que captan la atención de la nación ha alcanzado niveles espantosos de degradación ética hasta el punto de hacernos pensar que ya tocó fondo su última reserva de dignidad política. No me refiero a los partidos políticos; aludo a la polis, al ágora, a los asuntos públicos que conciernen e involucran al ciudadano en tanto que individuo responsable de su propio destino ante sus conciudadanos, sus semejantes.

¡Qué bochorno el triste y lamentable espectáculo que brindan nuestros intelectuales venezolanos! El rasgo distintivo más sobresaliente que emblematiza al “hombre de letras”, al antiguo humanista consciente de su papel crítico ante la historia, es, por decir lo menos, envilecedor.

Quienes ayer pensaban con “cabeza propia”, es decir, con independencia criteriológica y con autonomía epistemológica; hoy, bajo los influjos del rigor del lúgubre  presente aciago que espolea al país, de esta sordera estridente que signa la coyuntura histórica en que vivimos, nuestro otrora portaestandarte de las ideas osadas y atrevidas, nuestro heraldo de las concepciones innovadoras se ha mostrado en todo su mediocre esplendor y perdone el lector la contradictio in terminis, la contradicción terminológica. Nuestro intelectual actual es él mismo un indecoroso oxímoron. Diría la semióloga Julia Kristeva: nuestro “sol negro”. El intelectual nativo ya no alumbra verdades; solo encandila con su escandalosa opacidad crítica. Con su ensordecedor silencio ante los grandes temas que acicatean la impávida y estupefacta atención distraída de la “res-pública” como llamaban los latinos los asuntos del Estado.

La timoratez de nuestros humanistas de ayer es hoy la medalla vergonzante que exhiben nuestros intelectuales en la solapa de la dignidad mancillada por la amenaza institucional, por el asedio de las destempladas y horrorosas acometidas jurídicas y políticas-partidistas que vemos a diario contra lo que en otras circunstancias históricas serían “ínsulas de reservorios ético-morales” de la debacle social que se cierne sobre los restos de una nación desvencijada como lo está la Venezuela paradójica de hoy. Callar y “hacerse el loco”; voltear y ver para otro lado como si no fuera con uno se ha convertido en moneda de uso corriente en estos tiempos de borrascosa ingobernabilidad institucional, de escasez y miseria programada.

Los artífices de nuestro imaginario socio-representacional caminan cabizbajos y temerosos de “ganarse” la lotería del exilio y la proscripción de la civitas por adelantado. El antiguo demiurgo que ideaba mundos posibles transgrediendo y rompiendo normas se trocó en bufón arlequinesco de la farsa circense. El viejo taumaturgo demoledor de mitos y mitologemas históricos es hoy el hazmerreír de la comedia insufrible para uso de tarados que, compulsivamente, debemos presenciar. El viejo utopista de la “civitas Dei” terrenal volviose instancia de legitimación a través de una praxiología silenciosa de una distopía deshumanizada.

Sombríos nubarrones se ciernen sobre el horizonte de la cultura venezolana. La cooperativización compulsiva del quehacer estético intenta, sin frutos aparentes, instaurar un colectivismo forzoso en el plano artístico con la coartada de que “el arte debe ser hecho por todos”. Conculcar la individualidad intransferible de las pulsiones creadoras de un poeta o un artista plástico es pretender invadir y tomar por la fuerza la última casamata del espíritu: su sagrada capacidad pensante de autodeterminación para decir lo que es debido sin cortapisas ni eufemismos.