• Caracas (Venezuela)

Rafael Rattia

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El ideal de Antístenes

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De todos los filósofos de la Antigüedad griega clásica, me seducen sobremanera las extrañas ideas escépticas de Antístenes, ese Cioran de la Atenas dominada por la búsqueda de la verdad y la virtud como caminos válidos conducente a la ataraxia. Antístenes no solo era rabiosamente escéptico, recordemos que el nihilismo no es solo una concepción filosófica tardía que aparece con la visión nietzscheana del mundo y la vida, sino también era un terco y afanoso buscador del auténtico sentido de la vida, si tal cosa fuera posible. Antístenes era un incrédulo militante, de allí su inexpugnable escepticismo. No se le puede catalogar de pensador digamos cercano al poder que ciertamente los hubo. Antístenes nació en el 444 a. C. y murió en el 365 a. C., de modo que vivió 79 años, una vida abundante y longeva si tomamos en cuenta su particular estilo de vida y su modus vivendi de orgulloso clochard merodeador de las barriadas atenienses. Son famosos sus desplantes al poder de la época, solo comparables a la cínica vida que ostentaba su homólogo de la vida arbolaria y libertina, Diógenes, llamado “el cínico”.

La auténtica filosofía, digna heredera de las antiguas escuelas griegas escépticas, chocaba constantemente con la lógica del poder instituido; en rigor, eran corrientes ácratas y decididamente libertarias, las más de la veces integradas por extranjeros y metecos expulsados de las ciudades-estados que veían en ellos un peligro para la paz y estabilidad de sus regímenes tiránicos. De esa prodigiosa época provienen las sensibilidades antiautoritarias y contraculturales del pensamiento herético, heterodoxo e irreverente que personificaban los filósofos de la sombra, los pensadores de los márgenes que vestían con mantas roídas y sandalias rotas. Mucho antes de la aparición de la famosa “escuela cínica” ya pululaban por plazas y mercados hombres que se hacían llamar libres que, aficionados a la bebida y la lectura y discusión doxográfica, desafiaban la moral social instituida y sometían al escarnio público los valores establecidos y celosamente resguardados por la institución política de la polis. Antístenes destacó como una respetable eminencia por el dominio de sus cualidades expresivas, por sus atolondrados silogismos; sus impresionantes razonamientos eufemísticos y su negativa a formar escuela lo convertían en un ser digno de admiración entre la legión de entusiastas seguidores y aprendices que querían llegar a ser algún día como el maestro. Todo para él era susceptible de ser sometido a discusión y hasta las proposiciones relativas eran posible ser a su vez relativizadas. Sin duda era un escéptico dogmático, muy a su pesar. En el mítico Breviario de podredumbre Cioran lo cita como una mente brillante y sobresaliente del mundo antiguo griego y escribe unas líneas de admiración que lo catapultan como el antecedente inmediato de los fundadores de las corrientes de pensamiento kaenicos, esto es, el ideario cínico de la filosofía universal.

Antístenes no proclamaba la necesidad de un arjé ni de la naturaleza ni de la sociedad; no postulaba un principio moral general e inmutable que regulara la conducta humana; antes por el contrario, a la luz de su radical escepticismo sostenía que cada ser humano podía llegar a alcanzar el punto de equilibrio que permitiera lograr el autogobierno o autogestión de la personalidad del ser en la sociedad. Ello le valió consideraciones y adjetivación non sanctas que lo tildaron hasta de blasfemo, por decir lo menos.