• Caracas (Venezuela)

Rafael Rattia

Al instante

El fracaso de la revolución

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La “revolución” bolivariana, o hay que decir bolivaresca (por aquello de los bolívares, o dólares) hace aguas. Esto dice el presidente colombiano, Juan Manuel Santos. Exactamente dice que la revolución se está autodestruyendo. No hace falta que Santos lo certifique; lo que está a la vista no necesita anteojos, reza la conseja popular. Hace ratos la revolución hizo aguas. El barco del socialismo bolivariano zozobra y envía signos de inminente naufragio en el encrespado mar del colapso general de la economía. El salario del venezolano se vuelve sal y agua. Los hospitales y ambulatorios dan grima. La delincuencia impone su estado de excepción en barrios, urbanizaciones, pueblos y caseríos de todo el país. El país se desangra por los cuatro costados. Los mejores y más preparados ciudadanos emigran huyendo del peligro que corren sus vidas a manos del gobierno paralelo que impone el hampoducto nacional.

Venezuela semeja la mítica y legendaria “navis stultisfera” o nave de los locos que llevaba a los trastornados mentales, mar adentro, en la antigüedad griega. Solo que los timoneles del barco que metafóricamente es la actual Venezuela extraviaron la carta de navegación o en verdad nunca tuvieron una y navegan sin rumbo cierto y a la deriva.

Es indudable que el país está urgido de un cambio de rumbo. Nadie discute que el modelo económico centralista y estatista hizo aguas y el barco se hunde ante los ojos del mundo entero. Venezuela es el hazmerreír del resto de las naciones latinoamericanas. Las naciones que integran la OEA y la Unasur ven el marasmo económico en que está sumergido nuestro país y no terminan de dar crédito a lo que sus ojos ven. Nadie entiende lo que sucede en esta destartalada nación ahora que Venezuela abre los ojos a la terrible realidad de la inmensa borrachera de dólares que ingresó a las arcas y a la hacienda pública nacional. Aquellos manirrotismos trajeron estas deplorables condiciones mendicantes. El segundo gran boom petrolero, el segundo festín de Baltasar, que vivió  la Venezuela de entre siglos XX y XXI solo sirvió para crear un remedo de país, un país de espanto y horror. Las razones que explican la carraplana económica del país son harto conocidas por todos los habitantes de nuestra maltrecha república: a) corrupción administrativa casi legalizada y legitimada por la impunidad y la anuencia gubernativa, b) sobornos y trapisondas en todos los niveles y modalidades del entramado burocrático institucional estadal, nacional, regional y municipal (ahora también comunal), c) cohonestación y connivencia con la laxitud de la ética administrativa en el ejercicio de las funciones del empleado público que se patentiza en la triste expresión: “No quiero que me des, solo ponme donde hay”. ¿Quién se acuerda del legendario “Código de ética del funcionario público”? Si usted cita algún numeral de tan urgente y necesario “decálogo de la pulcritud administrativa” del empleado público, de inmediato es tildado de “memez ilustrada” y otras perlas y linduras adjetivales. En nuestro país el que denuncia el flagelo de la corrupción en cualquiera de sus formas y modalidades se convierte en candidato seguro a un “carcelazo” injusto. Como dijo en su momento Gonzalo Barrios: “En Venezuela la gente roba porque no tiene razones para no hacerlo”. La revolución bolivaresca y socialista del llamado siglo XXI institucionalizó la moral revolucionaria, es decir, instituyó y normalizó la conducta forajida del militante fiel y leal al partido único en el ejercicio y desempeño de sus cargos y responsabilidades en las instituciones y organismos del Estado. No otra cosa quiere decir: “Con la revolución todo, contra la revolución nada”. Ello explica, entre otras cosas, la permisividad y la tolerancia gubernamental a las nefandas prácticas inmorales de concusión, peculado de uso y doloso, malversación de fondos públicos y las genéricas y abominables prácticas de corrupción y degradación moral que corroen las frágiles y endebles bases de la república.

@rattia