• Caracas (Venezuela)

Rafael Rattia

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El ángel de la historia

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Sin preámbulos, vamos directo al tema y propósito que busca el libro El ángel de la historia, de Hugo Zemelman. En palabras del propio autor, se trata de “abordar el rescate del sujeto”. Pero nos interrogamos nosotros: ¿rescatar al sujeto de qué, de cuál sujeto hablamos cuando leemos a Zemelman?

Digamos que para comprender los verdaderos alcances de la propuesta epistemológica de Zemelman es preciso admitir previamente sus loables contribuciones y aportes a la teoría de las ciencias sociales desde el pensamiento latinoamericano; en este sentido, su categoría política y filosófica de potencialidad, es indispensable para abordar el vasto desafío que tiene ante sí el pensamiento crítico y anticonvencional que el mismo autor denomina en su estudio “reflexión antiparametral del sujeto humano”.

En nuestra perspectiva interpretativa, las posibilidades intelectivas del sujeto pueden desplegarse confrontando la idea de potencialidad con las contribuciones de la psicología cognitiva y las reflexiones sobre el lenguaje; empero, el punto de partida desde donde arranca la reflexión de nuestro autor está en las “Tesis sobre Feuberbach” de Karl Marx y la “Analítica existencial” de Martín Heidegger. Es desde estas dos matrices epistémicas, marxista y existencialista que sirven de premisas teóricas a Zemelman para asignarle rango de importancia a la “idea de posibilidad” vinculándola con la de “potencialidad”. De dicha relación entre ambas surge –según Zemelman– un presupuesto filosófico, a saber: que toda realidad, en tanto que externalidad empírica es siempre “un dándose” y que el sujeto cognoscente es siempre “un siendo”. De ello se infiere que las realidades siempre estarán sometidas a continuos e incesantes procesos de cambios lo que conlleva a un reconocimiento la naturaleza profundamente indeterminada de lo real. Luego entonces, entre el sujeto humano como un siendo y la realidad real como un continuo dándose hay un espacio o una franja de indeterminaciones que Zemelman denomina “la acción constructora del hombre”.

Ahora bien, la acción humana puede traducirse como una doble posibilidad: “o bien quedarse supeditado a las determinaciones dominantes, o bien afrontarlas, lo que implica hablar de la autonomía y autodeterminación del sujeto respecto de las circunstancias externas”. Una idea complementaria a lo anterior, “en la medida en que el sujeto está desenvolviéndose, la historia es lo historizable en tanto ampliación de la subjetividad”. Dicho en palabras del Maestro: en la relación problemática que el dándose (lo real) y el siendo (el sujeto) se busca afrontar el acto por tanto también problemático de pensar y conocer.

Zemelman se apoya en una lectura de Gilles Deleuze sobre Benito Baruch Spinoza para constatar que la especie humana vive atrapada en un simulacro que es reforzado por el pensamiento convencional. Parafraseando a Deluze, dice Zemelman que la dialéctica del amo y el esclavo, la sagrada unión del tirano y del esclavo erige un culto a la muerte. “El sacerdote, el juez y el guerrero siempre ocupados en ponerle un cerco a la vida, en mutilarla, enterrarla o ahogarla con leyes, propiedades, deberes…”, tal es el diagnóstico que hace Spinoza del mundo, lo que Deleuze llama “la traición al universo y al hombre”. Hugo Zemelman nos invita a reaccionar ante el triste espectáculo de la tiranía que ejerce el poder sobre las “almas rotas que se subordinan al orden y al poder”. Lo que pretende Zemelman es confrontar al individuo para que pregunte sobre la pertinencia de forjar ideas capaces de potenciar su individualidad pero esta vez hablando desde la humanidad del hombre.

Obviamente, en esta propuesta de Zemelman subyace un profundo sustrato pedagógico: se trata de rescatar el perfil humanista del hombre actual que se oculta detrás de los terribles atributos del vertiginoso “desarrollo civilizatorio” de las sociedades hipertecnológicas que pugna por someterlo y reducirlo a una cifra o a un simple rol, cual pieza de un engranaje que impide el libre desenvolvimiento de las potencialidades de su naturaleza humana. Se pregunta Zemelman: ¿cuál es el imperativo del futuro? Se trata de auspiciar una trascendencia de ser del sujeto y de resistir y sobreponerse por medio de la voluntad de autoafirmación del ser. Reafirmar la esperanza ante la creciente globalización e imperialización de la desesperanza  y el nihilismo.

Argumentación e incorporación del sujeto.

Dice Zemelman: “Nos inspira el deseo de discutir la libertad del sujeto”.

La libertad en Zemelman es luz, es decir conocimiento, y más precisamente búsqueda incesante de conocimiento; pero también es voluntad de trascendencia de los esquemas que nos imponen relaciones de determinación. En el pensamiento zemelmaniano se invita al sujeto epistémico a vivir la conciencia del ser como forma explícita de rebeldía frente a la ajenidad y lo inerte del mundo y la vida.

Un elemento distintivo de esta forma de encarar el mundo filosóficamente está representado el inagotable aprendizaje del sujeto de “ser uno en soledad” en medio de la vastedad del mundo. Esto es lo que Zemelman denomina el “hacerse cargo del mundo”.

Se trata de darle sentido a la presencia y copresencia del ser en el mundo para comprender la infinita riqueza que ocultan los “progresos civilizatorios que imponen modos de ser”. Pensar la dilemática y siempre compleja relación entre los límites del conocimiento y el sempiterno despliegue de la experiencia humana. Uno de los grandes desafíos que tiene el hombre ante sí consiste en “hacer crecer la capacidad de decisión, evitando el miedo y colocándonos fuera del círculo de las ansiedades”. Pero ¿dónde encontrar lo que denomina Zemelman “la fuerza de sí mismo” del sujeto? Obviamente, en el esfuerzo que despliega el mismo sujeto en su esfuerzo por construirse. Es un esfuerzo autónomo que el sujeto no puede delegar en una externalidad ajena a él. Es justo allí donde surge el imperativo de “recuperar el humanismo como conciencia de opciones y, en consecuencia recuperar el protagonismo del sujeto como rasgo que hace a la condición humana, mezcla de estar y seguir estando, de concreción y de esperanza, de lógica y misterio, especialmente importante en una sociedad como la actual; masiva y tecnologizada, dominada por la impersonalización de lo instrumental”. Esto último nos recuerda la reflexión hecha por Max Horkheimer acerca de la instrumentalización de la razón técnica. La invitación de Zemelman queda abierta: inclinarse hacia “una toma de conciencia sobre la debilidad desde la fuerza, así como de la fuerza desde la debilidad. El ángel que mira y aprende del demonio, el demonio que mira y aprende del ángel”. Especial énfasis coloca nuestro autor en el carácter irrefutable de la siguiente verdad: “La condición humana nunca es un objeto final debido a que siempre es una construcción”. En otros términos, “pensar desde ella es reconocer la tensión dialéctica la dimensión deontológica y la facticidad de la conducta, hacerse cargo de lo que nos determina y las propias capacidades de trascenderlo”. La pertinencia de esta reflexión admite como trasfondo último el optimismo como antítesis y negación de la tristeza y el desaliento que predomina en las ciencias sociales en general y en las posturas filosóficas en particular. Dice Zemelman que la tarea consiste en “sembrar nuevas tierras; romper con lo oscuro e inerte, con la miseria que todo lo socava y con la aplastante mezquindad que transforma las transparencias en opacidades”. De allí nuestro deber insoslayable de hurgar “en la debilidad y sus inercias la fuerza suficientemente estimulante para trascender la tristeza y el quebranto”.

Zemelman se apoya en el “optimismo trágico” postulado por Rainer María Rilke: “El que no acepta de una vez con resolución, incluso con alegría, la dimensión terrible de la vida, nunca disfrutará de los poderes inefables de nuestra existencia, quedará marginado y, a la hora de la verdad, no estará ni vivo ni muerto”. Es menester situarse en la vulnerabilidad del ser, en el límite y la mengua, en la duda y la vacilación, en el umbral incluso de la cobardía del hombre pero otorgándole a la mirada liberadora un rango transformador. Resituarnos en el torbellino de lo apolíneo y lo dionisíaco en palabras de Nietzsche. En términos de Zemelman, “pensar la vida como voluntad de liberación”. En síntesis, para ello se requiere aunar lucidez epistémica y voluntad de reconocimiento para “transformar el mundo y cambiar la vida” como quería el poeta Arthur Rimbaud. No es inevidente el sustrato ético-político y complementariamente estético de la aspiración rimbaudiana que recoge Zemelman bajo el giro lingüístico de “la función epistémica del humanismo como fuerza interior del sujeto que se opone a la historia como objetivación y al humanismo como ‘tabla de salvación” (las comillas son mías) frente a las máquinas de poder. En palabras del subcomandante Marcos, citadas por Zemelman: “Podrán caer muchas estatuas, pero si la decisión de generaciones se mantiene y alimenta, el triunfo de las resistencias es posible. No tendrá fechas precisas ni habrá desfiles fastuosos, pero el desgaste previsible de un aparato que convierte su propia maquinaria en su proyecto de nuestro orden, terminará por ser total. (…) Vamos a vencer, no porque sea nuestro destino o porque así esté escrito en nuestras respectivas biblias rebeldes o revolucionarias, sino porque estamos trabajando y luchando para eso”.

 

Twitter: @rattia