• Caracas (Venezuela)

Rafael Rattia

Al instante

Venezuela votó a favor y en contra

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Días antes del histórico 6-D en los recodos más discretos de la geografía nacional se escuchaba el persistente rumor, sotto voce, del inminente aluvión electoral a favor del cambio político. Que nadie se llame a engaños; lo que está a la vista, obviamente se veía venir. El venezolano de a pie, que es la inmensa mayoría, esperaba con ansiedad el 6 de diciembre para “expresarse” tal como lo hizo por tantas razones que sería inútil enumerarlas aquí.

Poquísimas familias en Venezuela pueden decir que el hampa desatada no ha tocado a un miembro de su núcleo familiar; todos, de una u otra forma hemos sido víctimas de la delincuencia, cuando no hemos sido objeto de un atraco a mano armada por la chorocracia imperante que campea a sus anchas bajo el amparo de una singular impunidad. A qué negarlo; como dice el dicho popular: “Lo que está a la vista no necesita antiparras”, pues la realidad cruda y dura de la crisis es de dimensiones colosales.

Esos más de 7 millones de venezolanos que se pronunciaron a favor de la renovación del principal ágora política del país, obviamente lo hicieron hastiados de tanta abulia de parte de la dirigencia gubernativa para encarar y resolver el problema de las colas que durante más de 15 horas al día deben hacer, a sol y agua, los venezolanos para procurarse unos productos básicos y de primera necesidad que escasean por doquier y amenazan convertirse en gravísimo e irresoluble flagelo social. El venezolano común y corriente que labora duro, de sol a sol, para poder llevar un salario que cada día se torna, como dice el refrán, sal y agua, votó en contra del desvencijado sistema nacional de transporte público, contra la escasez de repuestos que aqueja a la industria nacional automotriz y la red de distribuidores de autopartes, cientos de miles de vehículos públicos y privados literalmente “parados” por falta de neumáticos, baterías, y un largo etcétera que sería ocioso mencionar.

Los estudiantes y profesores que llevan más de tres largos y angustiantes meses en paro por un salario digno para la masa laboral universitaria y un presupuesto justo para las casas de estudio universitarias, naturalmente, se expresaron con su hidalguía característica y su sempiterna dignidad históricamente puesta a prueba en circunstancias concretas del devenir republicano. Los resultados particularmente elocuentes en regiones con una densidad demográfica-electoral como el caso del estado Bolívar revelan el sentimiento de terrible insoportabilidad de la población en materia de precariedad económico-social. Las elevadísimas tasas de homicidios que ostentan las principales regiones de Venezuela hablan del ansia y clamor de cambio que tomó cuerpo en las urnas electorales. Nadie con un mínimo de sensatez y sentido común puede negar dicha evidencia incontestable.

El país habló y lo hizo con meridiana claridad y diáfano énfasis: la mayoría nacional votó por el restablecimiento de la independencia de poderes y la alternancia democrática. El pasado 6-D la sociedad civil le dijo a la sociedad política hegemónica y dominante que se hartó de continuismo ensoberbecedor. Como diría el antropólogo francés Pierre Clastrès: habló la sociedad contra el Estado. La sociedad clamaba y reclamaba echar a andar un proceso de reivindicación de adecentamiento del ejercicio de la función pública y una recuperación de la credibilidad de la figura del funcionario que por ley debe estar al servicio de la sociedad y ha devenido casta privilegiada de usufructo de prebendas y canonjías burocráticas de una secta partidocrática que terminó dándole la espalda al ciudadano humilde que trabaja para llevar el sustento a su hogar.

El país dijo pluralismo versus intolerancia, coexistencia civilizada de ideas y convivencia pacífica de actores políticos con proyectos y programas disímiles y contrarios contra cultura cuartelaría de la manu militari. El venezolano optó, evidentemente, por la democracia y contra el “socialismo”. La “revolución” bolivariana fue derrotada y el continente latinoamericano fue testigo excepcional de ello. La cultura cívica y civilista escribió una página brillante en los anales del devenir institucional de la Venezuela del siglo XXI, corresponde ahora a la nueva representación política legislativa comportarse a la altura de los tiempos históricos que le toca protagonizar.