• Caracas (Venezuela)

Rafael Rattia

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Venezuela en la encrucijada

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“Solo con un gran despertar podremos comprender el gran sueño en que vivimos”.

Sun Tzu

 

La historia de las grandes civilizaciones es abundante en ejemplos; cuando las sociedades entran en el vértigo de las grandes crisis estructurales el sentido común ha buscado las orientaciones de los espíritus más ecuánimes, morigerados y de mayor capacidad y experiencia en el conocimiento y dominio de los asuntos públicos. Cuando la hybris y el caos amenazaban con destruir los cimientos de sociedades antiguas griegas, por ejemplo, los espíritus más iluminados y evolucionados se encargaban de persuadir a los arcontes para que intervinieran decisivamente con su fuerza moral e intelectual para devolverle a la ciudad su dykè, es decir, su orden y cordura.

Venezuela ha ingresado en un peligrosísimo torbellino de ingobernabilidad y zozobra institucional que amenaza seriamente con dar al traste con su precaria legitimidad jurídica y política visto su trágico naufragio económico. Las evidencias empíricas de tal desastre económico trascienden ya sus fronteras nacionales y el mundo observa con estupor el cuadro desolador que distingue el esmirriado aparato productivo venezolano.

No muy lejos, aquí mismo en nuestra atribulada comarca nacional lo diagnosticó nuestro insigne caraqueño universal: “Compadezcámonos mutuamente del pueblo que obedece y del hombre que manda solo”; pues, quién puede, en su sano juicio, dudar sobre el literal aislamiento y soledad en que se encuentra el Poder Ejecutivo (presidencial) respecto del imprescindible apoyo popular que confiere la sociedad mediante el supremo acto de soberanía nacida de la última contienda electoral legislativa. El llamado “chavismo sin Chávez” luce sumamente disminuido, sin liderazgo carismático real ni efectivo, descoyuntado e inorgánico, carente de argumentos convincentes que expliquen racionalmente a los millones de venezolanos que un día lo acompañó en sus delirantes propósitos de construcción de una “dictadura continental de corte populista” en Latinoamérica. Durante más de tres lustros la nomenclatura tecnoburocrática gubernativa revolucionaria se dedicó a disfrutar sibilinamente de las lujurias y ebriedades del poder omnímodo, del ejercicio discrecional del poder bonapartista de izquierda sin rendir cuentas a nadie ni a nada: se endiosaron y volvieron engreídos, se tornaron déspotas y arrogantes en todas las formas imaginables; diría un amigo sociólogo, el poder se les subió a la cabeza y tomó posesión de los más insospechados escondrijos de sus bóvedas craneoencefálicas, y “se aburguesaron pana”; mandaron los antiguos principios al mismísimo diablo, emborrachados de dólares provenientes del erario público nacional y acostumbrados a un tren de gastos signado por la subcultura manirrota y dispendiosa manejando las cuentas fiscales de la nación como si de sus cuentas personales se tratara, “nadando” a manos llenas con un barril de crudo cuyos precios por largos años estuvieron por encima de los 100 dólares, jamás se detuvieron a pensar en la inevitable época de las vacas flacas que inexorablemente iba a venir como en efecto llegó, tal vez para quedarse por quién sabe por cuánto tiempo. La timorata élite del politburó de la comandancia suprema del Estado bolivariano jamás se paseó por el inminente fin de la economía de puertos que se atisbaba en lontananza y se cernía sobre esa “gasolinera al sur de Miami” que un gran novelista dio en llamar “Venezuela, el país más chévere del mundo”.

La comandancia suprema de la autodenominada “revolución socialista” influenciada por las tóxicas ideas demodé  del anacronismo político-filosófico conocido con el nombre de socialismo realmente existente, confiscó, expropió irracionalmente empresas, haciendas, hatos, galpones, comercios, estacionamientos, playas, complejos recreacionales y vacacionales para satisfacer una veleidad cívico-militar autocomplaciente de un individuo o grupo de iluminados cuyas cabezas reverberaban en consignas de un marxismo trasnochado sin sustento real en nuestra realidad sociohistórica venezolana. A todas luces la estatocracia dadivosa y paternal fracasó estruendosamente; el viejo Estado clientelar de raigambre demagógico-populista trocose en esperpento monstruoso de mil cabezas ministeriales, en maquinaria inútil de premiar lealtades partidistas con becas y canonjías que convierten el corpus administrativo de la nación en tejido exangüe y anodino.