• Caracas (Venezuela)

Rafael Rattia

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Signos de la crisis

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Los signos empíricos de la crisis que sacude el alma de la nación no se esconden; antes bien, por doquier se observa una evidente hosquedad y hostilidad de todos contra todos. Sales a la calle y no tardas en sentir el fardo de la violencia con toda la ferocidad de su carga de odio y reconcomio social interclasista inducido y fomentado desde la irracional lógica del poder imperante.

Entras en un abasto o establecimiento comercial y el esmirriado sueldo o escuálido salario que percibes producto de tu arduo trabajo se vuelve “sal y agua” al pasar por la caja registradora para cancelar 5 o 10 productos de primera necesidad, cuando tienes “suerte” de hallarlos. Según las más recientes cifras estadísticas el monto de la llamada canasta básica en Venezuela ascendió a finales del mes de octubre a 70.000 bolívares “fuertes”. Saque usted las cuentas e infiera usted mismo las conclusiones que se derivan de esta espeluznante realidad que martiriza y atormenta a la inmensa mayoría empobrecida de la sociedad venezolana. Porque, a juzgar por la comparación y equivalencia entre lo que percibe un trabajador por concepto de salario mínimo y los inalcanzables precios de los alimentos, por ejemplo, la calidad de vida del ciudadano venezolano ha descendido a niveles nunca antes vistos en la historia del último cuarto de siglo. Las condiciones materiales de supervivencia del venezolano se tornan tan insostenibles –literalmente hablando– que se puede decir, sin temor a equivocarse, que con la desaparición de lo que se conocía con el nombre de “clase media” ha sobrevenido una inmensa franja social de ciudadanos depauperados y subsumidos en una tipología de pobreza que aún la sociología de la miseria no ha tipificado de manera clara y suficiente dentro del inmoral y vergonzante marco de la taxonomía de la precariedad y la desesperanza que aguijonea a inmensas legiones de venezolanos aturdidos y desorientados por los terribles coletazos de la crisis estructural que se abate contra Venezuela.

Por otra parte, pero en estrecha concordancia con el vertiginoso cuadro de deterioro del Estado de Derecho, por doquier se observa una peligrosísima quiebra de la legalidad y una pérdida acelerada de la credibilidad y confianza en las vapuleadas instituciones constitucionalmente destinadas a servir de garantes del imperio y cumplimiento de la ley y de la sujeción del ciudadano a su predominio. En la Venezuela de este aciago presente la máxima latina “dura lex est lex” es una hilarante caricatura que funge como lamentable hazmerreír de la mayoría social que sí sabe con dolor de qué va la cosa. Como decían nuestros antepasados, en Venezuela “la ley se acata pero no se cumple”. ¿Una prueba fehaciente de ello? Los “linchamientos” que proliferan por doquier a lo largo y ancho de la geografía nacional. Así, por ejemplo, el cacareado “socialismo del siglo XXI” ha devenido en eso que el tristemente recordado “gran timonel” de la “revolución cultural china” Mao Tse-tung llamó “un tigre de papel”.

Con la imposición arbitraria y compulsiva del patuque indigesto llamado “socialismo bolivariano” el sagrado respeto a la ley se ha trocado en burladero de la misma. Un saludo a la bandera se dice en lenguaje coloquial. La ley vale menos que un billete de 15. Eso es lo que significa “se acata pero no se cumple”.

No obstante, pese al grave peso de la crisis que afecta la trama material de la sociedad, lo verdaderamente trágico es la dimensión espiritual de la crisis: el frágil tinglado axiológico-valorativo que constituye la estructura ético-moral de la sociedad venezolana atraviesa por su peor momento de debilidad y credibilidad. Una terrible señal del desmoronamiento moral imperante es la progresiva proliferación de espantosos asesinatos y desmembramientos y descuartizamientos de cadáveres en pueblos y ciudades del país. Hasta el mes de septiembre de 2014, la prensa reseñó unos 17 casos de cuerpos humanos mutilados y descuartizados que dieron testimonio de la insólita descomposición ética de nuestra sociedad. Es evidente que cuando una sociedad se habitúa a la cotidianidad de la muerte, en el espíritu y la mente de dicha sociedad se va configurando un psiquismo donde impera lo que los psicoanalistas denominan con el nombre de tanatocracia, que quiere decir literalmente imperio de la muerte sobre la vida. Venezuela se ha convertido en una sociedad tanatocrática.