• Caracas (Venezuela)

Rafael Rattia

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Sentido crítico y crisis del sentido

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Obviamente, así como existe una arquitectura superestructural; así como la sociedad se dota de una estructura de representación significacional, un andamiaje socio-simbólico que le otorga coherencia lógica a su substrato sígnico, igualmente las pautas y los ítems que nos proporciona el modelo de organización social donde convivimos tienen su estatuto de legalidad, esto es, su pertinencia de sentido.

Bueno es que la mayoría de los que habitamos una nación lo sepamos: toda sociedad se funda sobre unas determinadas bases jurídicas e institucionales que, obviamente, están reglamentadas para soportar una específica carga de crítica y subversión política. La contestación al logos (pensamiento) dominante admite una intensidad determinada; más allá de cierto umbral la crítica se torna sospechosa y, peor aún, peligrosa para el establecimiento.
Una república no se funda (tampoco se refunda) sobre viejas y anacrónicas estructuras semióticas, el nuevo cemento axiológico, las nuevas escalas valorativas, las novísimas pautas ético-morales no pueden fraguarse con el barro descompuesto de parámetros pertenecientes a viejos tiempos ya superados y lanzados al vertedero de los trastos inservibles. Tal pareciera que a una nueva juridicidad política y social debería corresponderle un nuevo marco ético de comportamiento individual, una nueva ciudadanía cónsona con un inédito republicanismo de nuevo cuño. La antiguas formas de apropiación subjetiva de la realidad nacional no deberían encontrar formas culturales para re-editarse. Las viejas formas de intelección y de racionalización de la empiricidad dada por los antiguos registros de lo real deben ser definitivamente sepultadas como lo que fueron: formas de convivencia improcedentes e inviables de coexistencia cívicas que adolecían de lo que hoy la ciencia política denomina un déficit democrático. Traigo esta breve reflexión a colación porque me rindo ante la evidencia que sostiene: “Dime cómo hablas y te diré cómo piensas”. Me bastan solo cinco minutos de conversación con cualquier interlocutor para darme cuenta de quién es y qué patrimonio cultural atesora. Su cauda bancaria puede ser modesta o en cualquier caso exigua, pero su infinita riqueza espiritual lo puede delatar como el ser más opulento y más rico del orbe mundo. Es rigurosamente cierto que las grandes crisis estructurales de un país se advierten por la fragilidad y descomposición de su lengua materna. Cuando los habitantes de una nación no disponen de los medios ni los recursos léxicos apropiados para expresar sus agónicos y más recónditos deseos, esté usted, querido lector, segurísimo de que vamos derecho a una república de autistas o tal vez sería mejor decir: a una triste y lamentable congregación de sombras simiescas solicitándose ayuda recíproca a través de poco menos que de sonidos guturales. La precariedad del vocabulario que exhibe una persona más o menos común y corriente ya nos revela la vulnerable consistencia de su constitución socio-cultural y, por tanto, su grado de inclusión o exclusión productiva en el contexto de las nuevas relaciones antropológicas de interdependencias que necesariamente tejemos en nuestra vida diaria. De allí que urja, tal vez como el más insoslayable imperativo categórico del presente tiempo histórico que indefectiblemente nos ha tocado vivir, replantear en el centro del debate político la inaplazable necesidad de galvanizar una nueva red de sentido de la res pública como gustaban llamarla los antiguos latinos. Resemiotizar las palabras cotidianas que nos sirven para trasegar nuestro comercio de necesidades subjetivas es también, ¡y con cuánta razón!, una de las esferas más significativas de las grandes mutaciones que parte de la especie humana se ha propuesto en este recodo de nuestro melancólico planeta.