• Caracas (Venezuela)

Rafael Rattia

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Política e indiferencia

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El precio que debe pagar una nación por su ignorancia siempre será más alto en relación proporcional con su indiferencia hacia los asuntos públicos que le conciernen de cerca. Por ejemplo, un ciudadano que por equis motivo decide no involucrarse en política argumentando que la política es sucia, que la política es hipócrita, que el reino de la política es el de la traición y la corrupción es obvio que corre el riesgo de terminar gobernado por los peores individuos y los más proclives al degredo moral y a la degradación ética.

Los griegos antiguos sostenían que quienes no participaban de los asuntos públicos merecían el mote de idiotas. Un idiota era entonces un indiferente. Ya sabemos qué le depara a los indiferentes que huyen de la política por no mancharse del barro que de ella emana.

No dejaban de tener razón los griegos en su calificativo hacia los indiferentes. Somos gobernados por los peores porque no nos atrevemos a intervenir decidida y protagónicamente de modo apasionado en la vindicta pública. Dejamos en manos de los más ignaros y ágrafos el destino de la res pública, esto es, la cosa pública, esa que nos envuelve, involucra y concierne a todos, sin excepción, los habitantes de una nación. De allí que cuando nos desentendemos de la trepidante realidad real de la polis y de la nomía, es decir, de la ciudad y de la ley, terminamos siendo gobernados por los vivarachos papanatas de la “realpolitik”. Al fin y al cabo nos dejamos imponer la subcultura de la vulgata y terminamos arrastrados aguas abajo, por la política de baja estofa, se impone casi en nuestras narices la política de la peor ralea. Los menos aptos toman por asalto las arcas públicas y se adueñan del erario nacional casi con nuestra “anuencia” y “aprobación” por indiferentes.

En Venezuela, para ser más exactos, en la Venezuela que sufre y padece los rigores deletéreos de la revolución socialista, una amplísima franja socio-demográfica poblacional cada día que transcurre se asume más escéptica e incrédula respecto de la antigua seducción que ejercía lo político como hecho social por antonomasia. Legiones de venezolanos cada día se desafilian más de las ofertas y propuestas de intervención organizacional que pudieran hacer las estructuras y movimientos políticos partidistas. Una alergia social se ha ido instalando en la piel de la sociedad nacional, una terrible animadversión recorre la psique colectiva del venezolano.

La subcultura cuartelaria del militarismo bolivariano desmovilizó las capacidades de participación de grandes sectores policlasistas que atraviesan longitudinalmente el cuerpo societal instalando en los más intersticiales escondrijos de la sociedad el virus corrosivo del neopopulismo de izquierda latinoamericano que tanto daño moral y socio-político le hizo a los ciudadanos de las naciones donde logró inocular: Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Venezuela. La infamante cultura de la dádiva (la bolsa de comida casa por casa), las becas y canonjías como premio y estímulo a madres jóvenes adolescentes embarazadas, las llamadas casas abrigo, comedores populares que llevaban el nombre de Negra Hipólita, que daban comida gratis a los clochard y mendigos en situación de calle (verdaderas osadías de demagogia clientelar populista) todo ello con el inmoral propósito de reforzar en el ser nacional la cultura de la dependencia y el paternalismo rentístico de la narrativa petrolera.

Esa especie de “déjeme pensar por usted” que en el fondo no traduce otra cosa que una delirante heteronomía enajenante y expropiatoria de las potencialidades subjetivas del ciudadano ha inducido una abulia y parálisis de la voluntad creadora del venezolano. El individuo se amodorra y acostumbra a no pensar ni actuar en la búsqueda y resolución de sus propias problemáticas; el partido único del destacamento de vanguardia de la revolución socialista bolivariana fomenta una dialéctica fenomenológica del chinchorro que recuerda con inequívoca claridad meridiana la celebérrima “dialéctica del amo y el esclavo” de Hegel en su Fenomenología del espíritu. O, un poco más atrás, a Etienne de la Boetie en su reconciliación del esclavo con su amo en el Discurso sobre la servidumbre voluntaria. No otra cosa trae como consecuencia lógica la perversa relación asimétrica entre gobernados y gobernantes que conocemos con el genérico nombre de “indiferentes”.