• Caracas (Venezuela)

Rafael Rattia

Al instante

Poetas gobierneros

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:


Desde tiempos inmemoriales, como se dice coloquialmente, en la viña del Señor, ha habido poetas de todas las pelambres; los hubo cortesanos, advenedizos, panegiristas, adulantes e hilvanadores de ditirambos exaltatorios del rey, del monarca, del presidente y de los ministros. Desde que el primer pitecantropus se puso a reflexionar a la entrada de una cueva, han existido poetas timoratos y pusilánimes que escogieron el camino más corto de la prosternación genuflexa ante la corte palaciega; tal timoratez y pusilanimidad moral siempre anida más fácilmente en la cabeza de aquellos escritores por encargo que viven en las nubes pero bajan religiosamente los quince y último de cada mes a la taquilla ministerial a cobrar sus canonjías y emolumentos por sus servicios prestados al Moloch estatocrático.

En tiempos no muy lejanos de vacas gordas usted los veía estampando sus firmas en los vergonzantes manifiestos de apoyo y legitimación de la bota militar bolivaresca y se ufanaban de ver que sus grises nombradías municipales aparecieran rubricando dichos manifiestos al lado de las canónicas voces de la perfidia y de la declinación de la contestación.

Por fortuna, y gracias a la intempestiva baja en los precios del petróleo y la consecuente disminución de los ingresos por concepto de renta petrolera a las arcas nacionales, las migajas que caían eventualmente del bochornoso festín del Pantagruel cívico-militar en los bolsillos de los poetas oficiales y oficiosos, han escaseado tanto que en este tiempo de hambruna generalizada que padece la patria de Andrés Bello, Juan Antonio Pérez Bonalde, J. A. Ramos Sucre, Vicente Gerbasi, Eugenio Montejo, Rafael Cadenas, por solo citar algunas voces fundacionales de nuestra poesía venezolana, los bardos de la revolución han decidido guardar silencio ante la abominable catástrofe nacional de esta destartalada gasolinera al sur de Miami en que el socialismo convirtió la antigua y borrosa Venezuela de las brillantes y hondas sensibilidades líricas de todos los tiempos.

Es evidente que la llamada poesía compromisaria del más puro estilo del “engagement” sartreano, léase Jean Paúl Sartre, la poesía que brota de la piedra filosofal del gaseoso “estado mayor de la cultura” es lo más parecido a una imprenta clandestina forjadora de frases huecas y bambalinas ideológicas demodé dirigidas a mantener la triste eclesía ateológica de los llamados poetas chavista o poetas socialistas o revolucionarios. Los poetas del moribundo proceso antiimperialista, con la estampida que generó la muerte –¿o asesinato según Aristóbulo Istúriz?– del “poeta mayor” parafraseando a Luis Alberto Crespo, viven los últimos estertores de lo que no tengo dudas en denominar la última utopía cuartelaria continental del siglo XX. ¿O acaso no está a la vista de todos incontestablemente? Muerto el padrote de la manada, los poetas de la revolución quedaron en una terrible orfandad sin santo y sin limosna; desgaritados y sin rumbo, a la deriva, al garete y, valga la metáfora, como una tabla zozobrante en un mar encrespado de incertidumbre sociopolítica. No hay mejor espejo para un país que sus poetas. De aquellas narcóticas y tóxicas ilusiones paternales del manirrotismo populista bolivarero vienen estos aedas de la trapa, de aquellos polvorines antropocósmicos y aquellas ebriedades ocasionadas por las incomprensibles e incoherentes lenguaradas del profeta insepulto vienen estas necrofílicas y violentas imágenes tropológicas que gobiernan el imaginario colectivo de esta república de tristes y desahuciados que pululan insomnes por las colas del infierno. Ahí donde hubo, tiempo ha, razón sensitiva, amoroso cultivo de la imagen sensible por el espíritu nacional, solo va quedando la piedra insensible ataviada de musgo y baba dogmática de la poesía arrodillada y pedigüeña del poeta indigno de llamarse tal. Donde otrora florecieron las polícromas multiplicidades de sentido convivencial y civilista hoy, amargamente, prevalece la flor negra y pestilente de la intolerancia y el culto a la muerte cuyas desteñidas y harapientas banderas de la discordia y el encono aún persisten en izar inútilmente los poetas filotiránicos que van quedando del naufragio nacional.