• Caracas (Venezuela)

Rafael Rattia

Al instante

Malos de toda maldad

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Son malos de toda maldad; como si hubieran nacido del vientre mefistofélico de una mala madre. Sobre ellos recae toda clase de sospechas, por doquiera que pasan el llano pueblo, desde las tristísimas y deplorables colas, les lanza todo tipo de dicterios y anatemas. Desde corruptos, narcotraficantes, estafadores, lavadores de divisas, testaferros, bachaqueros de cuello blanco, terroristas, hasta proxenetas vendepatria y trotaconventos del neocolonialismo chino, ruso, cubano… hace veinte años se ufanaban de autodenominarse combatientes internacionalistas proletarios; hoy no pasan de ser unos vulgares rufianes y pillines del erario público nacional.

Cómo olvidarlos, las urticantes imágenes que guarda mi capacidad mnemotécnica, los traen recurrentemente a mi memoria; eran los vivos heraldos de la disidencia, los portaestandartes de la subversión contestataria, los quiméricos adalides de la libertad, los perseguidos y anatematizados  por el sistema hoy trocados en el Sistema estatalista, convertidos en el ogro filantrópico venido a menos y quebrado con las arcas vacías. Más que pena dan vergüenza ajena.  Aquellos hombres que olían a monte, sobrevivientes de las guerras y las guerrillas anticapitalistas que sacrificialmente abandonaron mujeres, hijos, familia, todo, por la consecución de un sueño emancipador y libertario de toda una nación e inclusive de un continente, hoy pesa sobre ellos nada más y nada menos que la duda del espíritu de un país subsumido en la más horrorosa y calamitosa hambruna que jamás había padecido esta Tierra de Gracia. De heraldos de la emancipación devinieron asaltantes del patrimonio público nacional. ¿Es eso acaso curriculum vitae de un revolucionario?

Hace 17 años, cuando creyeron haber instaurado el sueño de Bolívar con la mejor constitución de toda la bolita del mundo con la anuencia de no pocos venezolanos y la connivencia de la dirigencia política de la izquierda latinoamericana agrupada en el Foro de Sao Paulo, denunciaban ante el país y el mundo que los venezolanos comían perraarina a falta de dinero para comprar un trozo de carne; hoy, en plena fase agónica de la cacareada revolución socialista, las redes sociales inundan los portales digitales de Venezuela con gráficas tan espantosas como elocuentes de connacionales hurgando desesperadamente entre tachos de basura y desperdicios en procura de algún resto de comida.

 

 Obviamente, el mundo entero sabe lo que ocurre puertas adentro de la revolución bolivariana. En un planeta hiperconectado, saturado de cientos de miles de aplicaciones que hacen posible en un segundo replicar viralmente una imagen hacia el orbe todo, es literalmente imposible que el resto de la especie humana no se dé por enterada de lo que sucede en Venezuela en todos los órdenes de la vida; desde los estrepitosos e inmorales aumentos de precios máximo de venta al público de los productos de primera necesidad avalados y santificados por la Gaceta Oficial del gobierno revolucionario, hasta la ausencia absoluta de una jeringa o de un sobre de gasa para aplicar una simple sutura en un pinche módulo de atención primaria en salud.

Todo, todo escasea en este remedo de país, pero lo que más subsume el ánimo nacional en un estado de estupefacción es el desmoronamiento de las bases éticas de la república, el quiebre de los principios éticos sustantivos que sirvieron para sostener los pilares de la arquitectura moral del país. La duplicidad moral, la ética gatopardiana, el rifirrafe del incesante birlibirloque  en torno a una ética de la responsabilidad pública que no termina nunca de encarnar en la conducta cotidiana del ciudadano. Pocos son los venezolanos de esta hora aciaga que vive la república que son capaces de sostener en la tarde lo que dijeron en la mañana. La semana pasada el primus inter pares le dio un plazo a la delincuencia de 72 horas para que entregara las armas y no había transcurrido ni  una semana cuando  legiones de milicianos carabineros portando fusiles al hombro gritaban, como posesos por una entidad demoníaca, que la revolución socialista no cedería ni una milímetro del terreno conquistado. Hoy, después de más  tres largos lustros de socialismo obsidional, Venezuela parece más bien un carro escachapao y herrumbroso al lado de una carretera horadada por cráteres lunares olvidada y abandonada por la mano de Dios y del diablo.

Yo también sé, como la gran mayoría de mis compañeros de generación y de quienes luchan con tesón y denuedo diariamente por no sucumbir a los terribles estragos de la destrucción, que esta patología maligna que pesa sobre el atlas de la nación igualmente ha de pasar: por ley social, por ley de la historia, el sueño goyesco de la razón “emancipatoria” que produjo esta pesadilla histórica también ha de pasar y se “hundirá como cuerdita de guitarra en el fondo del mar” –como dijo alguna vez un “poeta” de cuyo nombre no quiero acordarme.