• Caracas (Venezuela)

Rafael Rattia

Al instante

Lectura, ética y resistencia

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Desde la noche más cerril (oscura) del alma de homo faber-fabricans, pasando por el largo y dilatado Gólgota de las sociedades grafemáticas de homo sapiens-sapiens (Morin) la triste y melancólica especie humana no ha dejado de intentar leer los signos y enigmas contenidos en la siempre cambiante lámina celeste. “El libro del mundo permanece ilegible e impone múltiples lecturas” (Kostas Axelos. El pensamiento planetario).

¿Cómo leer el turbulento y abigarrado texto-contexto de lo real ilegible y desafiante venezolano? Porque obviamente la realidad nacional en el presente histórico no permite ser leída de un modo neutral, asexuado, ni siquiera su lectura es posible desde una perspectiva, diría Galvano Della Volpe, de un “tercero excluido”.

A poco que hagamos el intento de leer o releer el desencuadernado texto nacional en cualesquiera de sus delirantes páginas o de sus desconcertantes párrafos, salta a la vista por doquier el signo lacerante del delito y la transgresión de la ley que, en condiciones de normalidad socio-histórica, debería regir los comportamientos conductuales de quienes estamos obligados por imperativo ético y moral a su estricta observancia.

Parafraseando a un viejo desaparecido protagonista de la célebre generación del 28 pudiéramos decir que en Venezuela todo el mundo transgrede la ley porque “nadie” ve razones para no hacerlo. Justamente en el lamentable marco socio-antropológico de una nación esquizoide condenada a sucumbir ante los terribles influjos de los peores y más deleznables antivalores, pocos, en rigor hay que decir excepciones que confirman la deplorable regla, se sustraen volitivamente del marasmo moral generalizado y de la crisis estructural instituida e institucionalizada por la fracasada pretensión “revolucionaria”. Quisiéramos, ese deseo ferviente nos sostiene, que fueran legiones de lectores quienes se manifestaran en abierta beligerancia estética y con orgulloso protagonismo cívico y civilista (democrático) como una de las tantas formas de resistir a los horrendos embates de la ignorancia ágrafa y funcional que se pavonea en los programas radiofónicos y televisivos personificados en las nulidades engreídas de nuestra dirigencia gubernativa. Sueño con una sociedad donde sus gobernantes exhiban una razonable pulcritud sintáctica oral a la hora de dirigirse al país para comunicar una buena nueva que despierte regocijo y levante aplausos en sus ciudadanos. Pero la sinonimia primera y primaria de la palabra “político” es el equivalente, mutatis mutandis, de burro enzapatado, con el debido respeto a los nobles jamelgos que prestan un invaluable servicio a la sociedad rural y a la Venezuela agraria que resiste país laborioso adentro.  

Naturalmente, en un país donde no hay comida y en el cual para procurarse una simple ración de alimentos de primera necesidad es, literalmente, ilusorio y soberbiamente ingenuo pedir que sus habitantes tomen las plazas públicas para leer y disfrutar de un buen libro o una excelente revista abrigados por una sensación de seguridad personal. Así, en medio de la más estruendosa debacle social y cultural que jamás sufrió nuestro país desde sus albores republicanos, al ciudadano común y de a pie le queda la lectura clandestina e intimista e individual como última casamata del espíritu rebelde e indoblegable. La revolución socialista pretende infructuosamente poner a la sociedad en off. El ciudadano resiste estoicamente con sensibilidad carbonaria a los zarpazos cotidianos del estado filotiránico y se apertrecha en sus reservas éticas contrahegemónicas y antitotalitarias. La apuesta está echada y adquiere carácter irreductible y antinómico: o lees y resistes (democráticamente se entiende) o te dejas subsumir por los tristes encantos de los fuegos fatuos de la sociedad estatocrática regida por la nomenklatura ignara del monolitismo partidocrático uniformizante y unidimensional. Usted escoge y es libre de hacerlo.