• Caracas (Venezuela)

Rafael Rattia

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Intelectuales

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Recuerdo como si fuera ayer; tan nítido, tan diáfano, con meridiana exactitud, se trataba de un furibundo artículo de opinión que me publicó gentilmente la revista digital Venezuela Analítica, www.analitica.com, el artículo de marras se titulaba “Adiós a los intelectuales”, en donde atacaba duro a esos seudointelectuales que colgaron los hábitos de la reflexión epistemológica para acogerse a las pantuflas de la exégesis apologética de lo realmente instituido. En Venezuela abunda mucho esa triste y lamentable “estirpe” de baja ralea; son los tinterillos de la trapa, los hilvanadores de ditirambos y elogios del poder, en primerísimo lugar del poder político y económico.

Usted, hipotético lector que lee estas intempestivas líneas, tómese la molestia de leer, grosso modo, las primeras páginas de los más prestigiosos diarios del orbe y observará que los acontecimientos de relevancia mundial, como, por ejemplo, los abominables atentados terroristas recientes cometidos por yihadistas del ISIS en París han concitado la opinión y consecuente rechazo de connotadas figuras del pensamiento universal, tales como el alemán Jurgen Habermas, quien hace algunos días concedió un entrevista de neto corte político al cotidiano parisino Le Monde en donde no solo diagnostica la etiología fenoménica del terrorismo yihadista contra la civilización occidental sino que también asoma sugerencias de cómo combatir y exterminar la plaga de la intolerancia religiosa y política proveniente del ala radicalizada del islamismo fundamentalista.

El diario español El Mundo recoge una prolija y extensa entrevista a la semióloga y psicoanalista búlgara afincada en París Julia Kristeva en donde repasa el problema álgido de la construcción de la identidad de los adolescentes hijos de migrantes provenientes de la terrible diáspora árabe que han literalmente invadido Europa como resultado de una guerra fratricida que parece no tener fin. Ambos intelectuales, en atención a sus responsabilidades éticas y gnoseológicas en tanto su condición de ciudadanos del mundo y la autoridad moral que le confiere su auctòritas, se atreven a tomar la palabra e intervenir en el ágora global para plantear sus criterios beligerantes sobre los candentes y acuciantes temas que conciernen al destino común de la especie humana, y lo hacen bien y con pleno sentido de su deber.

En cambio, cuando revisamos los medios escritos en nuestra comarca nacional vemos con estupor que escasean las voces académicas o extra-académicas de nuestros intelectuales acerca de los temas neurálgicos que agobian la existencia del venezolano. Eventualmente, como se dice popularmente, “una golondrina no hace verano”, una que otra vez, un sociólogo, un politólogo, un historiador, un cientista social, un comunicólogo, en suma, un intelectual, orgánico e inorgánico, plantea y denuncia una situación que afecta a toda una nación; verbigracia, el problema de la inseguridad, de la escasez de alimentos, de la deslegitimación del Estado de Derecho y la deriva institucional de la creciente ingobernabilidad que aqueja a la sociedad, son temas cruciales que deberían concitar la reflexión aguda y responsable de la élite pensante de nuestro país. Tal pareciera que nuestro intelectual vernáculo estuviera distraído viendo para otro lado o mirándose el ombligo narcisistamente o en el mejor de los casos como si estuviera encerrado en una torre de Segismundo, preso de sus propias aprehensibilidades y de su incomprensible timoratez. Nuestro intelectual del presente siglo pareciera un ser adocenado y acomodaticio que cambia de color y se mimetiza con asombrosa rapidez ante los vertiginosos cambios  sociopolíticos que aguijonean el tejido social de la nación. Tal pareciera que el heraldo de la disidencia, el pensador de la heterodoxia y la cabeza caliente de la herejía y la irreverencia trocose en bufón de lo real dado instituido. El viejo insurrecto de las ideas, el irreductible hombre de letras que se jugaba el pellejo en una cuartilla ideada y concebida con cabeza propia, el esteta autónomo que dice lo que otros callan por miedo o conveniencia ha devenido en poetastro o filosofastro de los programas radiales o televisivos. Un tiempo de sequía se enseñorea sobre nuestro pobre y empobrecido país sumido en la subcultura de supervivencia. Los antiguos fogosos debates que protagonizaban los sujetos epistémicos en las refriegas teoréticas y en las barricadas metódicas y metodológicas se han convertido en letargo y fastidioso bostezo acrítico. La historia se encargó de demostrar el axioma en nuestra cara: los antiguos perseguidos, hoy trocados en gobernantes son ahora los villanos y perseguidores. Los que desafiaban el pensamiento hoy son desafiados con impertinencia inclemente por este último. Ella, la historia, es así, unas veces irónica y otras cínica pero nunca indiferente.