• Caracas (Venezuela)

Rafael Rattia

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Escribir y ser escritor

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Hubo una época febril en mi vida en que me desvivía, literalmente, porque mis amigos me reconocieran como escritor. Vivía obsesionado con la estúpida idea entre ceja y ceja de querer enrostrarle a quien primero se me atravesara en el camino mi fachendosa condición de tal. Obviamente, con el paso inexorable de los días y con las legiones de libros que uno va acumulando en sus haberes de lector irredimible, uno se va calmando y poco a poco va domesticando esa vergonzante pulsión de “garcía-marketing” que embarga a quienes de una u otra forma se embarcan en esa nave de los locos que es la escritura.

Naturalmente, escribir no tiene nada que ver con las vacuas ínfulas que se forman aquellos tontos intelectuales que les quita el sueño eso de “ser escritor” a costa de lo que sea. Escribir, cómo negarlo, proporciona una sensación de placer solo comparable con el goce supremo del anhelado coitus orgasmaticus. No hay nada comparable a esa forja de nuevos mundos paralelos que emergen de nuestra imaginación insobornable del irreductible acto de escribir.

Recuerdo cuando en aquellos días de intensa e inacabada fiesta de alcohol, mujeres, rebeldía y poesía maldita, decía en las recepciones de hoteles: —Profesión. —ESCRITOR. Hoy me desternillo de la risa cuando pienso en esa imbecilidad. Se escribe y punto. Se es feliz escribiendo o no. No hay por qué alarmarse por ello; escribir no es un oficio mejor o peor que cualquier otro. ¿Qué diablos importa si te consideran escritor o no en determinados momentos de tu desempeño en tanto tal? ¿Acaso se es más o menos escritor si no llaman o dejan de llamar escritor? Uno escribe porque no puede dejar de escribir, o no quiere. Felices aquellos que saben exactamente por qué lo hacen; a mí me hace profundamente feliz escribir y punto, lo demás son pamplinas para uso de tarados.

Pululan por doquier tristes infelices que se desviven y babean por una entrevista televisiva, por una columna de prensa, por un programa radial donde hacer público sus veleidosas pulsiones exhibicionistas de bordeline desquiciado. Sin duda, tras la sospechosa ansia de publicidad de todo aquel que se autocalifica “escritor” siempre subyace un peligroso y patético síndrome de vitrinismo esquizoide. Resguardémonos de esos esperpentos sedicentes y enloquecidos que son capaces hasta de venderle su alma al diablo con tal de que la sociedad los reconozca como “escritores”.