• Caracas (Venezuela)

Rafael Rattia

Al instante

Carlos Drummond de Andrade en su poesía

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Por supuesto, eran otros tiempos; éramos más universales, teníamos la mirada y el oído colocados hacia la inmensidad del orbe; menos “endógenos” y, sí, ciertamente más “neoliberales”.

Fundarte promovía entre sus colecciones de poesía lo más granado de la lírica hispanoamericana del siglo XX al lado de lo más digno de atención y reconocimiento de nuestra poesía venezolana. Hurgando en mi modesta biblioteca en estos días primeros días de diciembre, encuentro un libro, editado por la Municipalidad del Distrito Federal, del gran poeta Carlos Drummond de Andrade en versión castellana de Gabriel Rodríguez que me ata por horas enteras a sus páginas de oro, claras y definitivas como el brillo eterno del sol.

Trece poemas contenidos en una treintena de páginas son suficientes para crear en el lector una reverencia cercana a la idolatría artística. Sin blasfemia, le ruego al lector que lo tome literalmente: después de Dios, el poema.

Me quedo prendado a la fascinación que ejerce esta poesía de este itabirano, brasileño universal; su tristeza recóndita pero orgullosa, su radical ajenidad y extrañamiento a la nombradía y la fama literaria. Su poesía es una decidida vocación por el amor al prójimo que se fragua en el hábito del sufrimiento. Si este poeta no hubiese sido escritor (nació para escribir) de seguro hubiese sido un santo. Viene de una tradición cultural que se remonta a los siglos que testimoniaron el origen de su comarca, de su natal matria. La melancolía psicosomática de la poesía de Carlos Drummond de Andrade le viene al bardo de Itabira de sus ancestros, de su rancia estirpe de aeda del dolor.

El recuerdo de su infancia, las vivencias de su silvestre adolescencia entre las haciendas de sus padres, la prodigalidad y la abundancia que signó su vida juvenil se hacen presentes en su poesía como una herida abierta en la memoria. Lo melancólico y lo elegíaco se juntan de modo inextricable en la poesía de Drummond de Andrade para otorgarle a su canto un tono extrañamente fúnebre en el que se advierte la caducidad del mundo objetivo que habita el poeta.

La existencia del poeta transcurre dentro de parámetros normales de aparente cortesía y el escritor vive para dar testimonio escrito de la futilidad de su época y del tiempo histórico que le tocó vivir. El sueño es para el escritor un sucedáneo de la muerte y así lo escribe en uno de sus más celebrados poemas titulado Elegía 1938; en él dice:

 

“Amas la noche por el poder de

aniquilamiento que contiene

y sabes que durmiendo, los problemas te

dispensan de morir

pero el terrible despertar comprueba la existencia

de la Gran Maquinaria

y vuelve a colocarte, pequeñito, ante palmeras

indescifrables”.

 

El patrimonio cultural que atesoró el poeta es tan vasto y de tales dimensiones universales que el lector queda asombrado por la incalculable riqueza de matices y detalles que brotan en los versos impregnados de sabiduría hindú, asiática, europea y americana que filtran sus composiciones poéticas.

 

“Caminas entre los muertos y conversas con ellos

Sobre cosas del tiempo futuro y negocios del

Espíritu”.

 

El amor y la espiritualidad juegan un papel central en la obra literaria de este brasileño de excepción. Aun cuando se esforzó por la búsqueda de lo que se conoce con el abstracto nombre de “felicidad colectiva”, siempre escribió sobre lo que más logró conocer a fondo el escritor; acerca de su irremediable vocación de derrotado en las lides del alma. Su poesía nos habla de una forzosa “aceptación” de las taras de la civilización porque se sabía “impotente” en su deliberada soledad artística para influir en la ansiada transformación del mundo y sus reglas instituidas.

Leyendo los terribles poemas de Drummond de Andrade no puedo dejar de preguntarme ¿qué diría el escritor si hubiera estado en este mundo el 11 de septiembre que hizo temblar el corazón del Imperio planetario? Veamos un breve fragmento de su Elegía 1938:

 

“Aceptas la lluvia, la guerra, el desempleo y la

Injusta distribución

Porque solo, no puedes dinamitar la isla de

Manhattan”.

 

El escritor se asume a sí mismo como un poeta consubstanciado con el nervio vital de su época histórica pero de ninguna manera al servicio de causas partidistas. La miseria, el dolor de ser tan solo una cifra estadística entre millones de rostros sin esperanzas significaba para el poeta algo más que una bandera izada por alguna cofradía de “iluminados” o “profetas” vendedores de ilusiones de algún proyecto de sociedad futura.

La intemporalidad de su creación puede evidenciarse en versos como el que a continuación transcribo:

 

“No seré el poeta de un mundo caduco.

Tampoco cantaré al mundo futuro.

(…)

El tiempo es mi materia, el tiempo presente, los

Hombres presentes,

La vida presente”. (De la mano).

 

La poética de Drummond de Andrade se inscribe en la corriente de una historicidad constituyente fundada en la esperanza de la especie humana por crear otro mundo distinto al actual en el que sea posible la comunión de las almas en la contemplación de la belleza. Se trata de una poesía que se nutre del ineludible presente pero proyectada a su dialéctica superación. Una inocultable influencia heraclitea se advierte en el incesante fluir del río temporal del poema.

Para el poeta solo el reino de las palabras es el reino del poema; ni el acontecimiento, ni los sentimientos ni el cuerpo son la materia de la cual se elabora el poema. Solo la palabra y el silencio guiados por el infalible poder de la imaginación creadora hacen posible el surgimiento del poema. Toda palabra contiene su melodía y concepto y es oficio del poeta labrar el sonido exacto y el concepto exacto de cada palabra que integra el infinito mundo del lenguaje.

El poeta exalta el valor incomparable de la vida y de su razón de ser: el corazón. Tal pareciera decirnos el escritor que hay poesía allí donde hay seres humanos capaces de amar y de reír. Las edades pasan, los amores pasan, los golpes pasan; pero el corazón permanece, la vida continúa ahí fiel a los días y noches que le son dados vivir. Toda la poética de Drummond de Andrade es un canto a la utopía de esa imposibilidad que subsume a la especie humana en la peor ebriedad de la razón: la sed de justicia marca indeleblemente el tránsito de la humanidad sobre la faz del orbe. Si hay un poema en Latinoamérica que retrata completo en cuerpo y alma a un poeta en toda su abyección y sacralidad ese poema es “La flor y la náusea” de este inmarcesible poeta brasileño. Su didascálica diafanidad lo convierten en insoslayable propedéutico para todo escritor que aspire a escribir un poema que atraviese los siglos y las edades y sea siempre faro inextinguible de luz sobre el mundo, la vida, la existencia toda; es decir, sobre la poesía.