• Caracas (Venezuela)

Rafael Rattia

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Aforismos ofídicos

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Un chavista, revolucionario, socialista, bolivariano que, antes de la “revolución” vivía en una habitación alquilada en un barrio cualquiera de Venezuela y hoy anda en una Hummer y tiene cuentas en dólares en bancos del exterior. ¿Socialismo?

 

Un cuadro del destacamento avanzado de la vanguardia revolucionaria y miembro del “estado mayor de la cultura” que proclama la necesidad de preservar el “legado” del difunto desde la Ciudad Luz bajo las rutilantes iridiscencias de la Tour Eiffel después de haber comido un filette de Mignon y escanciado dos botellas de Moet Chandon. ¿Revolución socialista?

 

Farfullar pamplinas durante horas mediante discursos interminables por radio y TV sobre la inveterada pulcritud ética-moral y estar rodeados por Ministros, Directores, Presidentes de organismos públicos, camaradas, compatriotas y compañeros que no pueden disimular sus andanzas y tropelías sobre la cauda del erario público.

 

Exhortar al pueblo hambriento a morir de mengua en una cola de un Mercal, un Pdval o un Abasto Bicentenario mientras la vanguardia política-militar de la revolución viaja a Aruba y Curazao a hacer mercado sin límites de gastos en sus privilegiadas tarjetas de crédito

 

Hablar sobre las bondades y maravillas de la educación pública venezolana y tener a sus hijos estudiando en las más prestigiosas universidades del mundo occidental capitalista y no poder justificar los gastos y erogaciones que acarrean los estudios de los hijos de la nomenclatura revolucionaria bolivariana.

 

Hacerse “invitar” por los programas de “opinión” ideológica y doctrinaria del sistema nacional de medios públicos al servicio del partido único para hablar sandeces sobre la justicia social y la igualdad y mostrar ante las cámaras televisivas ropas y atuendos que solo están reservadas a la crema y nata de la farándula artística internacional.

 

Lanzar anatemas y dicterios a diestra y siniestra contra los bachaqueros y tener en sus casas pacas de productos de primera necesidad resguardadas por funcionarios policiales pagados con el presupuesto nacional.

 

 Echarle la culpa del desabastecimiento, la escasez, la carestía de la vida a sombras fantasmales del pasado y enrostrarle al vecino los privilegios y prerrogativas que te brinda ser parte de la nueva clase tecnoburocrática dirigente de la revolución socialista.

 

Justificar y legitimar las asimetrías e inequidades sociales que atraviesan escandalosamente el cuerpo social de la nación extrayendo de debajo de la manga argumentos anacrónicos que no resisten la más mínima réplica de la escabrosa y grosera realidad cotidiana.

 

Luis XVI dijo en cierta ocasión: “L`etat suis je”. La nueva clase bolivariana lo parafrasea y sostiene: “El Estado somos nosotros”.

 

Cuando la revolución instituye e institucionaliza la ignominia, la anomia, el quiebre consciente y programado de la ley al ciudadano le asiste el derecho y el imperativo moral de desobedecer el diktum estatocrático y restaurar el imperio democrático de la ley escarnecida y vituperada por quienes están investidos para velar por su fiel cumplimiento. Toda ley contempla la legitimidad de la rebelión, inclusive nuestra Carta Magna.

 

La gran disyuntiva biopolítica del siglo XXI es, sin dudas, estatizar por completo a la sociedad y convertirla en un rehén del Estado o, por el contrario, desestatizar el cuerpo social y resocializar de nuevo y ahora permanentemente el ordenamiento jurídico político e institucional para que la sociedad vuelva a ser protagonista de su destino y responsable de sus actos creadores.

 

La ecuación es evidente y no admite recusación alguna: a mayor ciudadanía mayor protagonismo beligerante de la sociedad, es decir, mayor poder del individuo frente a los propósitos expropiatorios del Estado. La lucha de la sociedad contra el Estado es la lucha de la civilización contra la barbarie del nuevo milenio.

 

En medio del fragor de la resistencia contrarrevolucionaria antitotalitaria en Venezuela los poetas se dividen en demócratas y oclócratas; en libertarios y autoritarios, estatocráticos y democráticos; no hay término medio.

 

Bolívar dijo: “maldito sea el soldado que dispare contra su pueblo”. Nosotros decimos: maldito sea el poeta que se arrastre babosamente ante el poder e hipoteque su estro lírico por un miserable mendrugo de pan y una canonjía, una beca ministerial o unos devaluados “bolívares débiles”.

 

Periodizaciones de la historiografía venezolana del siglo XIX, XX y XXI: el monagato, el guzmanato, el gomezalato, el perezjimenato y el chavezalato;  ninguno como el último para ilustrar la inviabilidad de un modelo económico, social y político. Los resultados de tal “modelo” están a la vista de todos con la dimensión de una calamidad babilónica.