• Caracas (Venezuela)

Rafael Palacios

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Los últimos pecados

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Después de la crisis económica mundial ocurrida hace diez años no hubo prácticamente país de norte a sur y de este a oeste que no se planteara la necesidad de cambiar la economía. Las discusiones dominantes sobre la nueva dinámica del mercado dejó atrás las medidas económicas rutinarias como eran las de hacer que el mercado haga sus cosas, y las haga para que todo esté mejor. Se pensó que el centro de atención de la economía era la política monetaria y la política fiscal, particularmente en tiempos de recesión severos. Se alabó hasta más no poder, no solo al sistema financiero para canalizar el ahorro hacia las inversiones productivas, sino, también, al sector privado como el único actor que garantizaría el desarrollo productivo y la actividad de exportación. Se subestimó el impacto de la productividad del trabajador en la economía y finalmente se afianzaron las decisiones populistas como por ejemplo el aumento de los impuestos a los ricos, pensando que de allí se obtendría dinero adicional para ayudar a los más pobres.

Ahora los gobiernos han comprendido cada vez más que el mercado presenta continuos fallos, y que estos son causados por la dinámica que ha alcanzado el desarrollo tecnológico y también por el impacto negativo que ha significado en muchos países no haberse adaptado a dicho desarrollo. La economía se desenvuelve de otra manera y es evidente que hay que hacer más para convertir el ahorro en inversión productiva. Son tiempos de la economía moderna, son tiempos de pensar y discutir abiertamente cuáles otras reglas de la política económica podrían servir para generar bienestar social y económico. Esa economía ha establecido un mandamiento, y es el de no intervenir en ausencia de nuevas preguntas y nuevas herramientas para proponer soluciones y hacer correcciones.

Así las cosas ¿no es pecado de un gobierno de corte económico heterodoxo insistir en la diversificación económica con la activación de catorce motores de desarrollo en ausencia de una política tecnológica como imperativo de tal medida?. ¿No es pecado capital subordinar las capacidades tecnológicas de sectores industriales estratégicos nacionales a las estructuras tradicionales  y mandatos de burócratas? ¿No es pecado ignorar la balanza comercial de transferencia tecnológica y continuar los planes de inversiones extranjeras en petróleo y minería al estilo de los años noventa? El mandamiento se incumple.

 

Pero quienes no son gobierno tampoco están libres de pecado. ¿Hay claridad suficiente de que aquí el problema es la tecnología y la solución es la mejor educación? ¿Saben que el problema de la escasez de productos básicos, medicinas, entre otros y hasta la misma inflación dependen de que se empleen o no políticas para la inversión y la productividad real y que ellas son condicionadas por las capacidades de dominio de conocimiento? ¿Existe conciencia y acuerdo en que la respuesta y la efectividad gubernamental, institucional y legal para abordar la crisis requiere de medidas que promuevan el flujo del conocimiento y que la  productividad aquí solo se garantiza a través del dinamismo que adquiera el Sistema Nacional de Innovación?, ¿existe claridad que no es lo mismo la ciencia que la investigación y que por lo tanto la innovación que surge del sector empresarial público y privado no la promueve la ciencia en si misma que generan las universidades y centros de investigación, sino que la generan actividades específicas de investigación y desarrollo dentro de las propias empresas?, ¿están los académicos y empresarios preparados para una alianza en un país donde la inversión de riesgo es una de las grandes deudas históricas heredadas del siglo XIX por parte del sector productivo?, ¿se observa consenso en que la automatización y aprovechamiento de la información tecnológica promueve a escalas importantes el factor de productividad y también garantiza cualquier procedimiento para la transparencia de la información pública?

Los últimos pecados ya se están cometiendo, el sector heterodoxo pensando que con supuestas correcciones transitaría hacia una economía menos dependiente del petróleo, está creando mayor inflación y sobre todo amenaza con una “implosión” de efectos más negativos en la estructura productiva nacional, la cual, no cabe duda, fomentará una mayor dependencia tecnológica y no reducirá la dependencia de la industria petrolera.

Y quienes no quieran cometer más pecados tendrán que cambiar la idea de que producir más y generar mayores ingresos al país, no depende más de la economía vieja y que los nuevos patrones de crecimiento económico como la diversificación energética y la bioeconomía son tarea actual y metas de largo plazo que no pueden postergarse más. Son ellos además elementos claves para el aumento del empleo, disminución del tamaño del Estado, desarrollo económico rural, costero e industrial y garantía del sostenimiento ambiental. Tendrán igualmente que comprender que la subida y la caída del crecimiento de la economía depende del imperativo tecnológico; depende de la política nacional de innovación y de sus instrumentos para promover la inversión y la producción real. Es primario que comprendan que la economía requiere de un nuevo conjunto de habilidades, y que ellas no son exactamente conocimiento científico o una estricta orientación de políticas públicas, sino, un híbrido de ambos.

Estos pecados no son exclusivamente palabras, pensamientos o políticas, estos pecados son una ofensa a la dignidad de los ciudadanos y a la generación de un país porque atentan contra toda oportunidad para avanzar hacia el futuro.