• Caracas (Venezuela)

Rafael Palacios

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¿El último Premio Nobel?

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Me refiero a los premios Nobel de Ciencia y me refiero al presente y futuro de la investigación en América Latina.

No es verdad –y como muchos han querido hacer ver– que el Nobel es un premio creado por el capitalismo para el capitalismo y no es verdad que es un premio creado solo para la ciencia de algunos países privilegiados. La última voluntad de Alfred Nobel, antes de su muerte, era la creación de este premio para que se otorgara a quienes lograran notables contribuciones a la humanidad principalmente en Fisiología o Medicina, Física y Química. Y así ocurrió desde 1901. Desde entonces la investigación científica tomó un empuje adicional y un particular interés por ser más reconocida con la obtención del Nobel. El Nobel es también un reconocimiento nacional.

El Premio Nobel se ha convertido en uno de los acontecimientos científicos del año más importantes. Y también es cierto que este premio ha dejado de despertar expectativas en el mundo científico y político de Latinoamérica, cuando se trata de recibir reconocimiento a la labor de la ciencia en la región.

La última aparición de estos premios en América Latina fue hace veinte años, en 1995, con el Premio Nobel de Química obtenido por el mexicano Mario J. Molina junto al investigador estadounidense de la Universidad de California Frank Scherwood Rowland y el químico neerlandés Paul Josef Crutzen, todos ellos galardonados por su contribución sobre la química de la atmósfera, particularmente sobre la descomposición del ozono. Ya antes, en 1984, el químico argentino César Milstein (nacionalizado británico) también obtuvo el Premio Nobel de Medicina por las teorías sobre la especificidad en el desarrollo y control del sistema inmunitario y el descubrimiento del principio de producción de anticuerpos monoclonales. En 1980 lo recibe el “casi olvidado” médico venezolano Baruj Benacerraf quien con sus estudios de investigación en Estados Unidos y junto al francés Jean Dausset y el genetista estadounidense George Davis Snell obtienen el Nobel de Medicina por sus descubrimientos acerca de las estructuras de la superficie celular determinadas genéticamente y que regulan las reacciones inmunológicas. En 1970 el médico y bioquímico argentino Luis Federico Leloir obtiene el Nobel de Química por el descubrimiento de los nucleótidos de azúcar y el papel que estos cumplen en la fabricación de los hidratos de carbono. De esta manera, se pudo conocer con profundidad la enfermedad congénita galactosemia. En 1947 el médico y también argentino Bernardo Alberto Houssay recibió el primer Premio Nobel de Ciencia (Fisiología) en América Latina por su contribución para entender el desarrollo de la diabetes, a través de la explicación de la influencia del lóbulo anterior de la hipófisis en la distribución de la glucosa en el cuerpo.

Desde entonces la ciencia y la investigación en los países de Latinoamérica no han sido privilegiados con un Premio Nobel. ¿Por qué antes sí y ahora no?

Nótese que los premios Nobel en su mayoría fueron otorgados por un trabajo de colaboración internacional entre notables científicos. Hoy, esto es de una importancia mayor y es la condición de la actual y futura generación de ganadores de Premio Nobel. No por casualidad el Premio Nobel de Medicina 2014 fue otorgado a John O’Keefe y a los noruegos Edward Moser y May-Britt Moser por sus aportes que demostraron la existencia de una base celular superior para la función cognitiva. Asimismo, se otorgó el Premio Nobel de Física 2014 al Japonés Shuji Nakamura, quien estando en la Universidad de California y con el apoyo de otros dos físicos japoneses Isamu Akasaki y Hiroshi Amano lograron el descubrimiento de la invención de eficientes diodos de emisión de luz azules, la cual hizo posible las fuentes de luz blanca brillantes y de bajo consumo.

Y así también ha sucedido recientemente con el Nobel de Medicina 2015, otorgado a tres científicos especializados en enfermedades parasitarias y que han influido en la salud de millones de personas. Este Nobel lo recibieron la farmacóloga china Youyou Tu por el descubrimiento de la artemisina, el cual y en conjunto con otros derivados forman un tratamiento estándar contra la malaria. Este descubrimiento deja en evidencia las limitaciones de la medicina tradicional sin la presencia operativa del conocimiento científico. La otra parte del premio fue para el irlandés William C. Campbell y el japonés Satoshi Omura por sus descubrimientos en el desarrollo de terapias (fármacos antiparasitarios). Otro ejemplo, lo es el Nobel de Física 2015 otorgado al japonés Takaaki Kajita y al canadiense Arthur B. McDonald por el descubrimiento de los neutrinos, que son un gran avance en la física de partículas. Y finalmente el Premio Nobel de Química 2015, otorgados al médico y biólogo sueco especializado en investigación del cáncer Tomas Lindahl, al estadounidense Paul Modrich y al turco Azir Sancar por el descubrimiento de los mecanismos moleculares capaces de reparar el ADN dañado de una hebra de ADN de una determinada forma.

Nótese también que la mayoría de los países en donde estos premios tienen lugar son Estados Unidos (257), pero también tienen lugar frecuente en universidades e instituciones de investigación de países como Alemania (80), Francia (53), Suecia (29), Rusia (27), Polonia (26) Japón (23), China (12), India (8) y no menos importantes en lugares como Australia e Israel. Se trata de países que, aun con algunas limitaciones presupuestarias para apoyar la ciencia, poseen un sistema de investigación con “buena salud”; y son capaces de comprometer a académicos de todo el mundo altamente calificados en áreas como matemática, física, química y biología. Se trata de países que no pueden pensar en la ciencia sin una política de internacionalización de la investigación que esté en el plano de las prioridades de la política de Estado; y que tampoco podrían implementar tal política en ausencia de una garantía más o menos equitativa sobre los beneficios de la generación de conocimiento al desarrollo de sus universidades y centros de investigación nacionales.

No solo esto ya se traduce en un inconveniente y por lógica en una explicación sobre el declive de la ciencia en América Latina, también influyen de forma determinantes la poca o limitada perspectiva de los gobernantes en construir un sistema de educación de excelencia y una infraestructura científica que integre las capacidades de investigación de buena parte de la región; y que las articule con  los grandes centros mundiales de producción de conocimiento. Mientras esto no ocurra, no tendría sentido plantear un Premio Nobel latinoamericano o algo por el estilo –tal y como lo ha propuesto recientemente Ecuador– con el objetivo de fomentar la investigación en la región. Tampoco sería adecuado arriesgar cuantiosas inversiones y seguir financiando la ciencia, fomentando de forma negativa la creación de nuevas “islas de investigación” (programas de investigación) desarticuladas de la dinámica y la velocidad de la producción de conocimiento mundial.

Ya uno sabe cómo es que algunos países decidieron darse más a conocer por sus aportes a la ciencia, en lugar de la distinción del Nobel en Literatura como Tagore de la India o el Nobel de la Paz a figuras como Aung San Suu Kyi y al presidente surcoreano Kim Daejung.

Ya uno encuentra respuesta a por qué países de la región que obtuvieron  premios Nobel en Ciencia, y en áreas que son determinantes para el progreso de la humanidad, hoy han abandonado la investigación científica y desecharon inexplicablemente la posibilidad de convertir los premios Nobel en instrumentos para el fomento de novedosos sistemas de investigación al interno de sus países y de referencia internacional. Ya uno se explica por qué siendo América Latina una de las regiones del mundo más afectadas por las enfermedades como la malaria o el dengue tiene poco qué aportar frente a la investigación que sobre estas mismas enfermedades hacen países de otras latitudes.

Por lo tanto, ya uno sabe que el problema no es la dominación; el problema es la ignorancia y también la irresponsabilidad.