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Rafael Palacios

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La tragedia del IVIC: preguntas y respuestas

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En tres pedazos se ha partido la matriz de opinión pública que se despertó después de que la Asamblea Nacional, sin la debida consulta, aprobó en primera discusión el Proyecto de Reforma de la Ley del Instituto de Investigaciones Científicas, IVIC.

Después, y ahora sí, aparecen los que están a favor, los que están en contra y también la opinión de quienes laboran en la institución. Estos últimos en medio de presiones marcadas por los tiempos políticos intentan armar su propia propuesta.

Tenemos una sociedad pasiva y rezagada frente a la política global contemporánea del conocimiento. Como si fuera poco, habitamos con un gobierno y con instituciones que, queriendo mostrar convencimiento de su proyecto político sobre ciencia, siguen como equilibristas.

No precisamente se ha ampliado la democracia a través del conocimiento, al contrario, no se hacen políticas con el debido realismo, humanismo y sistematismo.

Hay un Estado que ha politizado la ciencia y, en consecuencia, la ha distorsionado de su objetivo natural; un Estado que no ha querido, en medio de sus fracasos, aceptar que las decisiones en este campo no se hacen solo entre políticos ni por votación popular, sino por consenso y entre expertos. Y es que prácticamente no hay gobierno de derecha o de izquierda que no lo haya comprendido.

Así las cosas, no es casual que se proponga una reforma de la ley que rige al IVIC; y no sorprende que ella luzca descontextualizada, alejada de visión estratégica y elaborada sobre la base de ideas y no de conceptos.

Son muchas las interrogantes que surgen a partir de la lectura de sus cuarenta artículos: ¿ha sido este proyecto de ley el resultado de una evaluación cualitativa y desprendida del análisis de números sobre los resultados de los cientos de proyectos de investigación financiados durante 15 años de gobierno?; ¿se conoce en qué medida esta reforma impactaría en el desarrollo de las fuentes actuales de producción de conocimiento y las capacidades científicas y tecnológicas generadas históricamente en el IVIC?

Se ha dicho que la ciencia y el pueblo ya son una misma cosa, entonces, ¿dónde está la información que indique cómo ha sido el desarrollo de esta vinculación dentro del IVIC?; ¿cuáles han sido sus logros en el marco del modelo socialista de producción de conocimiento?

Debiera la sociedad venezolana preguntarle al gobierno en su intento de reformar la ley del IVIC cuál ha sido en números la labor de quienes han dirigido este instituto desde el año 2000, y, muy particularmente, después de la Reforma de la Ley Orgánica de Ciencia y Tecnología en 2010.

Razonable también lo es que se sepa ¿cuál ha sido el comportamiento del gobierno en el aprovechamiento de los resultados potenciales de investigación, generados por los proyectos financiados a este instituto?

Todo ello deja un amargo sabor y confirma que existe analfabetismo científico. No puede haber transformación total del IVIC si antes la política pública del propio Estado no es sometida a una evaluación responsable.

Se le ha venido planteando reiteradamente al gobierno la necesidad de evaluar la coherencia y la pertinencia de sus políticas.

Pero, se trata de una estructura institucional que tiene la verdad en sus manos; que en nombre de la lucha contra la ciencia elitesca ha venido afectando la calidad y la productividad de la investigación; que ha hecho creer que flexibilizando los criterios de calidad científica y aumentando el número de investigadores se mantendría la excelencia en la actividad de producción de conocimiento.

¡Malas noticias! La productividad científica ha mermado de forma alarmante.

Se ha confundido lo inconfundible; pensar que ciencia e investigación es la misma cosa; que ambas no difieren en sus matrices filosóficas y, por lo tanto, se comportan de la misma forma en el plano estratégico, programático y operativo, ha sido un grave error.

El gobierno no se ha tomado el tiempo para evaluar la pertinencia y los efectos negativos que produce alinear la política de conocimiento en “ciencia, tecnología, innovación y sus aplicaciones”. Y ha querido darles la misma uniformidad a las instituciones de investigación, como es el caso del IVIC, al pretender llamarlo Instituto Venezolano de Ciencia, Tecnología e Innovación.

No se ha percatado el gobierno de que el país hace rato que apostó equivocadamente por el desarrollo tecnológico que se generará a partir de un solo patrón de crecimiento, el petróleo. De allí que no se pudieron expandir más recursos ni más experiencia para hacer frente a los problemas complejos que hoy presenta la brecha tecnológica que nos caracteriza.

El IVIC podría ser una excepción.

¿Qué tenemos? Tenemos un gobierno que se detuvo y que optó por utilizar la ciencia como un arma política; buscó en el pensamiento de Varsavsky su salvamento ideológico sin tiempo para comprenderlo, luego se dejó atrapar por los tiempos de Feyerabend y otras matrices filosóficas extemporáneas. Al gobierno le dio flojera evaluar el destino de las propuestas soviéticas de planificación de la ciencia, y es que allí no cabían los seres más ingeniosos.

Este es el resultado, vivimos tiempos de mucha confusión en los que el juicio se agota y, es en serio, el conocimiento también.

El IVIC es una de las víctimas.