• Caracas (Venezuela)

Rafael Palacios

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¿Y por qué no sustituir exportaciones?

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Está de moda el discurso gubernamental de pensar que el éxito de la política económica y productiva de un país dependiente de la importación de productos manufacturados es la sustitución de importaciones. Esto es un signo claro de improvisación y lógicamente es un desconocimiento sobre la implementación y fracaso del modelo que intentaron consolidar hasta la década de los setenta los países de América Latina. Es, además, pecar de ingenuidad, cuando se piensa que el desarrollo científico y tecnológico sería beneficiado impulsando ese modelo.

La clase política parece haber olvidado el mal sabor que dejó la sustitución de importaciones. Entre otras cosas, por la falta de consideración de variables internas y externas vinculadas al cambio tecnológico y la competitividad. Se destacan aquí la falta de protagonismo nacional para hacer de la innovación tecnológica un dinamizador del sector industrial, los elevados precios de bienes manufacturados, los subsidios y la inflación.

También preocupa que se utilice la lógica “estructural-funcionalista” vinculada al éxito de los países industrializados, que antes no tenían nada y hoy, en poco tiempo, han sido capaces de poseer un sistema de producción industrial del más alto nivel (Singapur, Corea del Sur, Taiwán, entre otros). Y se ha pensado que hay que hacer lo que ellos hicieron antes, desestimando que estos países lograron industrializarse no solamente por la acumulación de sus capacidades productivas y de innovación, también estuvieron obligados a construir a lo largo del tiempo una infraestructura institucional que acompañó el modelo de desarrollo económico.

Y no solo eso, la infraestructura institucional abrió el camino para crear nuevos patrones de crecimiento económico. Corea del Sur en 1963 exportaba bienes por valor de menos de 600 millones de dólares a precios actuales, básicamente se producían mariscos y seda. Mucho tiempo después, 50 años más tarde, ese país logró exportar bienes en sectores de la electrónica, maquinaria, equipo de transporte y productos químicos por encima del valor actual de los bienes que producía anteriormente. Samsung, por ejemplo, inició operaciones en ese país en 1938 con la producción de alimentos y textiles para luego abrir nuevos patrones de producción orientados a sectores como la electrónica, construcción naval, ingeniería e industria aeroespacial.

Las características de los actuales problemas de dependencia económica y tecnológica que poseen los países de la región latinoamericana, particularmente los países que dependen de las materias primas, deberían ser argumentos suficientes para dejar de insistir en una política de sustitución de importaciones, que ha desestimado las condiciones elementales que se requieren tener para promover y darle viabilidad a tamaña política.

Ahora bien, ¿cuál podría ser la alternativa?

Es sabido que en muchos países la dependencia histórica de la producción y exportación de materia prima ha influido enormemente en el tipo de Estado e institucionalidad existente; en la cultura productiva y tecnológica de un país. Y justamente esa dependencia ha orientado al interno de estos países los esfuerzos para generar educación, ciencia, tecnología y capacidad de innovación. No menos cierto es que esa misma dependencia ha sido perjudicial para afrontar los cambios políticos y económicos globales.

Y esto no es cualquier cosa, sobre todo, cuando se trata de países cuyos ingresos económicos por exportación de materia prima pueden estar en el orden de 46% hasta 95% (Argentina, Chile, Brasil, Ecuador, Colombia, Perú, Venezuela).

Así las cosas, no asombra el actual rezago tecnológico existente.

Hay indicios suficientes que indican que no podrían tener los mismos efectos implementar una política de sustitución de importaciones que una política de sustitución de exportaciones de materia prima.

Los países dependientes de materia prima requieren construir a mediano y largo plazo capacidades institucionales y de innovación para luego plantearse “en serio"” el reto de producir una buena parte de lo que se importa. Pero está claro que ello no será posible con un Estado y una institucionalidad inoperante, ineficiente y además enterrada en el modelo económico de producción vigente.

Tampoco sería posible si antes no se piensa la economía como una ciencia condicionada al cambio tecnológico y, por lo tanto, una ciencia donde legítimamente se agotan los modelos de pensamiento. Aquí el afán ideológico luce altamente contraproducente. El dilema de colocar al Estado y su capacidad de producir en manos de la derecha (mala) y la izquierda (buena) no es condición para poder perfilar a una sociedad hacia un modelo de producción contrario al modelo rentista. Mucho menos es posible tener medianamente la anhelada autonomía tecnológica en ausencia de una visión moderna y adecuada sobre la transferencia de tecnología. Estos países solo compran e “intercambian” capacidades tecnológicas de poco impacto en su modelo de desarrollo. No hay indicios que digan lo contrario.

Los bajos precios del petróleo y los efectos del yuan ya marcan el comienzo de una nueva etapa difícil para los países de la región. En este contexto los países que tienen la mayor dependencia económica con China (Costa Rica, Colombia, Uruguay, Venezuela, Brasil, Chile, Ecuador y Perú) no las tienen todas consigo. Y quienes pensaban que por eso de la elasticidad económica y la alta demanda de materia prima por parte de China no se afectarían las exportaciones con ese país, ya coinciden en que han pecado de exceso de optimismo.