• Caracas (Venezuela)

Rafael Palacios

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El pragmático Tancredi en el trópico

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La escuela filosófica del pragmatismo dejó en el mundo político de América Latina secuelas importantes; dejó prejuicios, mala comprensión y falsa utilización de sus principios.

La concepción de base de John Dewey y Williams James era que en el pragmatismo solo es verdadero aquello que funciona. Que existan políticos pragmáticos no es malo, pero sí lo es cuando ellos se oponen en lo absoluto al intelecto que representa el significado de las cosas y de los resultados por las prácticas que han implementado.

La reciente decisión del gobierno de fusionar los Ministerios del Poder Popular para la Educación Universitaria y Ciencia, Tecnología e Innovación pudiera interpretarse como un hecho compartido por todos. ¿Pero acaso se trata de una decisión razonable sobre la base de las buenas actuaciones y razonamiento adecuado por parte del poder político gubernamental?

Lo primero es que tamaña decisión que pone en juego aspectos centrales de la estabilidad democrática y del desarrollo futuro de cualquier país, como lo es el conocimiento, en lugar de haber sido razonablemente evaluada con los actores sociales, otra vez fue impuesta. Y sí hubo pragmatismo, porque fue una decisión con un fuerte sesgo en la utilidad política y también basada más en los probables éxitos que en los reales fracasos del poder gubernamental.

Hay un supuesto, y es que no se estudiaron los números que el gobierno posee. No fue una decisión basada en la premisa de que el país no cuenta con el mínimo esperado de capacidades científicas y tecnológicas deseables para abandonar el subdesarrollo.

Con los más de 7.000 proyectos de investigación financiados desde 2007 por el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación, el país no posee ni mejor ni mayor producción de conocimiento en sus universidades y centros de investigación. De los más de 16.700 investigadores inscritos en el Registro Nacional de Innovación e Investigación (RNII) hoy se produce menos investigación de excelencia que antes, por consiguiente, no se tienen mejores académicos y científicos. Con más de 66.200 “productos de investigación” que se han generado (de acuerdo con el RNII), se ha radicalizado de manera alarmante la débil demanda estructural de conocimiento por parte del gobierno y el sector productivo nacional.

Lo segundo es que se incurre en prácticas de “analfabetismo científico” observadas en pocos países del mundo, cuando gobiernos ignoran la complejidad de los problemas anteriores. En Venezuela, reducir dicha realidad a un problema de ineficiencia burocrática, que ciertamente lo hay, y argumentar que ella es la razón que impide las buenas prácticas de las políticas de gobierno, y que en consecuencia la solución sería unificar presupuestos, organización, marco legal y políticas, no es más un razonamiento acertado.

De acuerdo con la experiencia de países más exitosos en realizar sinergias institucionales, es sabido que sobredimensionar la burocracia y las políticas de Estado en materia de educación, ciencia, tecnología e innovación es altamente contraproducente. Lo importante es garantizar la operatividad de estas políticas bajo una relación de correspondencia, estando las estructuras organizativas y programáticas unidas o separadas.

Además, es ahora cuando el gobierno descubre que 70% de la investigación que se produce en el país se realiza en las universidades. No siendo suficiente utiliza este argumento como un hecho de “naturalidad” para justificar la fusión ministerial. Es cierto que ciencia e investigación tienen una marcada relación de pertenencia y dependencia, pero no tienen la misma “naturalidad”. No es lo mismo ciencia que investigación, y no reconocerlo es negativo si se desea crear una institucionalidad para crear capacidades científicas.

¿Acaso no es el tipo de pensamiento estratégico vigente en el Estado la principal causa que impide tener la utilidad mínima esperada y lo que limita la flexibilidad en el funcionamiento institucional en el campo de la educación universitaria, la ciencia y la tecnología?.

El razonamiento político del gobierno sobre estos temas de interés nacional todavía no se sustenta en la naturaleza ni en las características del tipo de rezago científico y tecnológico existente. Por lo tanto, las posibilidades reales de avanzar hacia una etapa superior de generación de conocimiento en lo local, regional y territorial dependerán de una evaluación y de las respuestas que se tengan sobre ello.

Lo más sorprendente de este hecho pragmático no es tanto el bajo perfil que la sociedad y partidos políticos han mostrado, más bien es la probabilidad, casi “imposible” de estos tiempos, que en algún país del mundo se insista en mantener al frente de estas instituciones a quienes ya han formado parte de los fracasados laboratorios políticos que, como hoy, están convirtiendo a las universidades y centros de investigación en instituciones cortoplacistas.

Según la corriente del pragmatismo, no son políticos buenos, cuando son visibles las consecuencias negativas de sus actuaciones.

El país aún posee un muy bajo nivel de cultura política sobre los asuntos de la ciencia y tecnología; hasta que esto no sea lo que cambie, permanecerá un buen tiempo en el trópico la esencia de la filosofía del príncipe de Tancredi cuando dijo: “Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie”.