• Caracas (Venezuela)

Rafael Palacios

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¿Cuál parlamento? y ¿cuáles parlamentarios?

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El “Informe Parlamentario Mundial”, que elaborara la Unión Interparlamentaria conjuntamente con el PNUD en 2012, dejó claro la significación y la importancia de transformar el parlamento en el mundo para fortalecer la democracia. Ya la Primavera Árabe de principios de 2011 fue contexto de referencia sobre la necesidad de reforzar el papel central del parlamento y hacerlo sentir verdaderamente inmutable de representar los intereses del pueblo.

Y no solamente eso, también se habla de un nuevo parlamento, porque hay una transición del paradigma legal al paradigma económico. El desarrollo productivo y los avances científicos y tecnológicos desde hace rato le disputaron a las leyes el paradigma con que se miran los asuntos públicos relacionados con la inclusión, la igualdad y la justicia social.

La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, la cual, según algunos, es una de las más modernas del mundo, en su artículo 188 establece tres condiciones a quiénes podrán ser elegidos diputados a la Asamblea Nacional: ser venezolano por nacimiento o naturalización, ser mayor de 21 años y finalmente haber residido cuatro años consecutivos en la entidad correspondiente antes de la fecha de la elección.

Esta Constitución se asemeja mucho a la que existe en algunos países de América Latina, donde en algunos casos se les exige a los parlamentarios poseer adicionalmente como mínimo estudios de educación media. Pero no deja de ser interesante, que aun con tales criterios, cerca de 90% de los diputados y senadores chilenos cuenta con educación superior; y de ese porcentaje más de 40% de ellos posee estudios de posgrado. Por su parte, Brasil, desde 1985 y con mayor fuerza desde la promulgación de la nueva Constitución Federal en 1988, más de 85% de sus diputados poseen estudios universitarios y de ese porcentaje aproximadamente 17% ha realizado estudios de posgrado.

No es casualidad que Brasil hoy posea el más grande parque eólico de América Latina y una de las mejores industrias de fabricación de partes y piezas para la aviación comercial, y no es un milagro que las granjas brasileñas hayan elevado su productividad alrededor de 4% al año durante dos décadas. Tampoco lo es, que Chile se perfile como el país de la región más innovador y con mayor capacidad de emprendimiento. 

No ha sido el azar lo que viene llevando a países como Brasil y Chile a que hoy tengan varias universidades en el ranking de las mejores 100 de los países emergentes del mundo.

Detrás de este crecimiento hay formación académica diversa, experiencia y rigor suficiente para avizorar el desarrollo económico y social de un país, y en consecuencia la existencia de un potencial para legislar mejor y garantizar el desarrollo de las políticas públicas.

No ha sido la “mano de Dios” lo que ha generado bienestar en buena parte del mundo. Si tomamos como referencia países como Finlandia, Holanda, Alemania, Nueva Zelanda, Reino Unido, Canadá y Finlandia, tenemos que en promedio más de 85% de quienes hacen vida en el Parlamento poseen estudios universitarios. Datos recientes muestran cómo las directivas que conforman dichos parlamentos poseen en promedio entre dos a tres parlamentarios con doctorado. Eso es lo que permite que dentro de estos parlamentos existan modernas infraestructuras científicas y tecnológicas. Con ellas se facilita el análisis del conjunto de información y de las evidencias científicas que deben manejar los parlamentarios, a fin de poder opinar y tomar decisiones sobre los temas de interés nacional.

Son parlamentos que poseen grandes bibliotecas creadas hace más de 60 años y que en algunos casos manejan más de 1,4 millones de volúmenes sumado una muy importante cantidad de literatura científica. Por si fuese poco, cuentan con servicios científicos, numerosas bases de datos y también –para el caso de Europa– tienen el soporte que brinda el Centro Europeo para las áreas especializadas de investigación. Esto sumado a las opiniones de expertos permite la  preparación para las reuniones parlamentarias.

En estos parlamentos no solo se hace comparecer a los políticos para que rindan cuentas, también comparecen los científicos, tal y como ocurrió recientemente en el Reino Unido, cuando una investigadora del campo de oncología molecular adscrita al “Cancer Research UK Manchester Institute”, debió presentar al Parlamento un informe sobre hallazgos relacionados con el desarrollo de nuevos fármacos para el tratamiento de pacientes con melanoma. Son parlamentos que celebran regularmente foros científicos con acceso al público sobre temas de actualidad y de interés nacional. En Alemania, por ejemplo, en los últimos 10 años se han celebrado más de 60 foros.

Nos referimos ciertamente a países con ciudadanos que exigen de sus parlamentos capacidad suficiente para afrontar los desafíos que significan tener buena salud, respirar mejor, alimentarse mejor y tener crecimiento económico. Son sociedades donde las evidencias científicas son parte importante de la cultura política y, por lo tanto, ellas se configuran en fundamentos para la toma de las decisiones. Allí la confianza en la ciencia está siendo hoy más importante que la confianza en la política y la economía.

Aterrizando en el terreno que nos ocupa, las elecciones parlamentarias, que de acuerdo con la Constitución debieran celebrarse este 2015, no será precisamente un acontecimiento político marcado por la pretensión de responder a la coyuntura y desafíos que se le presenta a un país pequeño, joven, con casi 30 millones de habitantes, pero casi absolutamente dependiente del petróleo, con la mayor tasa de inflación del mundo y con un rezago en la calidad educativa, ciencia, tecnología y producción comparable con países que invierten por debajo de 0,7% de PIB en esos ámbitos.

No parece este el tiempo político-electoral adecuado para extendernos a los venezolanos una invitación de acudir a unas elecciones, en la que los ciudadanos tengamos el digno honor y respeto de que la expectativa electoral sea regulada por la existencia de un proyecto nacional íntegro y plural; y que responda a la diversidad y complejidad de los problemas que hoy padece el país.

Lo que si está claro es que estas elecciones podrían llevarse a cabo en un escenario donde el gobierno luce estructuralmente débil, y acudiría a ellas con una “piedra en el zapato”. La herencia de la “realpolitik” al estilo de Otto von Bismarck dominará la estrategia del chavismo-madurismo para evitar la derrota electoral. Saldrán a la palestra pública muchos “chamos” sin formación universitaria completa, otros serán postulados de nuevo, habrán nuevos faranduleros y deportistas y hasta unos cuantos “gritones”.

Por su parte, la oposición, con primarias o sin ellas, en las circunstancias políticas que vivimos y casi que comprensiblemente –también por mandato de la “realpolitik”– no tendrá el incentivo de plantear un “Parlamento vital” con visión de futuro, más, bien, está obligada a consolidar una estrategia electoral acompañados de personajes –en muchos casos circunstanciales– para asegurar la mayoría.

Espero equivocarme, pero la probabilidad es “muy alta” de que sigamos heredando una Asamblea Nacional que no es más que un producto histórico-cultural y resultado de la polarización política actual de nuestro país.

¿Heredaremos nuevamente un parlamento que vive en el pasado?