• Caracas (Venezuela)

Rafael Palacios

Al instante

Hacia una oferta política atractiva

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La historia dará cuenta de que el poder político durante estos últimos 16 años fracasó en sus pretensiones de construir un futuro mejor. La "revolución" pudo haber dejado el saldo de más inclusión, pero no una mejor inclusión. La participación efectiva fue sustituida por la participación política; todo a cambio de algo. Allí las misiones fueron el instrumento político por excelencia, incluso las misiones se convirtieron como el principio político más importante con el que el Estado medía su éxito. Ahora bien, ¿y qué pasaba con la economía? No pasaba nada y ocurrió lo que se sabía: una combinación tóxica entre un Estado ineficiente, sin control de la corrupción y poca o casi ninguna efectividad en la inversión pública y privada para aumentar la productividad.

No puede uno negar que durante la primera década de este siglo el país logró un crecimiento económico importante, tal como ocurrió con el resto de los países de América Latina. Esto no fue gracias al gobierno, más bien se debió a la demanda mundial de las materias primas y al mercado especulativo en el que ellas se transaban. Pero el crecimiento en Venezuela no fue real. Y es que no se aprovecharon los ingresos petroleros para invertir y producir más y mejor, y como ya vimos, tampoco hubo inversión social efectiva.

Uno espera que después de esta larga historia de 16 años, las alternativas políticas que se han opuesto permanentemente a la forma que el gobierno ha venido actuando y sumergiendo a la sociedad venezolana en un mayor subdesarrollo ofrezcan políticas sociales y económicas "atractivas", por decir lo menos. Uno espera, como ciudadano de un mundo altamente cambiante, que los políticos y las políticas sean otras, diferentes a las del pasado. Siendo más preciso, uno espera que le alienten hablando sobre cómo se construye futuro.

Futuro y progreso no son lo mismo, y aunque lo sean, lo relevante aquí es darle el contenido necesario para que se conviertan en ofertas reales y atractivas.

Hablemos de futuro. El futuro no acepta medidas cortoplacistas y es también alérgico a medidas de carácter urgente que no generan expectativas de largo aliento. El futuro hoy le tiene temor a la macroeconomía y naturalmente a los economistas, a los heterodoxos y a los neoclásicos.

Dicho esto, vamos al grano. La oposición venezolana comete un error histórico en asumir que tiene la solución a los problemas actuales del país. Dicen que no es verdad que no tienen un proyecto de país y que, al contrario, ya tienen las recetas políticas, sociales y económicas elaboradas, esperando desde hace rato para salir a la escena pública. Allí –aseguran ellos– están las líneas principales para arreglar este desastre.

Lo primero, no creo que el gobierno pueda salvarnos de una crisis económica y social como la que actualmente tenemos y sin precedentes en la historia política contemporánea. El gobierno ha demostrado incapacidad, poca humildad e ignorancia profunda en manejar los asuntos estratégicos nacionales. Pero también es cierto que la oposición venezolana tiene los mismos problemas, solo que del otro lado, del lado de quienes no tienen el poder. Y sospecho que tal situación es de alarmante desventaja.

Que la oposición no considere trabajar en una oferta política incluyente, renovada y atractiva no es el mejor signo para ofrecer el cambio. Ciertamente, no estamos en una sociedad a la que le atraen los planes políticos, sus argumentos y sus resultados. Venezuela no es todavía un país donde la oferta electoral la regulan las ideas nuevas y los argumentos consistentes. Pero eso es justamente lo que debe cambiar.

La sociedad venezolana debe activarse en un proceso de cambio político con pluralidad de ideas y argumentos. Ya es hora de promover el activismo político con ofertas reales que digan que no es cierto que la productividad se aumenta importando eficientemente o dándole los dólares que los empresarios necesitan. Es hora de decir que tampoco los problemas se solucionan eliminando el control de cambio e interviniendo para que la inflación no se desboque. Hay que decir que no es verdad que un Estado puede ser más eficiente, sin que antes no ocurra una transición hacia el pensamiento moderno de la gobernanza.

Hay que decirle al país que la economía es otra, por lo tanto que no es solo asunto de economistas. Que no es posible salir de la crisis en corto ni largo plazo si no hay una mejor calidad en la educación, si no hay universidades autónomas en sintonía con las nuevas claves económicas. Mucho menos habrá prosperidad si los empresarios no se articulan con la actividad de producción de conocimiento y apuestan a la innovación para diversificar la economía interna y externa. No habrá solución económica a la crisis si no se implantan medidas de inmediato para frenar de forma efectiva y justa la fuga del talento humano y se aprovechan los conocimientos de los venezolanos en el exterior para articularlos con los nuevos planes de desarrollo nacional. Y no habrá mejoría si continuamos firmando convenios internacionales que agudizan nuestra dependencia científica y tecnológica y no aportan en lo absoluto al intercambio real de conocimientos.

Una oferta atractiva es decirles a los venezolanos con claridad cómo salir del mito del crecimiento y transitar hacia el desarrollo.