• Caracas (Venezuela)

Rafael Palacios

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Rafael Palacios

La ignorancia debida

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La actual situación que vive el país ha dejado muy malas señales. Entre tantas otras, ha dejado claramente al descubierto el “reduccionismo” que frente a ella muestran los líderes de la clase política venezolana.

La lógica simplista de criticar a la clase política, de hecho, es un ejercicio fácil, dado que no hay respuestas convincentes por parte de aquella. Convivimos con una “política penosa”, allí no precisamente abundan el raciocinio, los argumentos y las ideas.

Y cómo pensar que esto no empeorará, cuando en realidad la población no se ha fortalecido como una verdadera sociedad democrática, capaz de transformar la visión de mundo de quienes nos gobiernan y de quienes ejercen nuestra voz.

Empeorará, porque en lugar de que la sociedad exija una propuesta política alternativa plural, consensuada y de largo aliento, ha optado en un callejón sin salida por darle la fidelidad deseada a la agenda de persuasión política que el gobierno impone día tras día.

Nada optimista de que la situación no se agravará, cuando parte de su juventud se desborda de alegría en el momento que el presidente de la República, sin argumentación racional, resta un día menos de clase del calendario escolar.

Un país que actúa de tal manera amenaza seriamente con “embrutecerse”; con perder la capacidad de raciocinio y darle paso a la “mediocridad”.

Olvídense, en estas condiciones no hay sociedad del conocimiento posible.

Hay un alto grado de “analfabetismo científico” con efecto devastador en la cultura política nacional. Prueba de ello fue el reciente documento elaborado por los sesenta economistas titulado: “La emergencia económica en Venezuela y la necesidad de una nueva política económica en 2015”.

Esta propuesta –aun con las observaciones y críticas debidas– no fue un documento entendido lo suficiente por parte de los propios líderes de la oposición; no fue utilizado como instrumento político para la comprensión y divulgación en la sociedad sobre las causas y el nivel de la crisis económica actual. Más grave aún, dejó de ser colocado en la matriz pública como una oportunidad clara para mostrar una “hoja de ruta” alternativa a la crisis económica actual.

En consecuencia, la ignorancia de la sociedad venezolana una vez más se vio fortalecida, cuando el liderazgo político de la oposición, una vez anunciadas las medidas económicas de tipo cambiario, masificó su discurso hablando de “paquetazo económico” y usando calificativos que nada abonan a la expectativa electoral y mucho menos a fortalecer la conciencia crítica. El gobierno, por su parte, también hizo lo suyo y aprovechó tal debilidad, ignoró la propuesta y la colocó en el baúl de los recuerdos que tiene sitio –según ellos– en el “paquete neoliberal”.

El resultado, una vez más, las evidencias científicas no son asuntos de la política.

No cabe duda, urge un liderazgo consolidado más por su capacidad de pensar al país en su complejidad, que por su habilidad para enfrentar la cotidianidad política. Y es que si de algo no nos hemos ocupado es de abrir el cauce racional sobre el valor del conocimiento y el papel de los actores que lo generan, para fortalecer las decisiones políticas.

No es raro ver el nivel intelectual de los políticos de gobierno y oposición de países como Colombia, México y Chile, y no es un secreto que ellos forman parte de “think tanks” de primer nivel. Esto, sin duda, también es un reflejo de la calidad y articulación de la educación superior en el ámbito de la política. Y no me refiero con esto, únicamente, a la condición que la naturaleza académica otorga al conocimiento experto, más bien me refiero al uso y dominio de ese conocimiento por parte de los políticos para plantear propuestas adecuadas a los tiempos y orientar la matriz de opinión pública.

La calidad del debate político en Venezuela es un problema, hay pobreza de raciocinio, pero esto no es un asunto exclusivo de la política. La academia también ha descuidado su papel y ha dejado de manera imperdonable de ser conciencia crítica del país.

La academia ha optado por escucharse y entenderse a sí misma y por protegerse del intervencionismo estatal y se ha venido desentendiendo de la sociedad. Tampoco ha podido relacionarse con los políticos para discutir las cosas sustantivas del complejo debate nacional.

La política y la academia juntas deben constituir una nueva clase política, y deben proponer la alternativa de poder. Alternativa esta que debe renunciar al uso de argumentos que ignoran la existencia de nuevos atributos para visualizar una sociedad justa.

El poco desarrollo o el gran desarrollo que Venezuela podría tener pensando que posee cantidades enormes de recursos naturales y goza de una excelente ubicación geográfica es ya un lugar de vasta ignorancia. Estos tiempos exigen de un alto nivel de cultura política, de educación y de investigación científica.

Son muchas cosas las que tocan hacer para que la clase política se transforme, y una de ellas, que se hace impostergable, es el uso de las evidencias científicas en las decisiones de la agenda gubernamental y democrática futura. Tal y como ocurre en otras latitudes, en donde un parlamento con alta formación académica, universidades, consejos científicos y academias científicas son los espacios obligados de consulta para obtener información y apoyar la toma de decisiones.

Allí, los problemas políticos serios, capaces de regular la expectativa electoral, son la agenda para luchar contra el Alzheimer, el cáncer, la violencia racial, el suministro energético, la contaminación ambiental, la igualdad de género, el crecimiento poblacional, entre otros. Y la clase política plantea su lucha construyendo los mejores argumentos para convencer, porque sabe que la visión de mundo de sus adeptos es compatible con el valor de la ciencia.

Hoy, en Venezuela, los problemas serios, los argumentos y las ideas están en los espacios que nos brindan la escasez, el desabastecimiento, la alta inflación, la criminalidad y finalmente el forcejeo abusivo de la polarización política que plantea la revolución bolivariana, antes preñada de utopía y ahora contraproducente.

Y allí la ciencia no es más que un decoro.