• Caracas (Venezuela)

Rafael Palacios

Al instante

El decreto es de "guerra a muerte" a la economía

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Si algo parece confirmarse de la actual crisis económica nacional, es que el crecimiento de la población venezolana no se ha correspondido con el crecimiento intelectual de los políticos y economistas que habitan en la esfera del poder gubernamental. Y esto no es algo abstracto, es perfectamente comprobable, la racionalidad político-económica presenta un alarmante decrecimiento. No menos importante es el hecho de que el gobierno luce atrapado por ciclos electorales de corto plazo para hacer frente a problemas de largo plazo.

El Decreto de Emergencia Económica, más allá de lo que piensen quienes adversan al gobierno, tiene un problema "grave" en los principios que lo sustentan; en sus estrategias y objetivos. Y es que el habitus racional que se aprecia en el decreto, el cual, piensa uno, debió haber estado antes que nada marcado por la austeridad, la rendición de cuentas y la eficiencia gubernamental e institucional, muy extrañamente luce alejado de lo que debiera ser la condición de una práctica económica en conformidad con el producto de una condición económica particular.

Pero tampoco este decreto diferencia lo posible y lo probable. Los asesores, al parecer, no se han dado cuenta que allí no hay riesgo calculado que se anticipe para reaccionar ante la condición económica tan desfavorecida. Siguen cometiendo los mismos errores. Lo posible y lo probable es una combinación para la adaptación de propuestas económicas en el contexto de las exigencias genéricas de la crisis que se atraviesa. Diferenciar una de la otra pasa primero, por reconocer que la capacidad de reacción gubernamental no está en la velocidad de respuesta o en la intención de hacer ahora lo que antes no se ha hecho, más bien, está en la capacidad de contextualizar las ideas, los conceptos y los instrumentos que permitan la eficiencia y el impacto de las políticas.

En este contexto, es notable, que el decreto es una renuencia de movilizar los temas fundamentales que hacen posible hoy en día salvar las economías, y no me refiero a las políticas neoliberales. La investigación científica y el desarrollo tecnológico como temas y competencias intelectuales en los políticos y economistas está prácticamente ausente. Poder comprender las cuestiones complejas de la economía y el mercado pasa primero por aceptar al conocimiento como el elemento que cierra la ecuación capital-trabajo. Pero esto, no parece a estas alturas, ser totalmente comprendido.

Tener eso claro facilitaría la comprensión de muchas cosas. Entre ellas, que no es posible plantearse el arranque hacia una nueva economía sin incorporar como base las estrategias para la investigación y desarrollo. Ellas no son uno más de los motores de la economía, son ahora el imperativo de las políticas y las estrategias. No tenerlo claro facilita el abismo de la práctica gubernamental ensayo-error a la que el país está acostumbrado. No tenerlo claro es darle mayor fuerza a la confusión de suponer, que reducir la dependencia económica de la industria del petróleo depende más de reactivar los sectores industriales tradicionales de la economía (incluyendo petroquímica y gas) y no en la probabilidad de crear nuevos patrones de crecimiento económico distintos al petróleo y a los sectores tradicionales de producción. Son dos cosas muy distintas.

En condiciones de "analfabetismo científico" por parte de la clase política, no es posible aumentar cualitativa y cuantitativamente la productividad. Estamos en presencia de un país que podría tener en el conjunto de todo su conglomerado industrial (incluyendo la industria del petróleo y sus derivados) una obsolescencia tecnológica entre el 80% y 85%; que vale decir una dependencia de tecnología equivalente o más a ese mismo porcentaje. También existen problemas preocupantes relacionados con la productividad de la fuerza laboral. El país tiene una escasez de profesionales calificados en ingeniería para la manufactura, muy por debajo del promedio que se requiere para reactivar una economía con las características de la crisis venezolana. Apenas se gradúan en promedio entre 5.000 y 6.000 ingenieros al año y ello naturalmente impacta en la dinámica de la calidad en la actividad de investigación en el mismo campo. Además, más de 1 millón seiscientos mil profesionales venezolanos se encuentran actualmente fuera del país. Todo ello limita la capacidad de innovación, para la creación de valor agregado y para la difusión de conocimiento. Y todo ello limita cualquier posibilidad del país para mantenerse o para crear nuevos mercados.

Por otra parte, la inversión extranjera (tema relevante del decreto) no ha aprovechado al capital para la creación de capacidades de "dominio de conocimiento"; y para transformarlo en un instrumento dinamizador de la capacidad productiva nacional. Tenemos como ejemplo la Faja Petrolífera del Orinoco. Por alguna razón el gobierno nunca se ha interesado en acompañar la inversión extranjera con estrategias vinculadas al equilibrio de la "balanza de pago tecnológica", el cual es un indicador macroeconómico fundamental para este tipo de políticas; y es a través de él que es posible, tanto observar el comportamiento de las transacciones comerciales relacionadas con la transferencia internacional de tecnología, como medir la actividad de adaptación y difusión de conocimiento.

Finalmente, es necesario hacer saber a los asesores económicos del gobierno que con el decreto, querer aumentar la producción nacional en un país en donde todavía existe muy baja percepción social de los factores económicos que influyen en la crisis económica, empujar la organización popular con importantes carencias respecto a sus capacidades productivas, presionar a los empresarios a producir en ausencia no solamente de divisas, también en ausencia de una cultura tecnológica y desvinculados de los centros de producción de conocimiento, continuar sosteniendo la inversión pública con las mismas prácticas del Estado en el período de post-guerra, sencillamente radicalizará aún más la crisis económica actual.