• Caracas (Venezuela)

Rafael Palacios

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El blanco de la estrategia roja

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La impensable normalización de las relaciones por más de medio siglo entre Estados Unidos y Cuba, incluyendo la alta probabilidad de excluir a Cuba de la lista estadounidense de países patrocinadores del terrorismo, no es del todo cierto que se deba a la poca importancia que el Departamento de Estado le haya dado en las dos últimas décadas a Cuba o al distanciamiento de lo que significó la Guerra Fría. Tampoco es cierto, que se deba únicamente al confirmado fracaso de la estrategia de neutralizar a Cuba, con el fin de evitar la proliferación de gobiernos de izquierda en América Latina.

En el escenario mundial hay una reinvención de las relaciones internacionales que está siendo impulsada por la economía del conocimiento. Quizás, pocos se podrían imaginar que la salud; su desarrollo científico y tecnológico y el nivel de beneficios económicos que ese sector es capaz de proveer conforma una agenda especial en la negociación actual. La salud acapara la atención y supera el interés de otros temas como: derechos humanos, democracia, colaboración en la lucha contra el narcotráfico, relaciones migratorias y la Base Naval de Guantánamo.

Y es que la salud promete ser el instrumento por excelencia que dará equilibrio a una nueva etapa de cooperación entre ambos países. El desarrollo económico de la biotecnología favorecería la economía de ambos, y se ubicaría en el nivel de las áreas altamente estratégicas de las conversaciones actuales junto a temas de cooperación económica como el turismo y los planes de exploración petrolera.

No es menos cierto que en esta etapa de las conversaciones no exista por parte de Estados Unidos preocupaciones, dado el corte militar del gobierno cubano que controla todos los sectores de la economía, incluida la salud. No es previsible el efecto de los ataques bipartidistas en el gobierno de Obama a partir de la decisión de normalizar las relaciones con el país caribeño. Tampoco es fácil definir los niveles de negociación que estarían dispuestos a desarrollar los empresarios de Estados Unidos para invertir en el sistema de salud de Cuba. Ahora bien, lo que si parece determinante es que, en este marco de incertidumbres, existe, por una parte, la necesidad de aprovechar el desarrollo alcanzado del sistema científico y tecnológico de salud para darle arranque y equilibrio a las dos economías. Esto generaría un mayor posicionamiento y prestigio del dominio tecnológico que los dos países han venido alcanzando en el campo de la medicina.

Estados Unidos necesita continuar alimentando la economía de la innovación; superar las más de 63.700 patentes y con ello aumentar la eficacia de los programas federales para financiar la investigación y desarrollo. Las patentes continúan siendo un catalizador importante en las cuales participan más de 75% de startups; y son ellas una parte determinante de la creación de nuevos empleos de alta calificación y salarios altos. Pero también Estados Unidos está amenazado por ser alcanzado por otros países en la carrera de patentes en el campo de la biotecnología, y una importante estrategia para sostener su liderazgo es la de ampliar el campo potencial de la producción científica y tecnológica junto con otros países. El país requiere potenciar los resultados logrados por institutos como el National Institute of Biomedical Imaging and Bioengineering (NIBIB) y el National Institute of General Medical Sciences (NIGMS), los cuales contribuyen a la producción más fuerte de patentes e invenciones.

No es poca cosa lo que la biotecnología hace por la economía estadounidense. En un estudio recientemente publicado por la Biotechnology Industry Organization la industria de biotecnología en el marco de la colaboración de las universidades y empresas, incluyendo la actividad de investigación de los hospitales, ha contribuido entre 1996 y 2013 al ingreso de más de 1,18 billones de dólares en la economía, más de 518.000 millones de dólares en el PIB y casi 4 millones de nuevos empleos. Por lo tanto, preservar el aporte económico del desarrollo de la biotecnología es garantía de continuar la recuperación económica iniciada por ese país y la posibilidad de estimular la próxima ola de innovación en ese campo.

Cuba, por su parte, enfrenta una de las etapas más apremiantes en su historia económica con una enorme baja en sus inversiones. Se calcula que el país requiere más de 2.000 millones de dólares al año para poder lograr un despegue económico. Se trata de un país que en la actualidad logra reinvertir su capital a la mitad de lo que lo hacen la mayoría de los países de América Latina.

Históricamente la experiencia médica cubana y su capacidad de investigación científica se conformó en una especie de “trueque” para los suministros de moneda extranjera y de energía que el país ha requerido. Esto comenzó con el despliegue de miles de tropas cubanas a Angola y Etiopía en 1980, financiado por los soviéticos y compensados con aceite de Angola y continuó con la asistencia de otros países a cambio de médicos cubanos, como, por ejemplo, la asistencia agrícola de Brasil y la asistencia energética y en otras áreas por parte de Venezuela a cambio de médicos. Cuba también ha generado ingresos en los hogares mediante la formación de estudiantes de medicinas en el extranjero.

El país pudo en estas condiciones constituir una industria biotecnológica sólida y de alta significación mundial. Se producen fármacos, fundamentalmente vacunas, y la exportación de estos productos y de determinadas tecnologías para su fabricación son exportadas y significa una de las más importantes fuentes de ingreso actuales del país. Se calculan más de 400 millones de dólares anuales. Estados Unidos conoce muy bien el desarrollo de Cuba en este campo; más de de 20 centros de investigación científica durante 2 décadas generaron más de 1.400 logros científicos. Ya en el 2010 –según datos emanados del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Ambiente (CITMA)– solo por producto biotecnológico de exportación Cuba logró ingresar más de 60.000 millones de dólares. El país ha intentado despegar una estrategia de crecimiento económico a través de producción de anticuerpos monoclonales para el tratamiento de la anemia y el cáncer, así como la eritropoyetina recombinante producida a nivel industrial para más de 300 millones de habitantes.

No es nuevo que la biotecnología –mucho antes incluso del inicio de la actual normalización de relaciones– ha despertado el interés de los inversionistas estadounidenses. Ya en el área agrícola a través de la aprobación de una ley en el año 2000 que permitió exportar productos agrícolas procesados, fueron beneficiadas empresas como Archer Daniels Midland y Tyson Foods. Asimismo proyectos de inversión en nuevos centrales azucareros están puestos en la mesa de negociación a la espera de un marco legal favorable para las inversiones. Concretamente en el campo de la biotecnología ya existen algunos proyectos con empresas estadounidenses para desarrollar medicinas.

Para Cuba, tener un mercado farmacéutico amplio en Estados Unidos resultaría significativamente rentable. Por ejemplo, la comercialización del Heberprot-P (medicamento cubano producido por el Centro de Ingeniería y Biotecnología de Cuba) que sirve al tratamiento de las úlceras de pie diabético, y que son causa de una amputación cada 30 segundos a escala mundial. Esta enfermedad es relevante en la salud pública en Estados Unidos. También Cuba se podrá beneficiar de la transferencia tecnológica, a través de su relacionamiento con los centros de investigación más importantes de Estados Unidos, si se logra flexibilizar las restricciones para el intercambio científico entre ambos países.

Hoy, la comunidad científica de ambas naciones ejercen una presión importante en el establecimiento de nuevas relaciones. Con la cooperación de ambos se podrían obtener de forma más acelerada avances para identificar y controlar brotes de enfermedades infecciosas y obtener resultados de un gran impacto en los avances relacionados con las enfermedades tropicales y el cáncer. Esta influencia no es menos importante en la agenda de discusión parlamentaria de la Casa Blanca, en donde se conoce la importancia estratégica de vincular los Institutos Nacionales de Salud, NIH (siglas en español), y otros centros para el control de enfermedades con instituciones científicas de Cuba, como son los institutos Carlos Finlay, Pedro Kouri, el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB) y el Centro de Inmunología Molecular (CIM). Además no es de poco valor que representaciones de la OMS y OPS estén en Cuba para el desarrollo de los estudios sobre el dengue y su vector.

No parece probable que la agenda actual de bioeconomía sea interferida,  siquiera por tensiones en la agenda estrictamente política. Estados Unidos posee una experiencia inédita en la diplomacia de vacunas en los tiempos de la Guerra Fría y posterior a ella. Cuestión esta que se hizo ver con el trabajo diplomático que a partir de 1967 hiciera Albert Sabin, para forjar un acuerdo entre la Academia de Ciencias de Cuba y la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos.

Un renombrado científico cubano que sabe de este menester me dijo: “Cuba no es ni cabeza de ratón ni cola de león”.

Ya veremos.