• Caracas (Venezuela)

Rafael Palacios

Al instante

Ni con alma de izquierda ni con cabeza de derecha

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El enfrentamiento ideológico entre la izquierda y la derecha latinoamericana, no precisamente ha alejado a estos países del subdesarrollo y no ha evitado que allí ocurran mayor endeudamiento y ruina económica. 

Con excepción de muy pocos casos, la mayoría de estos países se ha dedicado a saber menos de sí mismos y han dejado que otros sepan más sobre ellos; de que otros les digan cómo organizar su economía, su industria y sus universidades o cuáles son las leyes que deben promover para que sean aprobadas. Hay países que hasta parecieran aceptar de otros la lista de amigos y enemigos.

La derecha y la izquierda han coincido en muchas cosas. Ambas han promovido una sociedad –en palabras de Cereijido– con enorme analfabetismo científico triplemente grave: No tener ciencia, no saber advertir que no tienen ciencia y por último, no saber qué hacer con la ciencia en caso de que la tuvieran. Antes la falta de alimentos, medicamentos, energía e insumos para producir, no dudan en señalar dónde está el déficit. Este pudiera estar en todos lados, menos en la falta de conocimiento científico y tecnológico.

Ambas ideologías han coincidido en pensar que cuando les va bien, es porque así lo dice la economía. Muchos de ellos no solo caminan junto con los designios y principios de la ley del mercado, también los bendice los precios de la materia prima. En populismo o en neoliberalismo esto les ha permitido manejar desde la seguridad social hasta las propias industrias estratégicas. Solo que a unos les va mejor que a otros.

La derecha y la izquierda se asemejan, cuando en retrospectiva reconocen el poco esfuerzo en la inversión en ciencia y tecnología y sin evidencias científicas confunden que a mayor inversión mayor será el impacto socioeconómico; o cuando promueven con mayor intensidad mecanismos de colaboración científica y tecnológica, al mismo tiempo que radicalizan el modelo de transferencia tecnológica de los años noventa. Coinciden ambas cuando estimulan la movilidad académica y no crean el basamento estratégico y operativo de estos tiempos, a fin de garantizar la adaptación y la difusión del conocimiento.

La derecha y la izquierda hablan de innovación disfrazada. Ni sus empresas ni sus universidades participan de manera conjunta y activa en el sistema de producción. Allí no coinciden ni la oferta ni la demanda del conocimiento.

Todo indica que ambas ideologías no se han percatado que la batalla ideológica fue superada por la batalla científica. Ya la política no se juzga por la idealización que de ella tenemos, sino, más bien, por su capacidad de aparecer como orientadora de una sociedad moderna, utilizando las evidencias científicas en la elaboración de las políticas. Sin embargo, la batalla ideológica se impone y hace estragos en estas sociedades, donde culturalmente se minimiza el valor del conocimiento científico, y en consecuencia se impide transitar hacia una etapa de desarrollo superior a la  existente.

Ambas ideologías se comportan como si no supieran qué hacer con la ciencia. Tal y como lo indicaba Mario Bunge: “La ciencia asusta tanto a la izquierda como a la derecha”. La izquierda ha actuado con menos cientificismo que la derecha; imponiendo sus actuaciones con base a la melancolía o como dicen algunos: “Desde el maximalismo de los valores morales”; y  ha confundido la ciencia con técnica, la inclusión con multitud y la información con conocimiento. Peor aún, se ha ido por la inmediatez. La derecha por su parte, no ha podido tampoco evitar el anti-cientificismo y éste campea en las decisiones políticas. Y aún cuando ha creído en el conocimiento tecnocrático, no ha sido capaz de superar el oscurantismo científico.

No parece realmente alcanzable que bajo estas circunstancias los países de América Latina avancen rápidamente hacia una economía moderna basada en la ciencia y la investigación. Hasta ahora, y en medio de una cierta euforia, no hay signos aún suficientes que demuestren la transición de un “Estado inoperante" a un “Estado innovador”; con adecuadas políticas y acertados políticos, con reformas profundas en el marco legal e institucional y con una orientación de largo plazo para crear nuevos patrones de crecimiento.