• Caracas (Venezuela)

Rafael Palacios

Al instante

Sembrar no, transplantar sí

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Mucho se viene hablando sobre la necesidad de crear y desarrollar una nueva economía. Se ha sostenido que eso de "sembrar el petróleo" nunca se ha hecho en realidad y que ya es hora de hacerlo; que hay que diversificar la industria nacional para depender menos de la renta petrolera. Y esto se dice, como si no hubiese pasado el tiempo, como si 1936 fuera igual que 2015, cuando en aquel entonces Uslar Pietri soltó su famosa frase. Se habla de “sembrar el petróleo” como si los códigos de la economía mundial no fueran otros. También, hay otros, quienes creen que transitar hacia una nueva economía requiere invertir mucho más y de forma eficiente en ciencia y tecnología; invertir en más y mejor infraestructura y hacer que las universidades se dediquen a la docencia y a la investigación, y nada más.

Todo indica que estas nuevas formulas que aparentan ser “nuevas políticas” se han quedado en el tiempo; y todo parece decir que la economía del “ahora” poco puede impactar con un Estado que mantenga la simple ilusión de transitar hacia una sociedad del conocimiento.

Sí, los tiempos han cambiado. Y por ello es necesario reconocer que la capacidad del Estado para transformar la economía está en enmarcar políticas que permitan, antes que nada, construir las condiciones que puedan empujar al país a ser menos dependiente y más soberano. Por lo tanto, se necesita un Estado que imite menos e invente más.

Digan lo que digan, el panorama actual que presenta Venezuela en cuanto al nivel tecnológico no es nada halagador. Al contrario, es realmente preocupante. Se trata de un rezago comparado al de la última década del siglo pasado. Para transitar hacia una nueva economía y para superar el nivel actual de rezago tecnológico es imprescindible crear nuevas capacidades científicas y tecnológicas. Algo que por cierto, no se hace con demagogia, y si se hace bien, puede tardar hasta una generación.

Plantear una nueva agenda de desarrollo nacional amerita provocar el parto de nuevos patrones de crecimiento; y que sean ellos los que posibiliten la menor dependencia de la renta petrolera. La creación y desarrollo de nuevos patrones de crecimiento no son sinónimos de diversificación industrial o de la simple aparición de nuevos sectores de exportación diferentes al petróleo. Pensar en nuevos patrones de crecimiento significa utilizar las capacidades y el potencial científico, tecnológico y productivo del patrón de crecimiento económico actual (el petróleo); que sirva de base para el desarrollo de otro nuevo patrón de crecimiento. Tal es el caso de nuevas fuentes energéticas.

Pero pensar en un nuevo patrón de crecimiento diferente al petróleo, no sería viable si no se priorizan: la inversión en investigación y desarrollo sobre la inversión en ciencia y tecnología, la demanda de conocimiento proveniente del sector público y privado sobre la oferta de conocimiento que presentan las universidades, la creación de una política tributaria que permita financiar el desarrollo de nuevas capacidades tecnológicas y de innovación en lugar de políticas tributarias tradicionales.

El desarrollo y el éxito económico de muchos países a lo largo de la historia, se debió en buena parte a que ellos visualizaron la viabilidad de adaptarse de forma rápida a los nuevos paradigmas económicos, utilizando su gran potencial científico y tecnológico.

Hirschman en 1958 postuló la teoría de alto desarrollo, allí afirmó que éste es un circulo virtuoso que es provocado por las economías externas, y dijo además que la modernización que allí se generaba impulsaba otra nueva. Y fue así. Las etapas de desarrollo tecnológico experimentadas hasta hoy por los países industrializados y emergentes, han sido posible gracias a las capacidades anteriormente desarrolladas. Ejemplos hay muchos: China alcanzó a construir su base científica y tecnológica actual creando capacidades tecnológicas específicas desde la revolución agrícola. La actual y exitosa industria aeroespacial de Brasil y Singapur surgió porque ambos países lograron trasplantar con éxito el enfoque japonés en la construcción de aviones y aeromotores, específicamente en los sistemas científicos, tecnológicos, jurídicos y financieros. Ellos utilizaron la estructura tecnológica ya existente asociada al desarrollo de la industria aeroespacial. Lo mismo ocurrió con Japón quien con éxito también pudo desarrollar este sector en colaboración con los Estados Unidos en la década de los noventa del siglo pasado. Y antes que eso ocurriera Japón adolecía y dependía completamente de Estados Unidos para el suministro de piezas y tecnología, capital humano y habilidades para la generación de nuevo conocimiento e infraestructura. Otro caso significativo lo es Corea del Sur, país que en 1963 exportaba apenas bienes por valor de menos de seiscientos millones de dólares a precios actuales, eran productos primarios como mariscos y la seda. Mucho tiempo después, cincuenta años más tarde, Corea del Sur exporta bienes en sectores de la electrónica, maquinaria, equipo de transporte y productos químicos por encima del valor actual de los bienes que producía anteriormente. La Samsung se inició con la elaboración de alimentos, textiles y seguros y hoy es una empresa especializada en electrónica, construcción naval, ingeniería e industria aeroespacial. El desarrollo tecnológico y la conquista de nuevos mercados de exportación de países como Estados Unidos y Alemania, también tuvo su origen en la utilización de las capacidades científicas y  tecnológicas y en la capacidad de inventiva existente en la etapa de desarrollo agrícola, industrial, militar y luego adaptadas a nuevas industrias como la microelectrónica y la nanotecnología.

Y esto no ha sido lo único, también debe destacarse aquí que la economía de estos países ha sido bastante marcada por la actualización de la actividad legislativa y una adaptación de políticas y de las instituciones. Todo ello ha estado en sintonía con el cambio tecnológico. El ingenio y buena parte de las capacidades tecnológicas de Estados Unidos actuales tiene su base en el crédito fiscal en I+D promulgado desde 1981, y con el cual se ha logrado obtener significativamente recursos económicos para invertir en I+D.

Más que redirigir los recursos de la renta petrolera y sus derivados, más que aumentar la producción de petróleo y más que fortalecer Pdvsa, estamos obligados a utilizar el sistema científico y tecnológico de la industria petrolera nacional aguas arriba y aguas abajo. Y es que sin más petróleo y sin el uso eficiente de esas capacidades no será posible pensar en la creación de nuevos patrones de crecimiento. Y esto debiera ser así, aún cuando el deterioro de esta industria se hace inocultable.