• Caracas (Venezuela)

Rafael Palacios

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Rafael Palacios

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Es sabido que el conocimiento en las decisiones “políticas” se genera más por la transmisión de la historia y por una gran carga de subjetividad que por la indagación de datos e información. Y peor aún si se trata de decisiones marcadas por el capital político necesario, que supone para un gobierno mantenerse en el poder.

La política venezolana ha renunciado a las respuestas racionales y a las “probabilidades promedio”.

Si algo ha sido recurrente en las acciones del gobierno en los campos de la educación, ciencia y tecnología, particularmente durante los últimos diez años, es que no ha habido decisiones “juiciosas”. Lo objetivamente válido y hasta posible ha sido desplazado por criterios que han rechazado el conocimiento amplio de todas las circunstancias. 

Hace pocos días el gobierno anunció que a finales de 2014 se enviarían 50.000 estudiantes venezolanos a las “mejores universidades del mundo”. Luego, a través de fuentes oficiales del Ministerio para la Educación Universitaria, Ciencia y Tecnología –sin enmendar el anuncio anterior– informa que a través del Programa de Becas Internacional Jacinto Convit, ciertamente se enviaría esa cantidad de estudiantes, no obstante eso ocurriría entre el período 2010-2015. Es decir, se trataría de una proporción de 10.000 por año.

Esta decisión pareciera ser políticamente racional y por lo tanto probablemente acertada. ¿Pero acaso lo es?

Si tomamos como referencia los datos que nos proporcionan estudios sobre la colaboración académica internacional que han desarrollado los rankings internacionales de Europa, Estados Unidos y China, tenemos que las cincuenta mejores universidades del mundo, donde se está generando el mayor potencial del conocimiento científico y tecnológico, se localizan en Estados Unidos (28), Europa (11), Asia (6), Canadá (3) y Australia (2).

En las áreas donde el gobierno desea que sean incorporados estos 50.000 estudiantes tenemos, por ejemplo, que la distribución de las mejores universidades es la siguiente: en Ingeniería (Estados Unidos 21, Europa 12, Asia 11, Australia 4 y Canadá 2); Salud (Estados Unidos 23, Europa 15, Australia 4, Canadá 4, Asia 2 y Sudáfrica 1); Biología (Estados Unidos 23, Europa 17, Asia 4, Australia 3 y Canadá 3).

En ciencias sociales, área donde Venezuela tiene una cantidad muy superior en comparación con los egresados en Ingeniería, la proporción es: Estados Unidos 26, Europa 12, Australia 5, Asia 4 y Canadá 3.

Estudios recientes dieron cuenta de que los países de América Latina que habían desarrollado una colaboración con los más importantes centros académicos del mundo, los cuales se ubican en Estados Unidos y no en otra parte, tenían la siguiente proporción de estudiantes: México 13.000, Brasil 10.000, Colombia 8.000, Argentina y Perú entre 3.000 y 4.000. Estas cifras se observan en estos países; que ya antes venían creando y desarrollando paulatinamente una colaboración internacional, a través de convenios de colaboración entre universidades e instituciones del Estado, y que además les tomó bastante tiempo para crear los instrumentos de selección de estudiantes al interno de los países.

Por otra parte, las mejores universidades están siendo altamente demandadas por todos los países, casi sin excepción. En vista de ello, se está generando allí un déficit en la capacidad administrativa, académica y de investigación que ha provocado que el proceso de admisión sea aún más competitivo.

Esta realidad está al mismo tiempo afectando los planes de los gobiernos con relación a las metas fijadas para la formación académica de estudiantes en el exterior. Y la respuesta de algunos países ha sido la de fortalecer y corregir las deficiencias del sistema de educación superior nacional, porque solo así es posible mantener las condiciones que permitan garantizar un rendimiento académico y de investigación mínimamente aceptable y alineado al desarrollo del conocimiento mundial.

Y no es por casualidad que los más de 300.000 estudiantes universitarios en el extranjero provienen de países asiáticos que vienen implementando reformas universitarias de esta naturaleza.

Justamente muchos países ya han visto en la colaboración académica internacional un componente fundamental para la transferencia de conocimiento y por ende para el desarrollo. Por esta razón es que los gobiernos están en la búsqueda de fórmulas políticas para que se tengan universidades “de clase mundial”. Esto se ha convertido en algo así como una obsesión global en la última década. Por ejemplo, en Rusia, un objetivo fundamental del desarrollo económico actual es el de tener 5 universidades rusas entre las mejores 100 del mundo; en Japón este deseo se extiende a 10 universidades y en Latinoamérica, donde todavía no hay ninguna, Colombia, se ha establecido la meta de incluir allí a una de sus universidades.

La iniciativa del gobierno venezolano de formar 50.000 estudiantes en 5 años (2015-2020) no luce operativa y racionalmente posible. Entre otras cosas, no lo es porque el país viene deteriorando sus capacidades científicas y tecnológicas y sin ellas no es posible garantizar los conocimientos necesarios para optar a una formación de más alto nivel; porque el Estado no ha creado la plataforma institucional (en lo organizativo, programático y operativo) para cumplir la meta; porque no se han aprovechado ni ampliado los convenios de cooperación académica y de investigación internacional; y porque no existe la  flexibilidad financiera y burocrática necesaria para garantizar la manutención de los estudios en el exterior.

Pero tampoco el Estado muestra cifras de dominio público para que los venezolanos sepamos cuánto se ha invertido en formar a sus nacionales en el exterior; en informar en dónde se encuentran y qué hacen para articular sus conocimientos con las necesidades del país.

Quizás nos equivocamos, quizás el gobierno no acepta que las 50 mejores universidades del mundo están justamente en países con los que no precisamente nos une una relación diplomática normal. Quizás por ello considera que las mejores universidades se encuentran cuando se amplían los rankings mundiales a las primeras 200, así es posible identificar que 5 de ellas son de China y una es de Rusia. Sin embargo, queda el beneficio de la duda, si estas admitirían a 5.000 egresados de la Misión Sucre.

Si es así, pues sí, nos equivocamos...