• Caracas (Venezuela)

Rafael Palacios

Al instante

Parlamento independiente o parlamento inteligente

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

En un artículo publicado con el título: “¿Cuál parlamento? y ¿cuáles parlamentarios?” (El Nacional 03/03/2015) elaboré una explicación sobre cómo funcionan los parlamentos en algunos países y cómo ellos tienen las condiciones para lograr efectividad en la elaboración de leyes y el control de las políticas públicas. Un sistema de información para que fluya en toda la estructura de decisiones del parlamento es, sin duda, fundamental, sobre todo si se desea continuar pensando en la funcionalidad y sentido de existencia de un parlamento. Pero, también, es cierto que quienes forman parte del parlamento deben ser capaces de mirar más allá de sus objetivos políticos estrechos y superar el conocimiento provinciano.

Para nadie es un secreto que la democracia presenta una profunda crisis de legitimidad moral y de sostenibilidad institucional. La responsabilidad que sobre esta crisis tiene el parlamento suele ser explicada con simplismo.

En muchos países, desafortunadamente, el parlamento ha pasado a ser una institución disfuncional, aislado de toda coherencia del sistema-poder y altamente afectado por el cabildeo, el cual deambula abiertamente e influye negativamente en el trabajo legislativo y la formulación de políticas públicas. Pero esta “mala fama” del parlamento tiene implicaciones más complejas. No es beneficioso para ningún sistema democrático que desee evolucionar, explicar la degradación del parlamento solo con las evidencias políticas, también hacen falta las evidencias científicas. Hay que abrir el camino para responder con mayor profundidad a estas interrogantes:

Primero: ¿qué explica la radicalización de la polarización, el surgimiento del poder militar en las instancias del poder político y el nepotismo y cuál es la responsabilidad del parlamento en la aparición de esas “anomalías”? Segundo ¿poseen los parlamentarios o quienes apuestan a serlo los conocimientos para afrontar la complejidad económica y social de estos tiempos? Finalmente ¿poseen las alternativas de poder la capacidad necesaria para transformar y evolucionar las estructuras institucionales del parlamento?

No pretendo aquí agotar estos temas, pero se debe aclarar que estos problemas no están estrictamente localizados en un contexto geográfico específico, en realidad se trata de problemas generalizados y anómalos del sistema democrático mundial. No obstante, en los países de América del Sur es evidente cómo el parlamento acelera su actitud disfuncional y por lo tanto se muestra más incoherente.

La solución para ello no es sustituir en el parlamento una mayoría por otra. No, el problema no es de forma, el problema es de fondo.

El nuevo ensayo de Philip Wallach, quien es estudioso de estos temas en el Brookings Institute y autor del libro: To the Edge: Legality, Legitimacy and the Responses to the Financial Crisis of 2008, ha introducido en el debate actual sobre legalidad y legitimidad institucional el concepto de “decoherencia” (decoherence), tomado de la mecánica cuántica. Con ello Wallach intenta explicar tanto el caos existente en la actividad de formulación de políticas públicas, como el caos observable de la representación política que hace vida en el parlamento. Con la “decoherencia” también se intenta explicar por qué el sistema de poder no puede trabajar cohesionado en una visión política de largo plazo; y también se explica por qué las instituciones se han convertido en instrumentos cortoplacistas, atrapadas por la improvisación y por el cesarismo.

Algunos sistemas parlamentarios no están configurados para que predominen en la toma de decisiones del sistema político, y mucho menos están configurados para limitar al Poder Ejecutivo en adoptar medidas unilaterales o evitar crear políticas sacadas de cualquier alambre o pegamento que pueda detectar en la legislación vigente. Y cuando esto no ocurre, es decir, cuando por el contrario, el parlamento sí desea estar presente, por lo general resultan legislaciones incoherentes. Esto ocurre, entre otras cosas, porque existe un cabildeo por parte de los grupos de presión y partidos políticos.

En estas circunstancias el Poder Legislativo deja de funcionar y, peor aún –como ocurre en algunos países–, este poder le da casi que vida eterna a la actuación de dos grupo, dos partes profundamente divididas y separadas, sin posibilidad de establecer compromisos. Todo esto contribuye a más “decoherencia”.

¿Cómo lograr cierta coherencia?

Sería deseable un parlamento capaz de compartir entendimientos básicos; aceptando las diferentes cosmovisiones. Pero no parece muy probable revertir la polarización o evitar el cabildeo. Tampoco parece probable que se evite que el parlamento se ocupe más en ratificar solo las decisiones presidenciales. Aun teniendo un gobierno unificado, parece complicado evitar que el parlamento continúe promoviendo cambios atrasados, en lugar de mirar la complejidad de los problemas y proponer soluciones más articuladas con la realidad y futuros escenarios.

El reto de las nuevas alternativas democráticas en el parlamento no puede ser el de vender a la sociedad una agenda electoral inalcanzable, sustentada más por el optimismo que por sus reales alcances. No aceptarlo es también darle más vida a la “decoherencia”.

Parece más razonable apostar por una oferta política-electoral orientada a revertir el declive actual del parlamento, que la de insistir en transformar circunstancialmente el mismo para promover el cambio de poder político actual. Incluso, en el hipotético caso de que esto sea posible, antes será necesario reducir la “decoherencia” y disminuir la brecha de la incompetencia.

El parlamento de estos tiempos no soporta más héroes de la calle, líderes estudiantiles, faranduleros y deportistas vestidos ahora de políticos. Por lo general, ellos no cuentan con la capacidad suficiente para mirar el crudo tamaño de la realidad y tampoco para responder a los problemas o pensar en intervalos de más largo plazo. También parece muy improbable que ellos se concentren en la agenda de las “políticas genuinas”: la ciencia, la tecnología y la innovación, y además sean capaces de renunciar a grupos de presión que pretenden imponer sus políticas obedeciendo a sus intereses privados y partidistas.

Cierto es que se necesitan nuevas leyes y por lo tanto una mayor especialización y división del trabajo dentro del gobierno y los poderes establecidos. El parlamento es nuestra última y mejor esperanza. Aunque la experiencia sea otra, en un sistema federal el parlamento es el poder más representativo y de mayor autoridad.

Por eso, es obvio que en algún momento el pueblo ya no solo pida a los presidentes de una nación rendir cuentas.