• Caracas (Venezuela)

Rafael Palacios

Al instante

Olvídense de milagros

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Los países que han podido ser exitosos en diversificar sus economías lo han hecho, entre otras cosas, porque han contado con la madurez que ha logrado su sistema productivo. Y no es precisamente la tecnología la que califica a este sistema, más bien, se trata, el de haber acumulado capacidades tecnológicas por décadas. Son países que tienen más de 150 años produciendo y generando en el camino nuevos productos y por lo tanto, generando nuevas innovaciones y nuevos senderos tecnológicos.

Lo que está detrás de todo esto es el valor que tiene la fuerza laboral en la actividad de producción. La fuerza laboral es el factor que ha determinado que un país sea más productivo que otro. La fuerza laboral es un imperativo dentro de la combinación económica: factores tecnológicos- factores  demográficos. Eso es lo que determinó el crecimiento económico en el pasado y es el que determinará el futuro previsible.

Entre los factores tecnológicos destaca la alta productividad en el trabajo. Ha sido por ella que las invenciones generadas en el mundo lograron tener sus resultados finales. La eficiencia y el aumento de la productividad por hora es lo que llevó a inventar todos los nuevos tipos de motores y las herramientas portátiles que hoy utilizan electricidad; también ella determinó que después de décadas se encontrara la manera de llevar un motor de combustión interna y obtener su potencia. De la misma forma, fue la productividad en el trabajo la que lograra la fabricación de todas las partes esenciales de un automóvil. La productividad laboral hizo que después de 20 años salieran al mercado los primeros automóviles y que luego, 30 años después, esta tecnología tuviese impacto significativo en la economía nacional y mundial.

Por lo tanto, la productividad vista como el resultado del esfuerzo de un trabajador, se ha transformado en la actualidad en una política de Estado. Significa esto que todo lo que ponga en riesgo la aparición de salarios perdidos como: exceso de días feriados, epidemias, envejecimiento demográfico, problemas de desigualdad y rendimiento educativo, se conviertan en temas centrales de la agenda económica. Todo lo que pueda amenazar la productividad del trabajador es menester de las prioridades de algunos gobiernos.

De manera que no es extraño que en situaciones de epidemias como por ejemplo: el Zika y el ébola, las cuales han amenazado en poner en picada la productividad, se hayan encontrado de inmediato el aporte de fondos cuantiosos para reducir la cantidad de infectados. Según el Banco Mundial cerca de cuatro millones de personas han sido infectadas por el zika en lo que va de 2016. Para el caso de América Latina 750.000 personas podrían perder más de una semana de trabajo remunerado.

Ciertamente, la vida no tiene precio, pero para las economías productivas resulta explicito invertir para reducir los riesgos de una sola muerte. Existen muchos estudios en el campo de la economía forense, los cuales han producido importantes estimaciones. Por ejemplo, el Departamento de Transporte de los Estados Unidos ha estimado que salvar una vida garantizando la seguridad en las carreteras cuesta cerca de nueve millones de dólares, pero lo invierten. Asegurar el aire limpio para evitar enfermedades por contaminación atmosférica cuesta – según cifras de la Agencia de Protección Ambiental –  un poco más de siete millones de dólares, y también lo invierten.

Este panorama no es precisamente el que se describe en la agenda de discusión pública de muchos países, y sobre todos en aquellos que pretenden dar un salto económico en poco tiempo. Se han olvidado estos países, que la productividad requiere de madurez tecnológica que no tienen; que la productividad por trabajador requiere de capacidades de dominio de conocimiento particulares que tampoco tienen y que la inversión por parte del Estado para garantizar la puntualidad y la propia vida de los trabajadores es precaria.

El gran reto parece estar en nuestra capacidad de pensar, no un poco, sino bastante más allá de lo que en el mundo de la economía ya se ha hecho. Con políticos e intelectuales inundados de la imaginación y el pensamiento del siglo XX y con instituciones que sufren de una especie de “parálisis cerebral” es imposible garantizar el derecho ciudadano, que es crear las condiciones para andar hacia el futuro.