• Caracas (Venezuela)

Rafael Palacios

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El “Estado” de Mazzucato y el “Estado” de América Latina

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Mariana Mazzucato en la actualidad es, sin duda, una gran referencia para abordar la discusión sobre el nuevo papel del Estado en la promoción y desarrollo de la innovación. Su libro El Estado empresarial (The Entrepreneurial State), ha sido su instrumento para analizar con mayor profundidad los desafíos que se le plantean al Estado para la generación de riqueza. Además, estos tiempos de crisis económica que tienen lugar en Europa y en Asia; el plan de austeridad en Grecia y los recientes cambios ocurridos en la economía china son temas de interés en la agenda de análisis de Mazzucato.

Para Mazzucato, los escenarios, tanto de generación de riqueza como los de enfrentamiento de crisis económica y de austeridad, deben estar acompañados por la presencia de un Estado más “agresivo” en el fomento de la investigación y la innovación. Mazzucato se refiere a un Estado que debe seguir acompañando al sector privado en la generación de innovaciones, pero también se refiere a un Estado que debiera beneficiarse más de las ganancias que el sector privado percibe por las mismas innovaciones. Entre otras cosas, porque la mayoría de los grandes negocios de tecnología han sido producto de la inversión de riesgo propiciada por el propio Estado, tal han sido los casos analizados por Mazzucato en sectores como: biotecnología, nanotecnología, industria automovilística y también la industria electrónica con los ejemplos específicos del iPhone, GPS, el Internet, entre otros.

La visión de Mazzucato acerca del papel del Estado en la economía no siempre ha sido compartida por economistas heterodoxos y neoclásicos. Y tampoco la comparten los economistas que idolatran más el papel del sector privado en la economía por encima del sector público. Pero, mucho menos, la visión de Mazzucato ha sido comprendida por países donde todavía no se entiende la innovación como motor de crecimiento económico. Y este es el caso de América Latina.

No fue precisamente en economía los inicios de estudios de Mazzucato, eso lo hizo después en el New School for Social Research en Nueva York, en donde se paseó por la teoría económica. Antes, se formó en historia y relaciones internacionales en la Universidad de Tufts en Massachusetts. Hoy, como profesor de la Economía de la Innovación de la Universidad de Sussex y asesora a nivel de gobierno del Reino Unido y la Comisión Europea, Mazzucato es solicitada en el marco de la discusión sobre el papel del Estado en la promoción de la innovación.

Recientemente Mazzucato fue invitada a Brasil, esta vez como conferencista al seminario internacional: “El Papel del Estado en el Siglo XXI: Desafíos de la Gestión Pública”. Brasil junto a Alemania y China han sido para Mazzucato grandes referencias, con las cuales se puede explicar el papel de las agencias gubernamentales en la creación y desarrollo de los mercados. 

Pero Brasil en América Latina es una excepción. Se trata de un país donde el Estado tiene una alta responsabilidad en la existencia y desarrollo de importantes capacidades científicas, tecnológicas y de innovación; un Estado que utilizando dichas capacidades ha podido generar nuevos negocios con un potencial altamente competitivo a escala internacional. Tal es el caso de la industria aeroespacial de Brasil, la cual pudo desarrollarse, una vez transplantado de forma exitosa el enfoque de innovación de ese sector proveniente de Japón. Pero, Brasil, además, desde hace medio siglo ha venido haciendo esfuerzos en sus políticas de Estado para articular la demanda estructural de conocimiento con la oferta existente en las universidades nacionales. Y es así como Brasil ha podido abrir el camino hacia un Estado innovador.

Sin embargo, el ensamble institucional para enfocar una política de innovación como la que hoy tiene Brasil no lo posee el resto de los países de la región latinoamericana. Y esto debe ser un mensaje claro para los países que bajo la euforia, y en medio de los esfuerzos por transitar hacia una sociedad del conocimiento, no están construyendo la institucionalidad necesaria para hacer viable en el largo plazo las políticas de Estado en la promoción de la innovación.

El Estado en América Latina, por ahora, no es el potencial Estado en la visión de Mazzucato. En la región latinoamericana la influencia del capitalismo moderno tampoco ha podido evitar que la economía y la innovación aparezcan en el ámbito de las políticas como descosidas una de la otra. Ellas no son todavía suficientemente reconocidas como un engranaje en el contexto de los desafíos sobre el nuevo papel del Estado en la generación de riqueza.

No son países con tradición política para hacer ver en la sociedad la investigación y la innovación como ventanas de oportunidades y con las cuales es posible enfrentar los tiempos de crisis y de austeridad. El Estado muy poco invierte en investigación básica y mucho menos invierte a largo plazo. Y cuando invierte lo hace de forma ineficiente.

Tampoco el Estado ejerce el liderazgo necesario para la inversión de riesgo y ha sido casi como un esclavo de los designios del sector privado cuando de aumentar la producción se trata. Un sector privado que se muestra más interesado en importar, reducir costos y maximizar las ganancias que en aumentar la inversión en investigación y desarrollo. En fin, lo que se tiene es un empresariado que no posee una cultura de innovación en el manto de los deseos de Mazzucato.

El Estado de América Latina no solo es ineficiente, también es altamente burocrático y, en algunos casos, corrupto. Y en el mejor de los casos es un Estado que intenta hacer lo que antes no hizo, ambiciona construir una sociedad del conocimiento en ausencia del  ensamble institucional requerido para ello. No existe una institucionalidad capaz de establecer asociaciones estratégicas para enfrentar el dinamismo del cambio tecnológico y modernizar la administración pública. Tampoco existe un Estado capaz de descentralizar la política de innovación.

La institucionalidad para la innovación en estos países es todavía precaria en el ámbito de las políticas y de los procesos. Eso es visible en los ámbitos estratégico, organizativo, programático y operativo.

Como si fuera poco, las reformas económicas que intentan desarrollarse en la región, sobre todo en los países productores y dependientes de materia prima, muy poco tienen que ver con la economía de la innovación. En este contexto es que transitan los gobiernos de derecha y de izquierda. Unos, contentos por el crecimiento económico alcanzado. Otros, muy tristes por la contracción económica que enfrentan.

En ambos casos, no son precisamente la capacidad de investigación y de innovación los responsables de la victoria o de la derrota. Son países, por lo tanto, donde, al parecer, el futuro está a la mano de Dios.