• Caracas (Venezuela)

Rafael Palacios

Al instante

Gobierno muy religioso, solidario y olvidadizo

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No existe lugar en el planeta en donde el ébola no sea noticia; epidemia que ha colocado al África occidental en una de las mayores crisis de salud vivida. Se han registrado más de 2.700 muertes y más de 5.927 personas se han contagiado en Guinea, Liberia, Sierra Leona, Nigeria y Senegal. Se calcula que para el año 2015 los casos podrían aumentar a entre 550.000 y 1,4 millones. También, la epidemia amenaza a países afectados que venían experimentando un crecimiento económico significativo, que podrían perder entre 140.000 a 200 millones de dólares.

Menos noticiosos que la epidemia del ébola lo son los virus del dengue y el chikungunya. El primero, afecta aproximadamente a 390 millones de personas cada año en todo el mundo, y el segundo en expansión con más de 9.500 casos incluidas las más de 100 muertes en el continente americano. A ello se le agregan los más de 720.178 casos catalogados como sospechosos, en su mayoría en los países del Caribe, siendo los más afectados –de acuerdo con la Organización Panamericana de la Salud (OPS)– la Guyana Francesa, con más de 2.600 casos confirmados, y República Dominicana, con más de 480.000 casos bajo sospecha.

No hay razón para que el sistema internacional no haya hecho, al igual que con el ébola, un pronunciamiento sobre la emergencia de salud pública que se está viviendo en el Asia y América Latina. Especialmente la ONU, que a través de su Agencia Sanitaria no solo ya había advertido que el dengue podría representar a futuro un riesgo más alto que la malaria, sino, también, había informado que América Latina se encaminaba a una dramática expansión del virus junto con el chikungunya.

No en vano se le ha acuñado al dengue el nombre de “enfermedad olvidada”, pero que sean los propios gobiernos afectados por el virus los que la olviden es inaceptable.

Se olvida el gobierno venezolano cuando, en medio de un gesto de solidaridad con los países de África afectados por el ébola, se expanden en el país el dengue y el chikungunya que –según cifras del Ministerio de Salud– arrojan para dengue 48.827 casos y para chikungunya 432 casos confirmados, y deja a las creencias religiosas la posibilidad de que se encuentre pronto una vacuna. Se olvida cuando no es prioridad fortalecer la capacidad de investigación nacional para combatir los virus, y de la misma forma articular dicha capacidad con los grandes proyectos que desarrolla la comunidad científica internacional. 

Al ébola como a muchas otras enfermedades del África (VIH, tuberculosis, malaria, cáncer) no se le está combatiendo solo con “gnosis” y la acostumbrada ayuda humanitaria; se le está atendiendo con universalidad y debida intersubjetividad científica. Se está enfrentando la epidemia con inversión en investigación a través del programa “Developing Excellence in Leadership, Training and Science (Deltas Africa)” conjuntamente con los institutos de salud de África y en donde se invierten más de 65.300.000 dólares; se le está enfrentando con la creación de grandes proyectos de investigación desarrollados por el Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas (NIAID) adscrito al Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos y la Agencia de Salud Pública de Canadá.

Con el dengue ocurre lo mismo. Con la inversión a largo plazo dispuesta por algunos países, entre ellos Colombia, se está más cerca que antes de encontrar la vacuna adecuada contra el dengue. Asimismo, están los grandes proyectos y programas desarrollados por el Centro de Medicina Tropical de la Universidad de Oxford, la empresa francesa Sanofi Pasteur, el Hospital de Enfermedades Tropicales de Ho Chi Minh, el Instituto de Microbiología e Inmunología de la Universidad de Carolina del Norte. También destacan la Fundación Oswaldo Cruz de Brasil, el Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí de La Habana y la Universidad de Antioquia a través del Programa de Estudio y Control de Enfermedades Tropicales (Pecet), en donde colabora la empresa Inviragen Inc.

Las epidemias son fenómenos sociales que se relacionan con la pobreza y no parece que habrá menos en el futuro, sobre todo, cuando ya existen evidencias científicas de que el cambio climático está creando otras nuevas y reactivando las que existían. Quiere decir que el cambio climático también está interrelacionado con la pobreza.

En consecuencia, pensar en el sistema de salud pública tal y como hasta ahora está planteado en Venezuela, donde la inclusión, la gestión, la política de prevención y el solo compromiso político para mayor inversión han sido los “cuellos de botella”, no son más viables. Mucho menos lo son las prácticas gubernamentales de importar casi todo lo que demanda el sistema, lo que genera una dramática contracción en la balanza comercial que a la larga se hace insostenible.

La eficacia de un sistema de salud pública depende hoy más que nunca de cuánta ciencia y cuánta investigación tiene un país a su disposición. 

Buenas señales muestra Colombia, donde hoy es una realidad pensar en la vacuna contra el dengue; donde los medicamentos como el acetaminofén inyectable para su tratamiento y el del chikungunya, al igual que en Estados Unidos y Francia, es posible producirlos.

Menos problemas enfrenta Colombia al igual que Brasil, cuando han mostrando su interés por no dejar escapar más, dentro de sus políticas, las propiedades de una ciencia e investigación actualizada, y por ello han apostado por crear las condiciones suficientes para reconstruirlas a lo largo del tiempo.

Muchos científicos venezolanos habrán pensado que junto a los dichos que exaltan la generosidad coexisten al mismo tiempo proverbios que traicionan la tentación del espíritu en el cálculo político, y uno de ellos es: “El regalo es una desgracia”.

Ya sabemos, no hay guerra bacteriológica.