• Caracas (Venezuela)

Rafael Palacios

Al instante

Fracaso, flojera intelectual y “abracadabra”

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El país se cae a pedazos y la crisis económica, social, política y moral encuentra su asidero en el cambio político. Muchos intelectuales que son los que debieran mover la masa crítica y orientar a los medios de comunicación en la discusión sobre las características y la profundidad de los problemas, pues, no lo hacen. El relevo se lo han delegado a los políticos y a los tomadores de decisiones, los cuales sin mucho pulso abocan el “abracadabra”, y problema resuelto.

¿Qué hay detrás de todo esto?

Las sociedades democráticas son más democráticas por el impulso que genera la participación de la sociedad toda en las decisiones políticas. Por eso, no asombra que sea algo normal y también recurrente el acceso de los ciudadanos a los tomadores de decisiones o la comparecencia del conocimiento experto en el Parlamento. No asombra tampoco saber que hay ciudades que se paralizan por protestas ante el reclamo del daño ambiental y la mayor inversión en energías limpias. Son sociedades que han alcanzado una cultura política que está alineada con la necesidad y el derecho de alimentarse y respirar mejor. Allí la igualdad, la justicia, la inclusión y la cultura científica andan en tiempos mucho más adelantados que los nuestros.

Esto nos lleva a una hipótesis algo desagradable para nuestro gusto, y es que la pobreza está vinculada directamente con la forma de vida de un país, con la forma sobre cómo se hace la política y también con el estilo y orientación ideológica de los gobernantes. Recientes evidencias científicas anunciadas por destacados expertos en la reunión anual de la Sociedad de Neurociencia en Chicago muestran que los niños de familias con bajos ingresos tienen cerebros más pequeños y habilidades cognitivas inferiores que niños de familia con mayores ingresos. Esto quiere decir que las habilidades de comportamiento cognitivo de los niños están vinculadas a su condición socio-económica. Quizá esto no sorprenda tanto, porque sospechas ya se han tenido y así lo han venido anunciando expertos en las áreas de las ciencias sociales. Lo que adicionalmente pareciera científicamente comprobable es que el estrés y las circunstancias de crecer en la pobreza afecta el desarrollo del cerebro del niño antes de nacer. Se confirma entonces que los ambientes de estrés, la mala alimentación, la exposición a productos químicos industriales como el plomo y, lógicamente, la mala educación son los asuntos que están promoviendo la discusión sobre cómo atacar el problema de la pobreza.

La pobreza está afectando la trayectoria de vida de la población venezolana y está debilitando la capacidad de utilizar el lenguaje y las habilidades para la toma de decisiones. Esto debiera ser tema de discusión pública, pero no lo es. Seguimos abordando el problema como una  consecuencia simple por la falta de producción, la corrupción o los malos gobiernos.

Con la economía pasa algo similar. Hay quienes creen que los países suramericanos que están mejor que nosotros hicieron lo que nosotros no hicimos y por eso crecieron. Nadie discute si ese crecimiento es real o ficticio. Hay quienes creen que lo precios bajos del petróleo y el comportamiento del mercado energético mundial en los próximos años, ahora sí, hará que el país sustituya la renta petrolera por una economía diversificada; hay quienes están convencidos de que la economía diversificada se logra con patrones económicos viejos, hay quienes creen que la respuesta al fracaso gubernamental del socialismo y el intervencionismo del Estado tiene la solución en abrirles las puertas a las leyes del mercado (respetar la dinámica de la demanda-oferta) y abrir el chorro de la inversión extranjera; hay quienes creen que es la hora del sector privado y que hay que darle al empresario el papel protagónico de la economía, y también hay fanáticos del mercado que creen que debiéramos avanzar sin temores a una política de privatización de las empresas improductivas, incluyendo la “herida” Pdvsa.

Lo cierto es que la economía pareciera no estar discutiéndose en los predios del pensamiento crítico moderno; en el marco de la experiencia de las crisis mundial de 2008 y las posteriores que han protagonizado Europa, Japón, China y ahora también los países de América Latina.

La economía venezolana no se está analizando asumiendo que la tecnología también ha sido el problema. La tecnología está determinando los desafíos para la estabilidad democrática y para el bienestar socio-económico en el mediano y muy largo plazo en el mundo. Y por todo eso es que la creación de capacidades de dominio de conocimiento se ha puesto en la mesa –no solamente en la de los economistas–, y a partir de ella se están debatiendo los  aciertos de la teoría keynesiana, la ley se Say, los postulados de Kaldor, Kalecki, Robinson, Verdoorn y Schumpeter. También se está discutiendo si en realidad un crecimiento rápido promueve más crecimiento, y si este mismo crecimiento puede fomentar siempre la inversión, la mano de obra calificada y la innovación.

Todo está en discusión.

Por eso asombra que en medio de tanta incertidumbre tenga el país la habilidad –por cierto envidiable– de encontrar de forma mágica la solución a los problemas que lo aquejan.

Nos encontramos en momentos en los que el Parlamento venezolano se ha transformado en el laboratorio para encontrar el medicamento de un país “enfermo”; y no es tan malo que así lo sea, lo que sí no parece bueno es que se plantee crear nuevas leyes o reformar las leyes ya existentes, sin antes discutir realmente a fondo con paciencia, con las evidencias científicas y con el conocimiento experto necesario, si ellas en efecto son la solución a la enfermedad o, en cambio, podrían ser un antídoto para alargar la estadía de un país en terapia intensiva.

Ya comenzó a discutirse la reforma de la Locti, pensando que un cambio en ella crearía las condiciones para promover la productividad, a través de alianzas entre universidades y empresas y además pensando que ella distribuiría de forma eficaz los recursos financieros para la investigación. ¡Malas noticias! Pareciera que la discusión anterior a la reforma de la Locti, que es la de si todo el sistema actual para financiar la ciencia y la investigación (incluyendo Locti) es pertinente o no, es solo menester de unos seres que descontextualizan la economía y creen en esa cosa que llaman economía de la innovación.