• Caracas (Venezuela)

Rafael García Peña

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Rafael García Peña

Humboldt, Schomburgk y la Gran Sabana

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Ni los conquistadores ni los fundadores de Venezuela lograron llegar –ni menos imaginar su existencia– a la Gran Sabana. En el año 1800 el notable viajero universal, geólogo y botánico Alexander von Humboldt, sin sospechar aquel tesoro natural, tomó otras rutas durante sus exploraciones por la geografía venezolana. En todo caso, en aquellos tiempos la Guayana no era accesible más allá del río Cuyuní. La altiplanicie ondulada y plagada de elevadas montañas tabulares pudo ser entonces solo un invento equiparable a El Dorado de Walther Raleigh. Y para el momento de su descubrimiento por ojos europeos, Humboldt, el descubridor científico del Nuevo Mundo se encontraba atado al servicio de Friedrich Wilhelm IV, el rey prusiano. A Humboldt, habiendo agotado su patrimonio personal, le fue imposible regresar a América para conocer las dimensiones de la Guayana, cosa que hubiese deseado hacer por motu proprio para colmar su pasión descubridora y algo de curare con fines medicinales. Por tal motivo se vio obligado a recurrir al envío de destacados botánicos, quienes describieron con meticulosa disciplina toda observación sobre aquel mundo inexplorado por la ciencia europea. El primero de ellos fue Richard M. Schomburgk en 1842 (haría lo mismo más tarde con Carl Ferdinand Appun en 1864). Humboldt aprovechó la oportuna organización de una exploración inglesa que dirigiría el ya connotado botánico y agrimensor Robert H. Schomburgk, hermano mayor de Richard, quien ya se había acercado a la base del cerro Roraima entre octubre y noviembre de 1835. Así Humboldt pudo cumplir el primer paso para hacer llegar a Richard M. Schomburgk a la Guayana en aras de recolectar muestras botánicas, faunísticas y geológicas para los museos prusianos.

Con esos precisos objetivos Humboldt reunió a los hermanos Schomburgk, que hicieron su aparición en la cuenca del Caroní ascendiendo una ladera de la sierra Pakaraima, trepando por una de sus empinadas caras extendida hacia el Brasil. Y ahora, ya parados por sobre los 1.000 metros de altitud pudieron medir el rasgo geográfico que separa a Venezuela de Brasil, y las cuencas del Amazonas y del Orinoco. El descubrimiento científico del mundo natural de la altiplanicie de la Gran Sabana ocurría en tiempos del segundo mandato del general José Antonio Páez, ocupado con un convulsionado país. El general y geógrafo Agustín Codazzi ya había publicado su Atlas físico y político de Venezuela y aun acompañaba al presidente, y el país esperaba por el arribo de los restos de Bolívar al puerto de La Guaira, hecho que ocurriría 2 meses más tarde.

Para los venezolanos de hoy la Gran Sabana representa uno de los recodos más accesibles del variado mundo natural nacional. Un espacio silvestre revestido con el esplendor de fenómenos naturales excepcionales envueltos en mitos y profanaciones, hoy un indiscutible patrimonio mundial natural. Un espacio único en el planeta que seduce al visitante con el despliegue de las altas y majestuosas paredes de arenisca, coronadas por una superficie tabular, capaces de producir asombro a todo ser humano. Ni qué decir sobre las múltiples cataratas y los dinámicos ríos, o las apacibles colinas sobre las que se asientan las primigenias comunidades amerindias. A través de ese paisaje se fue haciendo camino en octubre de 1842, teniendo como meta la cima del Roraima, la más alta entre las montañas vecinas.

El encuentro de estos sajones con aquel entorno natural y sus habitantes no fue menos que dramático. Atónitos por los descubrimientos botánicos, curiosos por la escasa presencia de fauna visible, entreviendo las costumbres de los pobladores, estupefactos por sentirse observados mientras miran a los indios que los contemplan, mientras aquellos son registrados en sus notas de campo. Y más tarde todavía, temerosos al enterarse de los fieros combates entre comunidades. El centenar de kilómetros, las altas temperaturas, zancudos por las noches y simúlidos durante el día agotarían la paciencia y las provisiones, pero el empeño y la disciplina prusiana se impuso siempre ante todo escollo. Un solitario oso hormiguero por el camino, casabe con ají y casuales pavas de monte, frutas en alguna apartada comunidad. Para’pan, Warari ken y Kanaupan son las comunidades que los reciben. Ocurrieron así días sin otro sustento que sopas de ñame y plátano para mantenerse en pie. Enflaquecidos cruzaban el Kukenam (sic) saltando entre peñascos. El encuentro con una víbora alcanzó a morder a Kate, una apreciada y hermosa joven arekuna. Experimentar de tan cerca la muerte le permitió a Richard relatar la escena con soberbia realidad científica, como si se tratase de protocolo médico. Abrirse paso entre arbustos no hizo fácil el camino hacia el tepui. Los guías arekuna tuvieron que recurrir a machetes. “En el Roraima me pierdo, me muero” es la frase que estos les entonan cada mañana, como tautología. Pero los Schomburgk que desconocen la lengua local dejan entender la frase traducida por un indígena paravilhiana como saludo para un buen día. Finalmente llegan a acariciar la muralla del Roraima. Imposible ascenderla, de modo que mejor invertir el momento para la colección botánica, hasta tan solo los 2.000 metros de altitud. El tiempo es inclemente, tempestuoso, frío, febril, de hambre, y los hace inmortales.

El encuentro del resto de Venezuela con la Gran Sabana ocurre en pleno siglo XX. En los años cincuenta el Ejército comienza a construir la carretera de cascajo para atravesar la Gran Sabana y llegar hasta Santa Elena de Uairén, y así unir el reducto venezolano de mayor relevancia en la región con el resto del país. En 1962 se crea el Parque Nacional Canaima, y casi que por percepción se le anexan 2.000 km² de la Gran Sabana en 1975, con fines de protección. Sin embargo, no existe muralla que contenga la ya prevista invasión de extraños en busca de aventuras, ávidos de descubrimientos que llenen el alma, entre ellos quienes procuran tesoros ocultos tras la vegetación y bajos los suelos. Nacen establecimientos de criollos –y de naturales también–. Gente de espíritu minero saquea ríos, destruye afluentes, y tras ella llegan las industrias básicas del Estado a poner orden. Quien haga un análisis de la relación entre la naturaleza local y la cultura no autóctona arrojaría mayormente resultados negativos.

Los días de asueto decembrinos, de Carnaval o de Semana Santa, marcan la marejada de foráneos que se acerca a la región, cual población flotante y ansiosa de vivir sin comprender el momento ni el espacio. No son pocos quienes irrumpen allí en vehículos de doble tracción, abriendo vías, abalanzándose sobre sosegados morichales. Traen bastimento y una codiciosa hambre de hazañas. Un guía criollo asoma que es muy conocedor del camino al Roraima-tepui. Lo ha ascendido más de 100 veces, dice, pero no conoce cómo se llaman las plantas, tan siquiera sus nombres indígenas. Más de 7.150 vehículos y más de 85.000 turistas ingresaron a la Gran Sabana en abril de 2009; 26.000 turistas escogieron como destino la Gran Sabana en abril de 2011; 40.000 turistas recibieron el Año Nuevo en la Gran Sabana en diciembre de 2013 y 30.000 lo hicieron en la Semana Santa de 2014. Las cifras se mantienen a niveles en los que aquellos recursos tan frágiles, tan únicos ceden ante la presión humana, ante tanto caos, ruido, basura y devastación. Y mientras, un Estado que está obligado a proteger se muestra sin planes de contención y sin disposición para detener tanto estrago, sin preocupación por el resguardo de una región registrada por la Unesco como patrimonio natural mundial en 1994. Ya se asoman recodos donde la naturaleza da señales de “no return”, el momento para que la sociedad civil muestre madurez y emprenda algo, antes de que todo sea desolación, arrase.

Los Schomburgk, tal como lo describió el etnólogo Koch-Grünberg en 1911, permanecen fundidos como Samburuku, como única persona en la evocación local, como estela marcando territorio, petrificados en la memoria primigenia, en un rincón alejado mirando hacia la sabana, invisibles pero muy presentes. Viendo el proceso de transformación, de degradación.

Humboldt y los museos prusianos recibieron las colecciones científicas en 1844. La cima del Roraima fue finalmente alcanzada en 1884 por dos ingleses establecidos en Georgtown: Everard Im Thurn, curador del Jardín botánico, y Harry Innis Perkins, topógrafo.

 

*Consultor para áreas protegidas