• Caracas (Venezuela)

Rafael García Peña

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Guayana: diversidad y destrucción

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En mayo de 1992 la ONU desarrollaba la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro. Allí los representantes de los países participantes, entre ellos Venezuela, reconocieron la necesidad universal de conciliar la preservación de la diversidad biológica (biodiversidad) con el progreso humano. Esa es la piedra fundamental del Convenio sobre la Diversidad Biológica concretado durante ese evento. Surgió además la iniciativa para decretar el 22 de mayo como el Día Mundial de la Biodiversidad. Una fecha que nos debe recordar la enorme importancia y el valor que tienen para el mundo y para cada país los recursos naturales. La biodiversidad fue definida como la amplia variedad de seres vivos que habitan en el planeta, con los patrones naturales que la conforman. Concepto que también incluye la variedad de ecosistemas y las diferencias genéticas dentro de cada especie.

Sin intención de menospreciar la importancia de otras regiones del país y del mundo deseamos referir la trascendencia de la Guayana como tesoro natural, como la gran dádiva biodiversa del país. Es una región plena de selvas que se despliegan al sur del Orinoco, entre los estados Bolívar, Delta Amacuro y Amazonas, en la que los cursos de agua que la recorren fluyen –al decir de Jules Verne– hacia el soberbio Orinoco. No se incluye acá las ubicadas en el Esequibo porque, aunque guayanesas, pertenecen a una cuenca distinta.

En su contexto tectónico la Guayana es la región más antigua del país y del planeta, un pedazo de la historia evolutiva de la Tierra con una edad cercana a 3.000 millones de años (formada por rocas del Proterozoico temprano). Comparativamente la edad de las tierras bajas de la Amazonia es más reciente y se aproxima a 20 millones de años (período Neogeno). Vista sin fronteras geopolíticas la Guayana se extiende, de norte a sur, desde las planicies inundables del río Orinoco hasta las del río Amazonas, al norte de Brasil. Mientras que de este a oeste se explaya desde la Guayana francesa hasta la región del Chiriviquete (en Colombia) [1]. En Venezuela la Guayana ocupa un espacio calculado en 453.950 km² [2], lo que significa que se acerca a la mitad de su territorio. Y a manera de relación, la porción amazónica de Venezuela en la gran alfombra verde representa menos de 1% (0,72 %), que resulta de las aguas que escapan hacia el Amazonas desde el Orinoco, a través del caño Casiquiare.

Ahora, la importancia que la Guayana tiene para Venezuela se refleja en sus riquezas naturales y físicas. Resulta de una diversidad manifiesta en las variadas formas fisiográficas, biológicas y culturales. Porque ciertamente alberga una significativa cantidad de paisajes entre los que predominan humedales costeros, extensas sierras y montañas aisladas, tierras bajas y altiplanicies, sabanas de arenas blancas, islas de rocas graníticas (inselbergs), y los conspicuos tepuyes de arenisca. Y en cada uno de ellos se desarrolla una vegetación particular con una propia y vasta biodiversidad.

De su componente vegetal deriva el inconmensurable potencial en plantas útiles, sean de características medicinales, alimenticias o para surtir a la cultura material de la humanidad. Y todavía sin sospechar las muchas especies que quedan por descubrir. Es que se debe ofrecer mayor apoyo a la investigación nacional para lograr conocimientos biotecnológicos que pudieran resolver problemas del momento. Solo para dar una idea, hasta el año 2007 se habían reportado 14.732 especies de plantas (taxa subgenéricos aceptados) entre los estados Bolívar, Delta Amacuro y Amazonas [3]. Pero tal exuberancia no se limita tan solo a la flora, porque conocido es que la riqueza de sus ríos es estratégica si consideramos la seguridad alimentaria que ella ofrece para las actuales y futuras generaciones. Estudios realizados por instituciones nacionales sobre los peces de la Guayana han logrado registrar un número notable de especies. Baste mencionar los casos más conspicuos: 272 especies de peces en el río Ventuari (estado Amazonas), 384 en la cuenca del Caura (estado Bolívar) y 410 en el Delta del Orinoco [4].

Qué agregar sobre su dimensión hidrológica, que habiendo creado barreras físicas para registrar las especies que albergan sus aguas nos ha generado por décadas la energía para mover al país. Es que la Guayana venezolana arroja cifras extraordinarias, que calculadas por la Dirección de Hidrología del extinto Ministerio del Ambiente (1990) la colocan en 473,4 x 109 m³/año [5].

Que esta conjugación de informaciones sirva como apoyo para rememorar  tiempos en los que en el país hubo instituciones públicas que planificaban el futuro. Mencionemos para el caso la Comisión del Plan Nacional de Aprovechamiento de los Recursos Hidráulicos (Coplanarh, 1975), que entonces ya calculaba que el ritmo de crecimiento poblacional de Caracas haría necesario aportes del Orinoco. Y en ese intenso marco de beneficios que nos proporciona la Guayana evaluemos la forma como el actual gobierno venezolano le regresa a esta región los servicios ambientales que nos ha estado ofreciendo a los venezolanos: con mayor explotación aurífera y diamantífera, con el vertido de elementos altamente contaminantes y tóxicos al Orinoco, principalmente cobre, mercurio y níquel. Pero, además, la destrucción de selvas que acaban con la existencia de muchos seres vivos, y la generación de sedimentos que destruyen la vida de los ríos. Porque la puesta en marcha del “Arco Minero del Orinoco” crea una amenaza mayor para el desarrollo y funcionalidad del país. Porque la promoción de la minería aurífera no ha traído más que la destrucción del medio natural y de las culturas locales en beneficio mezquino de unos pocos. Porque es conocido que en la Guayana esa minería ha promovido desordenes en la ocupación territorial, corrupción social, económica y política, y además un cuadro deplorable de enfermedades que se han hecho endémicas y que causan la muerte de culturas locales. Miremos hacia los warao (HIV, tuberculosis), yanomami (enfermedades diarreicas, neumonía, hepatitis) y pemón (malaria, leishmaniasis). Y se conoce que este cuadro es todavía más profundo y dramático.

Las políticas ambiental y económica que implementa el actual Estado venezolano con la puesta en marcha del Arco Minero del Orinoco coloca al país frente a la destrucción de 112.000 kilómetros cuadrados de vegetación, de suelos y ríos, de la fauna que en ellos habita. Solo para ofrecer el significado de tal dimensión, esa superficie es equivalente a la de un país centroamericano llamado Honduras. Frente a todo este cuadro hay que preguntarse de qué ha servido todo el teatro que escenificaron el pasado diciembre los representantes de Venezuela ante la COP 21, celebrada en París. Aquel evento mundial para detener los efectos del cambio climático [6] [7].

Hay que preguntarles a las autoridades encargadas de la política ambiental nacional cuáles y cómo serán los aportes de Venezuela para frenar el cambio climático, cómo se va a aumentar la capacidad de adaptación a los efectos adversos del cambio climático, y para promover la resiliencia al clima. Cómo piensan establecer un desarrollo con bajas emisiones de gases de efecto invernadero, y todo ello sin comprometer la producción de alimentos. Bajo el terrible marco del Arco Minero del Orinoco, cuáles serán las “contribuciones previstas determinadas a nivel nacional” (INDC), esas que Venezuela se obliga a presentar para cumplir los compromisos establecidos en el acuerdo firmado en París.

Mañana, 22 de mayo, se conmemora el Día Mundial de la Biodiversidad. Existe un Convenio sobre la Diversidad Biológica ratificado por Venezuela, donde se reconoce la necesidad de conciliar la preservación de la biodiversidad con el progreso humano. Mientras tanto, el Estado venezolano pone en práctica factos en dirección opuesta llamada Arco Minero.

 

Fuentes citadas:

[1] Hammond, D.S (Ed.). 2005. Tropical forest of the Guiana Shield. Ancient forest in a modern world. CABI Publishing, Oxfordshire, UK.

[2] OCEI. 1993 El Censo 90 en Venezuela. Caracas: OCEI.

[3] [1] http://botany.si.edu/bdg/pdf/vol55web.pdf

[4]http://www.fundacionlasalle.org.ve/userfiles/Los%20Peces%20del%20Delta%20del%20Orinoco.pdf

[5] http://www.otca.info/portal/admin/_upload/publicacoes/SPT-TCA-PER-32.pdf

[6] http://unfccc.int/resource/docs/2015/cop21/spa/l09s.pdf

[7] http://www.el-nacional.com/rafael_garcia_pena/Pequenas-historias-cambio-climatico-II_0_763123720.html