• Caracas (Venezuela)

Rafael García Marvez

Al instante

Cuatro que mangonean el país

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Este escrito, fuera de mi estilo tradicional, surgió de una conversación informal, sentados a una mesa el psiquiatra Carlos Rojas Malpica y yo en mi oficio de columnista.

Concluimos que cuatro pérfidos: un tunante, una hiena, un Goebbels y de mercería un espantapájaros gobiernan una noble nación.

El tunante, un bribón que logró colarse hasta donde está ahora. Grita y amenaza desde un trono destartalado. Otorga favores, pasaportes y prebendas a su familia. Sabe que nadie lo quiere y no lo ignora, pero se hace el desentendido, como quien no se entera. No tiene discurso ni gestualidad propia, por eso imita a Ubú Rey, incluso cuando miente. Ensaya palabras, gestos y posturas con su escaso talento de actor de reparto.

La hiena no razona, pero grita y amenaza. Su mazo es indicador de un primitivismo elemental. Parece esos luchadores de circo que se lanzan al cuadrilátero desgarrando sus ropas y gritando como animales que quieren presentarse como bestias invencibles. Ha tenido habilidades para colocarse, pero ninguna en mantenerse. Le gusta la carroña y la conquista fácil. Perdió su manada. Tiene mucho miedo de salir de su territorio de seguridad, que defiende a dentelladas. Muerde y risotea con la carroña entre los dientes.

El Goebbels de baratija. Es inteligente, sabe leer y escribir, también es habilidoso desde el poder y en la discusión, usa su “talento sin probidad” y disfruta perversamente en convertirlo en un azote. Ha asumido el rol de secretario de propaganda pues tiene talento para el engaño y saber para la manipulación. Miente deliberada y calculadamente. No promueve la salud mental pero es un experto en desalentar con el engaño. Disfruta provocando malestar en sus adversarios, los presenta como seres perversos llenos de odio e intenciones malsanas. Su trabajo es crear una “matriz de opinión” donde la oposición sea vista como seres desalmados y apátridas, sin condición humana pues con eso queda justificada cualquier cosa que se haga contra ellos. Así es la lógica de la guerra: el otro merece lo peor. No importa mentir, hacer daño ni crear zozobra, porque detrás de la maldad está el fin supremo anhelado de una supuesta sociedad justa y sin clases. Habla de cuentas y resultados sin conocerlos. En nombre de ese ideario vale todo. Incluso presentarse con zapatos de 550 dólares. Pero su perversidad se le ha devuelto. Cada vez le creen menos. Se reduce su malignidad y capacidad de hacer daño. Va quedando como un maniquí fuera del escaparate. Sin vestidura ni atuendos parece más “una cosa” sin encanto ni cobertura semántica. Es lo más parecido al horror. Se ha degradado aceleradamente. Más pronto que tarde será reemplazado por inservible.

El espantapájaros quiere asustar porque tiene la fuerza y los cañones. Su amenaza es peligrosa. Un dedo índice enorme para acusar a los demás y otro diminuto para sí mismo. Como los otros, tampoco ha aportado ni un gramo de autocrítica. Se adorna con condecoraciones y regorgayas y se retrata con la mirada perdida, como que dirigida hacia el empíreo. Quiere meter miedo desde su pose de héroe. Últimamente, cuatro pájaros traviesos se les paran en los hombros y en la gorra. Le deshonran la cabeza. Y él sigue erguido, mayestático, pero húmedo con los sobrevuelos de los torditos que lo bombardean sin piedad.