• Caracas (Venezuela)

Rafael Díaz Casanova

Al instante

El mal empleo en Venezuela

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El empleo en Venezuela es un karma. Nadie, o casi nadie, puede estar satisfecho del empleo que desempeña y mucho menos del salario que recibe por su actividad. Deducimos que esta terrible realidad es parte del diseño de destrucción que desarrolla este pervertido régimen y sus secuaces.

En estos días nos hemos visto obligados a frecuentar empresas de servicios en distintas esferas de la actividad nacional. Nos hemos enfrentado a realidades terribles: mal servicio, desgano en el trabajo, ausencia de motivación, casi que enfrentamiento entre el solicitante y el prestador del servicio. Hay excepciones.

Además, las empresas supervivientes a la destrucción están invadidas por ejércitos de gente que ni reciben un salario digno ni desempeñan una función que los pueda llenar de orgullo. La gran mayoría de los trabajadores tiene como función principal impedir (o dificultar) que otro de los trabajadores de su equipo ejerza alguna forma de corrupción, por ejemplo, que se robe unos reales.

El tema es muy complejo y tiene demasiadas aristas. La primera, sin lugar a dudas, viene dada por la destrucción deliberada del aparato productivo nacional. Íntimamente acompañada de los perniciosos controles de precios y de iniciativas que sufren nuestros empresarios supervivientes de las pocas actividades posibles.

El absurdo control del precio de la moneda nacional, que tiene rangos entre uno y más de 300 puntos multiplicadores, hace que el mejor negocio del mundo, mejor que el tráfico de estupefacientes, sea el del “bachaqueo” de dólares que a algún privilegiado, miembro de la pandilla, se le “otorguen” a la tasa “oficial” y los pueda vender en el mercado “paralelo” “negro” o “innombrable”. No importa si hace falta importar comida vencida que se termine de podrir o medicinas a punto de caducar y de dudosa procedencia, o se traigan vacas flacas declaradas muy gordas y que apenas salen de su destino, se ahogan. Es decir, la calidad y la honestidad no existen, no son variables a considerar.

No podemos dejar pasar la situación de las empresas públicas, especialmente la de su mascarón de proa. Pdvsa fue, hace cuatro lustros, una de las mejores empresas petroleras del mundo. Desde la venezolanización y nacionalización de la industria, diseñada y comandada por el excepcional ingeniero y militar Rafael Alfonso Ravard y continuada por profesionales de la mejor calidad y desempeño. La empresa era una de las mejores del mundo con una nómina de 42.000 trabajadores y desde aquel maldito pitico que robo las prestaciones y despidió a 20.000 trabajadores que eran el núcleo de la actividad que significaban más de 330.000 años de experiencia; ellos fueron sustituidos hasta hoy por una nómina de 172.000 empleados, cuyo activo principal es que casi todos son fichas del PSUV. Qué desgracia y cuánta vergüenza.

La mayoría de aquellos 20.000 venezolanos que son hoy empleados muy importantes de empresas petroleras mundiales y que se han mantenido en Venezuela, están sobreviviendo y defendiéndose con iniciativas y empresas de otra escala.

Las oficinas públicas, que generalmente atienden a la ciudadanía con la peor de las ganas, están llenas de personal de muy poca utilidad, que tienen dos funciones: empujar papeles e impedir el mejor desempeño de su oficina. Además, parece que disfrutan mucho la desesperación y la frustración de sus conciudadanos-clientes. Naturalmente, todas ellas reciben un salario mínimo y un cestaticket que apenas les permite no morirse.

Venezuela requiere de una reformulación, de un reinventarse, de un reflotamiento, donde la calidad, el buen desempeño y, como consecuencia, los buenos trabajos y los salarios dignos sean lo cotidiano, lo normal y lo merecido. El trabajo por venir no es fácil, hace falta el concurso de todos.