• Caracas (Venezuela)

Rafael Bello

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Rafael Bello

El pueblo reclama y la calle hierve

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Los muchachos de la rebeldía de 1810 no desmayaron y llenaron de pueblo combativo los caminos de la provincia venezolana en la gesta de la independencia. Asumieron en su momento el compromiso de la libertad de Venezuela y no se amilanaron ante los riesgos que imponía el mandato de la historia.

Fe republicana y condición inextinguible de la significación trascendente en el tiempo de la lucha emancipadora. Así con ese espíritu de grandeza nacional y la voluntad en la gloria de la libertad, los venezolanos conquistaron la independencia que, ahora más que nunca, alimenta el alma de millones de hombres y mujeres que no renunciamos a nuestra condición de ciudadanos de una nación libre ante el concierto de las naciones del universo. Este es el compromiso que no se desvanece de millones de venezolanos de darle vigencia y permanencia por los siglos de los siglos a la libertad de Venezuela. 

Hay un pueblo dispuesto que no deja de reencontrarse con la gloria de su pasado histórico. Tiene presente, muy presente, la fuerza emancipadora de sus hombres y mujeres adalides de la libertad. Somos una nación libre e independiente y eso lo llevamos en el corazón los venezolanos.

Ahora de nuevo el pueblo reafirma su condición libre. En las calles las miradas no son de resignación. Hay, por el contrario, una actitud de lucha por el cambio democrático que lo representa el derecho legítimo de los ciudadanos que cobra vigencia sin equívocos. Hay búsqueda y empeño notable de cambio. Es un pueblo que no se resigna a la escasez y al hambre.

El descontento de la población no es una simple expresión momentánea producto de demandas sociales ocasionales. No, lo que pasa en la población es de grueso tenor. Es producto de la acumulación del fracaso en la conducción de los destinos públicos con la más alta fuente de ingresos petroleros constantes y sonantes en dólares americanos en la historia de la nación. Más de tres lustros en la petulancia del fracaso aderezada de la bagatela de eso que no hallan qué nombre ponerle. Jamás los hombres del pensamiento de la libertad imaginaron que se desprestigiara tanto ese sueño de los visionarios.   

Pero frente a esta situación que gravita tanto en el presente como en el futuro de la vida de los venezolanos, ya en la capacidad de rechazo a la asimilación de acentuadas carencias en un marco de esfuerzos notables, tendentes a evitar confrontaciones que se provocan en la exacerbación de la violencia con el propósito de justificar más todavía lo que ya tantas vidas ha costado, se impone la unidad nacional para el cambio democrático. Significa actuar con el derecho universal de la supervivencia en situaciones excepcionales. Y es por cuanto la paz está en riesgo y la racionalidad tiene que sumar esfuerzos para la convivencia, precisamente por cuanto desde hace años el lenguaje del régimen es de violencia desmedida.

Paz es paz, no miedo. Tenemos que reconstruir el país. La calle hierve de impaciencia frente a la violencia que inusitadamente cobra nuevas víctimas. Un país desbordado por la delincuencia y por la locura de la escasez que hambrea a una sociedad que quiere trabajar y vivir en armonía. Frente al patético cuadro de desaciertos y ruina, crece una actitud venezolana de cambio democrático para ponerle término al desastre que se vive.