• Caracas (Venezuela)

Rafael Bello

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Rafael Bello

La fatalidad totalitaria

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Tristeza que el nombre de Venezuela esté en el mercado del regateo por empréstitos que en cartel de grandes dimensiones se acota: no es confiable. Sin lugar a dudas se siente el estado ruinoso de los fondos de la nación.  Menos de quince años bastaron para arruinar el tesoro nacional y dejar al país en el penoso trance de pedir prestado porque se le pasó raqueta a los fondos de la nación. Nada queda de ese portentoso ingreso de los petrodólares.

Un país sin conflictos con sus vecinos y tanto más allá de nuestras fronteras. Una nación sin la desgracia de desastres naturales que habrían de requerir cuantiosas sumas de dinero para atender las emergencias que hechos de tal naturaleza implican. Una nación sin conflictos políticos internos ni emergencias por invasiones del más allá que habrían de reclamar espacios con grandes inversiones para los aposentos de los espíritus de mal agüero. En fin, una Venezuela libre de conflictos, más allá del vocerío que alimentaba pasiones de lo que solo la mojigatería se daba ínfulas de ultratumba con poderes excepcionales. Nada, simple y llanamente, nada, justificaba en lo absoluto sobrecargar el presupuesto nacional de presurosos financiamientos externos ante los requerimientos de situaciones excepcionales. La ambición desmedida de la oportunidad no podía ser desaprovechada. Todo estaba allí a la espera del sarao impúdico.  

Pero al acecho merodeaba la ambición de poder. La riqueza impronta y deleznable miraba con premura los dólares petroleros que entraban a la tesorería nacional contantes y sonantes con el barril de petróleo a más de cien billetes verdes. Muchísimo dinero para los facinerosos de la impronta oportunidad del proceso. Así, a sus anchas panchas, fuera de todo control administrativo y para corolario con una oposición menguada, vacilante y bobera, estaba allí ese tesoro refulgente, también con las barras del preciado metal que vislumbraba y enloquecía.

El tiempo y los acontecimientos abren nuevos espacios y quién sabe cuál será el destino de la opulencia abyecta cuando la legalidad se imponga. Dicen que la política da y quita. Pero además, condena.

El pueblo está en la calle en defensa de sus derechos fundamentales. Así en su momento y santa comunión con la fuerza de la ley en un Estado de Derecho virtuoso, sabio y profundamente revestido de suprema dignidad, dejarán para siempre en la Venezuela que habrá de emerger con la supremacía de su historia republicana, la rectitud de sus procederes en el ejemplo de sus actuaciones honorables en el marco de la justicia y en su más elevada misión de virtud ciudadana.

La sociedad venezolana ha sufrido durante largo tiempo la intemperancia de procederes contrarios a la honradez administrativa. Lo que significa alta valoración del ejercicio de la función pública. Ante ello está el pueblo venezolano en las calles con las consignas en el alma: la libertad y la democracia.

Acciones sombrías en la función pública dejan al descubierto la apropiación indebida de los dineros de la nación. Todo eso recorre el mundo en la más absoluta demostración de la defenestración de todo resquicio legal administrativo en Venezuela durante tres lustros de degeneración política administrativa. Ello ha representado la fatalidad totalitaria que deja a Venezuela en uno de los trances más dolorosos de su historia contemporánea. 

Venezuela está allí, en la fortaleza de los ciudadanos libres con la dignidad del ideal democrático. Y en ello se abre paso la reconstrucción en todas las dimensiones de lo exigente y necesario.