• Caracas (Venezuela)

Rafael Bello

Al instante

El descontento y el cambio

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No hay lugar para el sosiego. Frente a lo que tiene lugar en la Venezuela de nuestros días crece en la colectividad el sentimiento de cambio. Entonces el ciudadano, que está frente a ese estado social descompuesto, donde la seguridad de las personas y los bienes están bajo los designios de la delincuencia, tiene que asumir con creces el derecho fundamental de la integridad. Resguardarse como bien se pueda ante los riesgos que se corren por el desbordamiento delictivo en todas las regiones de la nación.

La inseguridad ha tomado por asalto el diario hacer de la vida ciudadana. La delincuencia política es franco camino del despeñadero en que está sumida la nación producto del saqueo de sus recursos. El asalto constante del erario nacional que deja en lastimoso peregrinar por los centros financieros internacionales, la solicitud de empréstitos para atender los requerimientos esenciales de la república. Dolor y tristeza a la vez, pero también fortaleza para ponerle término y avanzar en el cambio democrático.

Entonces tenemos este cuadro lamentable en que está envuelta la República de Venezuela, otrora con suficiente capacidad financiera para cumplir las obligaciones justificadas de la nación. Todo este cuadro descompuesto que se sufre en una de las naciones que la naturaleza hizo pródiga con los recursos que posee, deja en nuestras manos ahora el poder de la lucha franca y decidida para la reconstrucción y, con ello, atender las urgencias de la sociedad en general. Hay que salvar a Venezuela, y los venezolanos del presente estamos llamados a cumplir con nuestro compromiso indeclinable de hacerlo realidad.

Corre el tiempo y avanza el descontento. El tiempo, el descontento de millones de venezolanos y la imperativa necesidad del cambio nos colocan frente a una nación que tiene la fuerza inquebrantable de sus hijos para levantarse de las ruinas y abrir senderos de prosperidad con la consistencia de la condición suprema del ser venezolano digno de una nación libre.

Entonces es deseable la unión para ponerle término a lo que tanta desgracia ha traído a los venezolanos. Hay que ponerle término a la barbarie que deja una estela de muerte de jóvenes que anidaban en su corazón las siete estrellas de la libertad de Venezuela.

Se está entonces ante un cuadro de penumbras que ensombrece la vida venezolana. Está sumida la población del país en graves carencias. Insólitas carencias cuando todo era posible para un ambiente de posibilidades con el sostenido crecimiento económico que se abría camino en la Venezuela democrática. Ahora el empobrecimiento copa la vida venezolana y la inseguridad deja su terrible huella de diversas maneras. La situación general del país es grave y trae consigo acciones que no esperan en la necesidad de la paz. 

Venezuela vive una severa crisis producida por la malversación de los fondos públicos que de manera sostenida ha tenido lugar durante dieciséis largos y penosos años. De allí el estado de graves carencias que envuelven la vida venezolana. Ahora hay hambre con el aditivo del delito de bajo fondo y cuello blanco. Entonces el descontento de la población en general no es casual. Tiene causas que intranquilizan con sobrada razón. 

Todo este tiempo ha estado signado por el aprovechamiento de los bienes de la nación. Los recursos económicos del país en cuantía que sobrepasa con creces la imaginación de lo posible, forma parte del voluminoso expediente que de la corrupción que está allí a la santa espera de la vindicta pública para la severidad que la ley impone.


bello.rafael@yahoo.es