• Caracas (Venezuela)

Rafael Bello

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Rafael Bello

Pronto cambio y paz

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Solo tiempo. Se acortan las distancias en el transcurrir de los días con el ímpetu de quienes no se vencen ante las imposiciones de la insolencia. Amanece con las luces intermitentes de los luceros. En la distancia de nuevo iluminan el firmamento y las voces recobran fuerzas para romper las cadenas del odio, que dejan en la orfandad millones de seres humanos, que se adentran en las calles donde las miradas proyectan la inquietud de quienes no caen vencidos por el miedo. Y hacen causa común en la unión que abre caminos y van en santa plegaria al divino creador de la fe que abraza la causa trascendente del hombre libre. Hay hambre en Venezuela pero no hay miedo en la lucha del cambio.

Del cambio que lo hacen suyo tanto el hombre como la mujer sin miedo que, en unión tenaz, perseverante y consecuente con los elevados sentimientos de unión y libertad, acercan cada día el clamoroso día de la libertad. Porque la continuidad de lo que condena a la división y al odio, no puede persistir en un pueblo –como el venezolano– consecuente con lo más hermoso de la plenitud de la convivencia social: amor y paz.

El recogimiento eleva oraciones y la fe revolotea en todas direcciones donde el pensamiento libre abre caminos de gloria. Viva Venezuela: pueblo de gloria y fe.

 Hay dolencias en una población maltratada por la ambición del poder abyecto. Situación de dolencias en los habitantes de una Venezuela del presente donde la escasez de lo fundamental para la vida constituye la más lamentable manera de vivir en un país petrolero. Un país petrolero ajeno a los conflictos bélicos y las terribles consecuencias de las catástrofes naturales. Pero no somos ajenos a la ambición del  poder que destruye, enajena bienes, corrompe, empobrece y crea un estado de miseria que abruma. Es el calvario del día a día. La insensatez de pretender atemorizar con el puño de hierro cuando la libertad está en el alma de los que no cesan en las calles en la defensa de la vida sin ataduras.

 Es una actitud preeminente de la condición del venezolano que hizo suya la libertad desde los primeros tiempos de Gloria al Bravo Pueblo. Allí está la razón de esta lucha que suma voluntades y abre caminos para la historia del mundo libre.

 Hay terribles dolencias por los padecimientos que a diario se vive. La población se encuentra con el doloroso viacrucis de la escasez.  Colas que son alarmas que siguen el curso de lo indetenible. Es el penoso transitar desde tempranas horas del día hasta el oscurecer en la que miles de venezolanos no cesan en pos de tratar adquirir los productos esenciales de la vida que escasean y, son parte además, del calvario de todos los días. Nadie le vuelve la esperanza al pueblo que reclama soluciones inmediatas. Solo la fe deja en el alma, con el vigor del espíritu libre, la solución impostergable.

Nadie responde por la quiebra del aparato productivo nacional. Ni responde por el endeudamiento externo de la Venezuela petrolera. Huyen ante la imperativa  conciencia que reclama.

Pero de repente ante la insistencia de los ciudadanos que echan abajo los portones de uno que otro centro comercial, ante la urgencia de un paquete de harina precocida, azúcar, arroz, aceite comestible y hasta papel higiénico, la frase del día contra el imperialismo devastador de la economía de Venezuela, suena insolente ante la dignidad de millones de hombres y mujeres.

Somos los venezolanos los que tenemos pleno conocimiento de la desgracia que vivimos más allá de tres lustros. Esta tragedia nacional de todos los días tiene responsables. Eso que el pueblo está viviendo envuelve una situación de pobreza con una riqueza minera imponderable. Riqueza donde la codicia no cesa.


E-mal: bello.rafael@yahoo.es